¿A quién le puede interesar ser santo?

Por su interés, reproducimos el artículo publicado en La Vanguardia el pasado 14 de mayo por un grupo de pensadores e intelectuales católicos

En la cultura hegemónica en que vivimos, la que establece lo que es correcto y lo que no, y lo que se puede pronunciar y lo que hay que callar, muchas palabras básicas de nuestros fundamentos culturales han sido desterradas o han visto reducido su significado a una mínima expresión. Los griegos clásicos utilizaban hasta siete nombres diferentes para expresar y precisar los diversos significados del amor, que nosotros ventilamos con una sola palabra.

Entre las palabras defenestradas, la lista es larga, se encuentra la virtud, sacrificada por la mención exclusiva de los valores, la caridad, la misericordia, el pecado, palabras que reflejan todo un horizonte de posibilidades vitales. Incluso la verdad ha sido convertida en una palabra sospechosa de autoritarismo (¿cómo podemos después extrañarnos del auge de la postverdad?). Entre las palabras más despreciadas (incluso en el seno del catolicismo) está la de santidad, el ser santo. Se ha convertido “para algunos un concepto incómodo, inquietante, casi estrambótico”.

Recientemente en la exhortación apostólica Gaudete et Exultate (“Alegraos y regocijaos”, cita literal del evangelio de Mateo 5,12), el Papa Francisco ha hablado sobre la santidad y lo ha hecho, como es habitual en él, con claridad: la misión del cristiano es ser santo. Esto es lo que importa. Está claro que quien se siente alejado de la experiencia religiosa lo puede ver con indiferencia, incomprensión y quizá condescendencia. Es, sin embargo, una idea equivocada, como veremos más adelante.

Además, el Papa ha reclamado la alegría como signo del camino de santidad. Ciertamente, en el imaginario actual es casi provocador ligar la alegría con la santidad, pero es que, además de ser una vinculación natural cierta, el cristianismo, cuando no escandaliza al mundo, es que ha dejado de ser levadura, sal y luz en medio de la gente.

Y de que debemos alegrarnos? Pues de la buena nueva de la que somos portadores, aunque, tan a menudo, se nos note poco y la enturbiemos con imperfecciones y tristezas. Estamos destinados, si así lo queremos y no lo torcemos por nuestra cuenta, a una vida plenamente realizada en la felicidad de Dios, anunciada por Jesucristo. Para alcanzarla hay que emprender el camino de la perfección, que cada uno recorre en la medida de sus posibilidades y de la gracia que pide a Dios para hacer crecer su propio esfuerzo. Una gracia que Dios regala y que sólo hay que acoger.

Calificamos de santos los que mejor recorren esta vía, tanto los que se han hecho evidentes en la historia como los que son desconocidos para la mayoría. La santidad es invitación y mandato de Dios: “Camina en mi presencia y sé perfecto”, le dice a Abraham (Gn 17,2). El camino de la santidad no es otra cosa que seguir lo que Jesucristo nos propone en los evangelios. “Ciertamente -escribe el Papa en su exhortación- en la práctica católica se tienen en cuenta los signos de heroicidad en el ejercicio de las virtudes, la entrega de la vida en el martirio y también los casos en que se haya verificado un ofrecimiento de la propia vida por los demás, sostenido hasta la muerte”, ya la hora nos hace observar que no sólo hay que pensar en los beatificados o canonizados. Porque, dice Francisco, “me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: los padres que crían explicando amor a sus hijos, en estos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a casa, en los enfermos, en la gente mayor religiosa que sigue sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esta es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios”. Y aún podríamos añadir la santidad de tantos jóvenes que viven la llamada de Jesucristo en una sociedad que les es mucho y muy adversa.

La santidad es individual pero se realiza en el pueblo: “No hay identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado (…). Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo “. Es un ideal con repercusiones colectivas tan notables que tiene incluso una vertiente política (en el mejor sentido del término): es el ideal de procurar el bien común, y tiene unos de sus exponentes más recientes en dos de los padres fundadores de la Europa Unida, el siervo de Dios Robert Schuman y Alcide de Gasperi, en proceso de beatificación.

Es por esta incidencia en el bien común que al principio decíamos que es un error desinteresarse de la falta de vocaciones de santidad. A pesar de que no se crea en Dios, o en los santos, ni en la vida eterna, es evidente que una sociedad en la que la voluntad de hacer el bien y de practicar el amor desinteresado estuviera extendida sería mucho mejor para vivir.

Artículo elaborado por: Albert batlle, Josep Maria Carbonell, Míriam Díez, Eugeni Gay, David Jou, Jordi López Camps, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Montserrat Serrallonga, Francesc Torralba

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