Alabar a Dios en un atasco

Nos miramos el ombligo incluso para rezar

El día de hoy es azul y luminoso como el cielo azul y luminoso del verano.

El monasterio, naranja y ocre y amarillo por las caricias del sol de la mañana, me saluda. Y los pinos y los abetos y las flores que surgen de la hiedra verde me dicen: “¡Buenos día, Paco!”

El cuadro que está pintando Dios tiene mucho de Cézanne, de Van Gogh en los cipreses, de Monet en aquel laguito… Tiene algo del Renacimiento florentino en los edificios de Pedralbes, porque sigo ahí, en el atasco, parado.

El vecino de coche mira el móvil, nervioso, y el de la moto se desespera por avanzar. Otro grita con la bocina. Y otro se aturde con la radio. Ninguno de ellos ve el cuadro que Dios les regala. Otros estarán pensando en su trabajo y creerán que no pierden el tiempo. Algunos puede ser que recen el Rosario, no lo sé.

Lo que sí sé es que ninguno piensa en el regalo del buen Dios, ni alaba al buen Dios por esta vida que tienen y que disfrutan, y por esos cuadros, millones de obras de arte, que nos pinta cada mañana, cada hora, cada segundo.

Nos miramos el ombligo incluso para rezar.

Las cosas pequeñas, valorar lo ordinario, como diría San Josemaría, consiste precisamente en esto: alabar al Señor por la luz dorada del monasterio y el verde esmeralda de los árboles y el gris del asfalto.

¡Alabar al buen Dios! ¿Puede alguien en su sano juicio decir que alabar es “perder el tiempo”? ¿Puede algún creyente, de los de verdad, encontrar mejor trabajo que alabar al Señor en el atasco cotidiano? Si se tiene que dar una conferencia dentro de una hora, mejor se la prepara uno la noche antes, ¿no? ¿Qué hay más importante que agradecer a Dios todo lo que nos da y que podemos ver, y todo lo que nos da y no vemos?

Las cosas pequeñas, ordinarias… Escribir… ¡Qué maravilla poder escribir! Qué maravilla hacerlo sobre un papel con buena textura, sentir cómo la pluma se desliza y surgen -milagrosamente- pensamientos en blanco y negro; qué maravilla poder ver el papel, la pluma y los pensamientos escritos. ¡Puedo ver y puedo leer!

Cuántos trabajos hacemos mecánicamente, enfadados porque duran demasiado -son largos y tediosos- y olvidamos que podemos trabajar y que podemos ayudar a alguien, quien sea y como sea, con ese trabajo.

“Los limpios de corazón verán a Dios”. Doy fe de ello. Pero hay que limpiarse la vista y el corazón con un poquito de oración, de sacrificio; con un quitarse velos de los ojos, pasiones que nos ciegan -“ciegos y guías de ciegos”-. Sí, ese es el fin de la oración, de la penitencia si nos ponemos técnicos: ver a Dios en la luz del monasterio y en la sonrisa de tu nieto o del minusválido que cruza ahora la calle en silla de ruedas.

Si no, ¿para qué rezar? ¿Para nosotros? Egoísmo piadoso. Yo, me, mi, conmigo.

Rezar sirve para ver a Dios y luego alabarle, sin palabras, con la boca abierta en silencio, o con la boca abierta cantando; con la boca cerrada riendo y con la boca cerrada llorando, porque no hay palabras que expresen el infinito derroche de belleza que Dios vierte a nuestro alrededor todos los días, todos los nanosegundos que componen esa ficción que se llama tiempo.

Es un pecado mortal no agradecer tanta belleza y tanta bondad. Es un pecado mortal no intentar verlas. Es un pecado mortal enfadarse cuando hay tanto, tantísimo que agradecer. Es un pecado mortal no sonreír como un tonto al ver el monasterio dorado por las pinceladas de los ángeles. Es un pecado mortal no reír al ver a los arcángeles mover las nubes de aquí para allá. Y es un pecado mortal no arrodillarse en la tormenta ante el poder del Dios Altísimo.

-Se olvida usted del sufrimiento, caballero.

-¿Hay regalo más bello que la Cruz, mi querido amigo?

Pero eso, como se decía antes, es ya para nota. Y para otro artículo.

Paz y bien, hermanos.

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