Antoni Puigverd: “Sin religión, la humanidad pierde la contención”

Reproducimos una entrevista en la que este escritor y periodista de referencia en Cataluña aborda el estado de la religión en esta autonomía y el profundo proceso de secularización de la que es protagonista

Antoni Puigverd (La Bisbal d’Empordà, 1954) es escritor, poeta y colaborador habitual en diversos medios de comunicación. La religión es un tema habitual de reflexión, que queda reflejado en artículos, conferencias y también en el libro Creyentes y no creyentes. Juntos buscamos un mundo mejor junto con Francesc Torralba y Melchor Sánchez de Toca. A continuación reproducimos una entrevista originalmente publicada por la Generalitat de Cataluña en la que aborda el estado de la religión en esta autonomía y el profundo proceso de secularización de la que es protagonista

Cataluña es uno de los países más secularizados del mundo.

Hace años, en una conferencia a los curas de Girona, intenté explicar por qué se produjo la laicización radical de Cataluña. Un proceso parecido al de Bélgica y Holanda, caracterizado por el abandono de la práctica religiosa y por la paradójica pervivencia del anticlericalismo, cuando clericalismo ya no hay.

Tiene que ver con vuestra experiencia personal.

La generación anterior y la nuestra viven el proceso de sustitución de la religión por la política. Entonces el compromiso político respondía a un imperativo ético e implicaba un compromiso cívico (nada que ver con el profesionalismo partidista de ahora). Una parte de la Iglesia, la más comprometida, pero también la más determinante desde el punto de vista de la influencia ética y cultural, se preocupaba por la clase obrera, por los desfavorecidos, por los más pobres; y estaba arraigada al país, a la lengua. Pasar del compromiso religioso al político, que en aquellos momentos era arriesgado, fue una evolución sin trabas, que, en mi caso, como en otros muchos, venía impulsada por las dudas que el marxismo, el materialismo filosófico imperante en la universidad, fue proyectando sobre la fe heredada de los padres.

Viví una ruptura con la vivencia religiosa en el contexto de una entrega total a la política, una entrega generosa, muy propio de aquellos años, que respondía a directamente a la semilla ética del cristianismo. Para vivir la fe cristiana radicalmente nos acercaba al socialismo y, en el camino de este compromiso, el socialismo nos empujaba a dejar de ser cristianos.

¿Qué hemos perdido socialmente con esta sustitución?

Socialmente hemos perdido muchas cosas. Una de ellas es, por ejemplo, la contención.  Podría decir sumisión, pero este concepto tiene una connotación musulmana que nos alejaría del concepto bíblico y cristiano al que yo me remito. La idea es que formamos parte de algo que rebasa nuestro deseo, nuestras ilusiones, nuestras capacidades. Hablo de la conciencia de los límites humanos, en el contexto del reconocimiento de la grandeza del mundo y del universo, en el contexto del reconocimiento de un sentido superior a las obsesiones y pasiones individuales. Esta conciencia te permite aceptar con naturalidad la existencia de algo que te rebasa y te supera. Esta conciencia permite vivir sin la típica desazón o malestar contemporáneo los límites que el otro impone, que la naturaleza impone, que la realidad impone. Ciertamente, esta aceptación de los límites ha sido manipulada históricamente por poderes y jerarquías. La religión que estructura orgánicamente la conciencia de los límites humanos y la aceptación de una realidad superior, podía ser usada, ha sido usada, como coartada de todo tipo de poderes mundanos… pero esto no invalida la importancia del sentido de los límites de nuestra condición humana. Cuando desaparece esta conciencia, no hay nada que contenga los deseos individuales. Y por eso en el mundo contemporáneo, que rechaza la idea del límite y que postula el imperio del deseo individual, la política (en todas sus corrientes: nacionalismo, liberalismo, neomarxismo) tiende a formularse en términos estrictamente ideológicos. Unos términos que, de tan abstractos, se vuelven enseguida extremismos o fundamentalismos. Las ideologías contemporáneas son máscaras, de hecho. Máscaras que destilan los valores más comunes de hoy: el hedonismo, es decir, la investigación obsesiva de placer; y el nihilismo, es decir, un descreimiento cínico, una profunda indiferencia por todo, empezando por las personas.

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Igual que el nacionalcatolicismo…

El nacionalcatolicismo también era un extremismo que negaba al otro, pero en cambio una corriente muy viva del catolicismo catalán no lo era. A partir de las fiestas de la entronización de la Virgen María de Montserrat del 1947, la parte más dinámica de la iglesia catalana abogaba por la reconciliación entre los hermanos que se enfrentaron en la guerra civil, con una actitud muy generosa, con espíritu de diálogo y conocimiento.

Aquel catolicismo tenía un peso decisivo en los debates culturales, era un fermento vivo de la vida colectiva, un espacio de encuentro, una plataforma de diálogo con las corrientes intelectuales más rupturistas, un refugio para el antifranquismo, un amparo para la clase obrera. La iglesia catalana lo impregnaba todo. El nacionalcatolicismo era fuerte, pero había perdido la batalla cultural e ideológica. La evolución de aquel cristianismo dialogante y fraternal en ideologismo político convencional ha dejado prácticamente sin aliento al catolicismo catalán. Ahora, en Cataluña, se hace muy difícil un espacio de diálogo y de encuentro, aunque muchos a salto de mata hagan bandera de estos valores. A veces tienes la sensación de que los valores de la fraternidad y la libertad, completamente abstractas, te los querrían hacer entrar a golpes.

¿Esta transformación de la iglesia catalana y española en ideologías no es general a nuestro entorno?

La iglesia catalana y la española han estado protegidas hasta hace unos 25 años. Por eso tienen tantas dificultades para enfrentarse al nuevo anticlericalismo y a la indiferencia religiosa en general. En cambio, la iglesia francesa se ha tenido que espabilar desde finales del siglo XVIII. El catolicismo francés es muy inteligente, con mucha raíz cultural (además de las corrientes piadosas, tradicionalistas, etc.) Aunque también tenga enemigos, en Francia hay una corriente católica muy inteligente. Se encuentran escritores y pensadores muy potentes. Por eso quedan todavía espacios de diálogo donde florece la riqueza del debate. Tanto en Cataluña como en España es imposible la aparición de una novela como El Reino, de Emmanuel Carrère. Novela extraordinaria, y también inquietante. El riesgo que tiene la cultura católica en Francia es ser solo cultura literaria, pero ¡qué cultura literaria! Esto aquí es imposible. Estoy leyendo Gaspar, Melchor, Baltasar…, de Michel Tournier, que es una maravilla. Imagina la vida, las obsesiones y los anhelos de los tres reyes. Libros como los suyos son impensables aquí y ahora. La generación de Espriu sí que lo podía hacer; la de Baltasar Porcel ya no lo quiso. El corte empieza con ellos.

Por lo tanto, ¿podemos equiparar la evolución de la iglesia catalana y la española?

En Cataluña ha habido intentos de crear una cultura católica preparada y culta. Montserrat lo ha intentado, pero no consigue impregnar el conjunto de la cultura. Personajes como Vilaseca y Marcet y editoriales como Nova Terra trabajaban un catolicismo abierto, de inspiración francesa, pero en un momento dado, hacia final del franquismo, hicieron una mutación hacia la política y prácticamente desaparece: deja de tener impacto.

En cuanto a la iglesia española, a pesar de Tarancón y todos los esfuerzos de reconciliación política, el grueso se mantuvo en el tradicionalismo y con Juan Pablo II se encontró una justificación de la posición más ultraconservadora. El largo pontificado de Juan Pablo II dio alas al catolicismo catalán que desconfiaba o miraba con reticencia el compromiso político y cultural de la iglesia. Una corriente que pugna para encontrar la especificidad eclesial, pero que a menudo se convierte en fermento de otras formas ideológicas: neoconservadurismo. Es una corriente que entiendo y respeto pero que tiende al aislamiento.

Y en Cataluña surge un anticlericalismo contra una iglesia poco clerical.

Las manifestaciones eclesiásticas de la Conferencia episcopal muy coincidentes con las posiciones más derechistas han servido de estímulo al anticlericalismo tanto el madrileño (más politizado: Podemos) como el catalán (más transversal y con tendencia al irónico desprecio: Polonia). No me extraña que haya pasado entre quienes no han conocido la iglesia catalana conciliar, pero este anticlericalismo también se ha esparcido entre los que provienen, la habían conocido y seguramente se habían beneficiado. Para mí, este comportamiento es incomprensible. La Iglesia catalana ha hecho un intento de ser francesa, pero no lo ha conseguido. La apertura al diálogo ha provocado la negación de la propia opción, con vergüenza. Como ejemplo, sectores como Iglesia Plural solo hacen declaraciones sobre la iglesia cuando los obispos no coinciden con el discurso dominante de la sociedad catalana.

Y ¿esto es específico de Cataluña?

En la región de Bolonia hay una tradición de izquierdas muy fuerte. El obispado hizo un estudio preguntándose por qué en aquella región la práctica religiosa era la más baja de Italia. Y se dieron cuenta de que cuando la iglesia hacía discurso y práctica coincidente con el discurso progresista era muy aplaudida: la acción de Cáritas, por ejemplo. Pero cuando la Iglesia cumplía su misión, al hablar de Dios, al señalar los límites de la humanidad, entonces era mal vista, muy criticada. Esto les llevaba a avergonzarse de su especificidad. Es el primer paso a la irrelevancia. Reconocer la superioridad moral de la ideología dominante. Hay muchos católicos que tienen vergüenza de manifestarse como tales.

Ante este catolicismo avergonzado, hay otros grupos, tanto católicos como musulmanes y evangélicos, con una presencia pública creciente. ¿Qué papel tiene que tener la religión en la sociedad? ¿Cómo se tiene que regular?

No creo que se pueda regular. La humanidad avanza a golpes de acuerdo con dos principios: la realidad inevitable y las hegemonías ideológicas. No sé qué se tiene que hacer, pero analizo qué pasa. 1. Desaparece el catolicismo. 2. El Islam crece y será muy fuerte. Ahora tiene una fuerza imprecisa porque no se ha consolidado todavía. La primera generación siempre es muy discreta mientras que la segunda se expresará con fuerza por su peso demográfico, que será muy decisivo no solo por número sino porque se encontrará una sociedad de mantequilla. Uso el símil de la cimitarra y la mantequilla no solo porque un sector del islam es violento, sino porque la cultura islámica es contundente ante la tibieza. Lo he escrito como símbolo de su expansión en nuestro mundo blando. Enseguida ocupan espacios de visibilidad fuertes. 3. El mundo extremo oriental se expande a través del interés mercantil y comercial, y no se preocupa mucho de la fe. 4. Y finalmente, habrá que ver a los cristianos ortodoxos, que mantienen unos fuertes vínculos con la tradición.

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Y ¿cómo os imagináis que se resolverá?

La sociedad catalana tendrá que negociar con el islam, y lo hará como hasta ahora con concesiones, acomplejados como la Iglesia católica, concediendo al Islam cosas que no se habían permitido hasta ahora. Veamos el caso de Róterdam, que consiguieron que en el teatro principal se dividiera la platea en butacas para hombres y para mujeres. ¿Cómo se ha llegado a esto? Determinados concejales musulmanes pusieron algunas condiciones como esta, en el pacto de gobierno. Cuando se habla de la extrema derecha en Holanda y Bélgica no se explica esta parte, y nos tenemos que preguntar si son expresiones de extrema derecha o si son manifestaciones de una cierta afirmación cultural de gente que no quiere perder sus tradiciones.

Y ¿hay alguna alternativa?

No se tiene que tratar a los musulmanes con paternalismo, como si fueran niños que no nos pudieran entender. Yo les considero personas inteligentes y, en mi entorno personal, entro en polémica con ellos. Yo les interpelo sobre el fondo ético de su religión cuando hay atentados que apelan a la palabra de Alá. Desde Filipinas hasta aquí se produce una constante de violencia y yo los pregunto por qué. Me responden que Alá no es un Dios de guerra. Y yo les contesto, ¿por qué no os oponéis más decisivamente a toda esta avalancha de sangre? ¿Por qué no os manifestáis contra la manipulación bélica del islam como los católicos de todo el mundo se manifestaron contra la guerra en Irak?

Yo entiendo que se tiene que discriminar positivamente al débil, y que a los musulmanes se les tiene que acoger fraternalmente. Pero a la vez creo que se les ha de tratar como tratamos a cualquiera otro ciudadano. Por ejemplo, ante tantas manifestaciones cotidianas de machismo, ¿por qué no les interpelamos con más claridad?

Bien mirado, los musulmanes adoptan valores propios de la sociedad donde se establecen: mayoritariamente asumen valores laicistas en Francia, en Cataluña se muestran partidarios de la cooperación interreligiosa, etc. En cambio, planteáis el Islam como una fuerza que no aceptará consenso.

Nosotros estamos asistiendo al principio de un fenómeno, mientras Francia y otros países europeos pasan por terceras y cuartas generaciones, y han sido agentes colonizadores de primer orden. La primera generación siempre es muy diferente. En Francia veremos cómo se desarrolla. Estado Islámico y AlQaeda han traído unas brasas que queman desde hace tiempo a Próximo Oriente, pasa por el norte de África y el Sahel y acabará llegando. Apenas empieza a manifestarse. Fijémonos que los autores de los atentados franceses e ingleses son nacionales, y no justamente marginados depauperados. Esto es muy inquietante, aunque también se dé la otra cara de la moneda, como el alcalde musulmán de Londres. Una cosa no quita la otra. No basta con que algunos imanes hagan declaraciones pacificadoras. Es paternalismo no atreverse a cuestionar la religión de Mahoma en una Europa donde hace más de un siglo que Nietzsche cuestionó ácidamente la de Cristo.

¿Quién tiene la responsabilidad de revertirlo? ¿El conjunto de las religiones, los intelectuales, la escuela?

La escuela como generadora de discurso no me gusta. Tendría que ser la sociedad con los instrumentos que tiene, como los medios. Se tendría que promover un debate público sobre estas cuestiones. Quizás habría que dar más visibilidad a los líderes musulmanes y a la vez interpelarles más y abandonar con ellos la actitud hiperprotectora y paternalista. Los cambios sociales producen sacudidas. La sociedad catalana niega la realidad y algún día nos tendremos que enfrentar.

Al fin y al cabo, las religiones tienen un elemento común de paz y austeridad.

Estoy en investigación de la fe y estoy interesado. El cristianismo que voy redescubriendo es específicamente diferente a las otras religiones (bueno y admitiendo que no sé mucho, nada a fondo, de las religiones orientales). El cristianismo es una religión de pobres, pero no me atrevería a decirlo de las otras. Fraternidad universal, poner la mejilla, reconocimiento del otro incluso cuando no te reconocen. El cristianismo es un fenómeno insólito e inédito en la humanidad y que ha contribuido a los mejores cambios de la humanidad, sin olvidar que también ha cometido gravísimos errores históricos y que a menudo ha negado su propio discurso. Pero el desprendimiento sin límites y la fraternidad universal son hijas de la especificidad cristiana.

En una formación sobre diversidad religiosa, un alumno extranjero nos hizo dar cuenta que durante dos días habíamos hablado de religiones, e incluso habíamos visitado dos centros de culto, y en ningún momento se había hablado de Dios.

La generación anterior a la mía cogió el hacha y se cargó 2.000 años de historia. Y con orgullo. ¡Qué desprecio tan grande por el pasado! Gran parte de los intelectuales catalanes tienen una obsesión: no perder el hilo de la actualidad. No perder nunca la última moda. Esto hace imposible la imprescindible tensión intelectual entre modernidad y tradición.


Entrevista: Joan Gómez y Segalà. Fuente original Departament de Governació, Administracions Públiques i Habitatge

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