Arte y belleza

Hoy se ha producido una deforestación cultural, se ha creado un territorio empobrecido, desértico, incapaz de entender algunos elementos esenciales de la vida del hombre

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Durancamps, Jean Marie Lustiger, Paul Cézanne, Gramsci, Florenskij, Jacques Maritain, Juan Pablo II, Rosenberg, José J. Esparza, Bauman, López Quintás, Benedicto XVI, Wind, Nodelman, Francisco, Henri Matisse, Rodolfo Papa, Saint-Exupéry , Pablo VI, Mozart, Luis Racionero, Concilio Vaticano II, Heinichen, José Morales, Lipovetsky, Serroy, Søren Kierkegaard, André Frossard, Beethoven, TS Elliot, Tomás Llorens, Friedrich Schiller, Juan P. Viladecans, Luis Gordillo…

Esta lista de personajes, y otros muchos, han hablado y escrito sobre el Arte y los Artistas y sobre cómo está derivando hoy la concepción artística. He aquí un breve resumen de algunas de sus ideas:

Nadie duda que la figura del artista –pintor, escultor, arquitecto, escritor…– ha perdido prestigio social y relevancia pública. Eso sí, se divulgan rarezas, excentricidades y se incide en el continente en claro detrimento del contenido. Eso se ve cada año cuando se inaugura Arco, el evento –la payasada! que se superpone al rigor y al esfuerzo. O Cuando vemos unos cuantos galardonados con el Nobel de literatura. Cada vez se acentúa un descenso generalizado del nivel cultural y artístico, un extraño balbuceo entre el ser y el tener, una evidente pérdida de los valores humanísticos.

El término cultura –objeto de innumerables definiciones– es aquello que realiza el «hombre» –hombre y mujer– para transformar y hacer más habitable el mundo en el que vive. Hacer cultura es propio de la Humanidad y se manifiesta en los aspectos intelectuales, educativos, artísticos, técnicos, políticos, económicos y en todos aquellos campos donde se desarrolla la actividad del individuo y de los pueblos. La cultura presupone y exige una idea integral del «hombre».

Nuestro arte se ha desarrollado dentro del cristianismo y todo nuestro pensamiento tiene significado por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero todo lo que dice, todo lo que hace y de todo lo que es artífice sale de su herencia cultural cristiana y sólo tiene sentido en relación con esta herencia.

Hoy se ha producido una deforestación cultural, se ha creado un territorio empobrecido, desértico, incapaz de entender algunos elementos esenciales de la vida del hombre. Valores que siempre han estado compartidos se ponen en duda o se consideran contrarios a la realización humana. Por todo ello hay que poner en marcha una “repoblación forestal de conceptos intelectuales”.

Con la excusa de liberar al hombre, al final nos estamos librando incluso de él. Para devolver un alma al arte habría que pensar en el «hombre» en términos distintos de aquellos de las ideologías políticas y económicas y de la cultura del consumo de masas. Se debería reintroducir en el debate público, y en su justo término, el concepto de «hombre», y sólo después sería posible pensar en un arte capaz de representarlo.

Estamos en un interregno: la antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero todavía no hemos encontrado una nueva manera de funcionar. Así pues, hay un hueco entre las reglas que ya no sirven y las que aún debemos imaginar. Este es el verdadero debate: cómo rellenar este vacío.

¿Cuál es la diferencia entre “creador” y “artista”? El que crea da el mismo ser, saca algo de la nada en sentido estricto. El artista, por el contrario, utiliza algo ya existente, dándole forma y significado. Dios no «existe», Dios «es» y creó al hombre «a imagen suya» –hombre y mujer– y le dio la existencia y la tarea de dominar la tierra, y a él, al hombre, sometió el mundo visible como un inmenso campo donde expresar su capacidad creadora. A cada persona se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.

En estas dos facetas de la actividad humana en una el hombre es artista de la propia vida, autor de los propios actos para formar la propia personalidad; en la otra es capaz de producir objetos, de poner en acto las capacidades operativas, dando forma estética a las ideas concebidas en su mente.

Arte y belleza no se pueden separar. Ya hace tiempo que han perdido su sentido primigenio y ahora cualquier persona que ensucia un papel o una pared se autodenomina artista, cualquiera que sepa leer y escribir ya se piensa que es novelista, cualquiera que hace ruido se cree que es músico… y a cualquier cosa se le llama arte.

El concepto de belleza también se ha degradado, se ha devaluado. La belleza nunca va sola, tiene dos compañeros: el bien y la verdad. Si se degrada la belleza, se degrada el bien y la verdad. Una clara manifestación de este paganismo gnóstico actual, panteísta, de un Dios spray, diluido, son a los miles de millones de gastos que hacemos para cosas innecesarias. El segundo “top” en consumo es la cosmética. La belleza del corazón no tiene nada que ver con la belleza artificial de la cosmética. Nos disfrazamos de la belleza por fuera cuando no tenemos la belleza interior de Dios.

El destierro de la belleza, la negación de su existencia y prescindir de los fundamentos del arte conduce a un culto deliberado a la fealdad. Este mundo en que vivimos tiene una gran necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza como la verdad, es quien pone la alegría en el corazón de los hombres, es el fruto precioso que resiste la usura del tiempo, que une las generaciones, la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz.

La erudición de nuestro tiempo nos hace perder de vista lo esencial. El Principito –que no entiende nada de lo que es erudito– lo ve todo, en última instancia, más y mejor que el resto de mortales.

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