Asirios y judíos

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La lectura de la misa de este pasado miércoles, un fragmento del profeta Isaías (10,5-7.13-16) cuenta como éste amonesta y advierte a los asirios de que su poder, su acción de guerra contra el pueblo de Israel, no es debido a su fuerza, sino a que son la vara utilizada por Dios para reprender al pueblo judío del Reino del Norte por el abandono de la fe verdadera y el crecimiento de la idolatría.

La reflexión, más allá de la contingencia histórica y del lenguaje profético, que da pie a lo que me hizo reflexionar, es que el pueblo de Dios puede procurar su propio mal en determinados momentos a causa de su infidelidad, por no seguir el mandato que dice seguir. Esta es la idea que deseo subrayar. En muchas ocasiones nos quejamos por la progresión y los estragos que el laicismo de la exclusión religiosa y las malas leyes han causado en España y por los ataques que hemos sufrido y en ocasiones continuamos recibiendo. Ante ello, se ha reaccionado activamente, incluso alguna vez de forma airada. Es bueno que el pueblo esté vivo si no pierde en su viveza el ser signo de amor, es decir el buscar el bien de los otros, que es la razón, la única razón, por la que es pueblo de Dios. Su justificación sólo radica en el amor a Dios y al resto de las personas, si esto falla su papel en la historia de la humanidad queda absolutamente desvirtuado.

Creo que nos hemos detenido poco, muy poco, a meditar, rezar y contemplar cuánto hay de culpa en este progreso del laicismo excluyente y desvinculador de este materialismo rampante donde el único dios es el dinero. Cuánto hay de culpa en todo lo que sucede para así ser conscientes de nuestra infidelidad sistemática en el seguimiento de Cristo, a pesar de una formal y bien visible adscripción a la Iglesia y al culto. Si no somos capaces de hacernos transparentes para mostrar a Jesucristo y sólo nos mostramos a nosotros mismos y nuestras formas de pensar, nuestra organización, en realidad estaremos sirviendo a otras realidades que no son las de Dios. Quien no es transparente no sigue a Jesucristo ni a sus obras por mucho que lo proclame, sino simplemente a uno de tantos poderes humanos.

Hay tres características imprescindibles que nuestra fe debe manifestar con fuerza irresistible si queremos enmendar nuestras culpas. La primera es el amor que debemos profesarnos entre nosotros, los católicos. Ese es el signo distintivo que nos anunció Jesús, puede ser expresión de un sentimiento realmente sentido, o fruto sólo de la razón de un mandato, pero debe ser evidente y sensible. Servirá de poco la Nueva Evangelización y el Atrio de los Gentiles si al mismo tiempo no conseguimos construir la unidad de los católicos.

Segunda característica esencial: no existe fe sin obras, y esto significa que no existe fe sin virtudes, no sólo teologales, sino también humanas. Un cristiano debe ejercer las virtudes, practicarlas, que es la única forma en que éstas se hacen manifiestas, empezando por la prudencia, pasando por la justicia y siguiendo por todas las demás, y entendiendo su significado, que es bastante más que el repetir mecánicamente lo que de pequeños aprendimos sobre las teologales y las cardinales.

La tercera característica es que debemos estar con el pobre, con el desvalido, el maltratado, el que sufre, y esto en todas las circunstancias y no de una manera verbal, sino real. Hay muchos caminos para hacerlo. Uno sigue siendo el predilecto de la Iglesia y en ella brilla su obra. Es la cáritas, la manifestación de amor a través de obras, pero junto a éste, y subrayo lo de junto, tenemos también que hacernos presentes en una sociedad en crisis para defender en términos sociales y políticos al maltratado, clamar contra la injusticia y trabajar para una alternativa, que siempre estará lejos de la ciudad de Dios, pero que nos puede aproximar a ella.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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