Caridad sin verdad, o el riesgo de perderse en el camino

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Sin verdad la caridad puede ser cómplice de la injusticia, y sobre todo, si esta ausencia o simple debilidad se da en la Iglesia, puede convertir en superflua la Revelación. El ser humano, el cristiano llevado por el impulso natural del buen corazón, sufre como nunca esta tentación en tiempos, como los nuestros, de emotivismos, donde lo importante no es tener la razón, sino aparecer como víctima. Un caso bien reciente lo ejemplifica. En todas las imágenes de Joana Rivas, en el conflicto con su esposo por la custodia de los hijos, aparecía llorando o llorosa. Movía a compasión, y esto predeterminaba para muchos, que la razón, la verdad, era suya. No los hechos, solo el aparecer como víctima.

Benedicto XVI, con esa capacidad extraordinaria que poseía para aportar luz y claridad con precisión germánica a las cuestiones -que bueno es que un Papa esclarezca y sea preciso- escribe en Caritas In Veritate  “(4) (…) Un cristianismo de caridad sin verdad puede confundirse fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia pero marginales” Una advertencia que la realidad verifica hasta el hastío. La Iglesia es cada vez más marginal en la formación de la cultura y la moralidad española, a pesar de que su obra de solidaridad, Caritas, es más grande que nunca. Y ese es también el riesgo de la Iglesia en su conjunto, sobre todo en su lectura occidental. Su valor -marginal- solo se mide por su “caritas”, que a su vez sin anuncio de Jesucristo y propuesta de conversión se confunde con una ONG más (…) “De este modo en el mundo no habría un verdadero y propio lugar para Dios” Y esto también lo vivimos hoy en día en una sociedad donde no hay lugar para Dios. Y la cuestión es esa.  Y ¿quién deber reconstruir ese lugar? ¿El mundo musulmán y sus férreas comunidades de fe y sumisión? ¿Acaso no traicionamos todo lo que somos, si no nos entregamos como tarea fundamental a reconstruir ese lugar para que Dios sea visible? Cuando todo lo remitimos a categorías humanas, cuando la oración es un complemento que no sirve para resolver grandes conflictos y debilidades interiores, estamos negando la fuerza de la fe que mueve montañas, renunciamos a aquello que es fundamental, la Gracia, que ya no parece tener significado en nuestro tiempo, y nos mostramos incapaces de acompañar al hombre ante el misterio de Dios. Entonces, la Iglesia se mundaniza y anula toda su capacidad de apertura a lo sagrado, que forma parte de aquella sed infinita del ser humano y que solo Jesucristo, como Él mismo dice a la samaritana, puede satisfacer (Juan 4,5-42).

Porque Él es “el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14,6), y cuando esta afirmación no es proclamada todo pierde sentido, o se camina hacia un horizonte que se aleja del fin de la Iglesia. Por eso es tan decisivo anunciar la buena nueva, porque la verdad, esta verdad, conduce a Dios y a la felicidad humana. La responsabilidad principal del ser cristiano es mostrar “el lugar propio” de Dios, y a Jesucristo el camino para alcanzarlo. Sin eso, la caridad para esta sociedad es una nota al margen.

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