Contra la maternidad

Una multitud de criaturas racionales asociada por común acuerdo en función de las cosas que aman” Bella definición de lo que puede ser la sociedad. Es de San Agustín en La Ciudad de Dios ( XIX,xxlv). De ahí que para conocer a una persona y a una sociedad hemos de saber qué es lo que ama. Y este amor puede ser de dos naturalezas distintas. En una de ellas, marca la pauta la caritas, es decir el amor de donación. Es la persona que da, la gente buena, porque la bondad es la expresión de esta forma de amar. Y así configuran por extension una buena sociedad, porque en ella impera la consideración, la solidaridad, la atención al otro. La persona se hace trascedente porque surge de si misma y se realiza en el bien con los demás. Es el zoon politicon, el ser humano como animal politico que construye el bien común, el bien de la ciudad.

Este amor lleva aparejado, quieras que no, el deber, que permite realizar aquel bien que la empatía nos impulsa a llevarlo a cabo. Ese extraordinario filosofo de la historia que es Christofer Dawson, escribe a cuenta de san Agustín, que el poder del amor tiene en el mundo espiritual la misma importancia que la fuerza de gravedad en el mundo físico. Es una imagen exacta, es el vínculo que establece el amor en las personas lo que hace posible que los seres humanos sean tales, la sociedad y el universo existan; sin él solo hay despersonalización, multitud, muchedumbre. Lo mismo que la gravedad procura para el orden del Universo. Sin este vínculo todo se dispersaría en un gran desorden. De ahí que nuestra sociedad dedique cada vez más esfuerzo, es decir se produzca un mayor coste, a la tarea de mantener la sociedad cohesionada y ordenada. De ahí el continuo crecimiento del gasto público en justicia, seguridad ciudadana y reparaciones sociales y materiales de lo dañado. Es solo una de las consecuencias de la ruptura de los vínculos.

En la otra forma de amar, tan extendida en nuestra sociedad, predomina la cupiditas, que traducimos por concupiscencia. La fuerza del deseo que impulsa a la posesión, sea de cosas, sea del otro. Uno se realiza si el otro -el poseído- satisface lo que desea de él. Por eso los matrimonios, las parejas se vuelven frágiles porque cada uno se busca a si mismo en el otro. Así la individualidad se constituye en intrascendente, solo gira en torno al propio Yo y a su satisfacción. Cada individuo convertido en centro de su pobre Universo, como una imagen deformada de Dios. Por eso esta sociedad de la cupiditas es tan antagónica de Dios, de toda dimensión trascedente. En estas condiciones la sociedad se desangra. Se transforma la sociedad de la Anomia, que teorizó Emile Durkheim. Aquella que la incapacidad de sus instituciones no puede proporcionar a las persona lo necesario para alcanzar las metas que la misma sociedad les reclama. A pesar de los años trascurridos desde su formulación, ¿no le parece que es una buena definición de lo que sentimos ahora los ciudadanos en relación al mundo al que vivimos? Que nos exige, nos motiva, a cosas sin otorgarnos los medios para alcanzarlas

El buen amor, el que da y en esta dinámica también recibe, tiene su prototipo, en el amor de madre. No es que el del padre sea menos importante, pero resulta menos decisivo para la nueva vida, por razones naturales obvias, y también de proximidad y comprensión. La mujer “entiende” al hijo porque lo ha engendrado, parido y criado, sobre todo en los primeros pasos en la vida. Por eso, toda la literatura, el arte, muestra y ejemplifica pletórico este amor como prototipo. Por esta razón es un amor intolerable para la cultura desvinculada.

Vivimos una continuada ofensiva ideológica contra la maternidad. Se trata de presentarla como una opresión, o en el mejor de los casos, como una limitación de la mujer. No basta con que el embarazo sea tratado en la educación sexual como una enfermedad de trasmisión sexual, hay que destruir la misma dimensión de grandeza que posee. El artículo de una militante de la ideología de género en La Vanguardia, Cristina Sen, Arrepentirse de ser madre tiene la virtud de mostrar el razonamiento explícito: la afirmación del deseo de poseerse a si mismo, la cupiditas, la intrascendencia, que ve la donación de vida como una penalización. Y ese sucede en un país donde cada vez hay menos madres, y no solo menos hijos, que aspira al bienestar económico y social con una fecundidad de solo 1,32 hijos por mujer, en la cola del mundo. Es una mentalidad destructiva para la propia mujer, porque la convence, a los treinta años, de que vivirá mejor sin hijos cuando tenga 50, 60 y más, cuando la decisión será irreparable, y que vivirá sola – el peor castigo humano- la mayor parte de su vida. Y además, aniquiladora del propio país porque proclama una ideología que destruye todo futuro: sin hijos no existe ni prosperidad, ni bienestar, por no existir no existirán ni pensiones de jubilación. Y los hijos surgen de las madres. Si no combatimos este tipo de ideología, sino construimos una sociedad que tenga como máximo valor de realización la maternidad y la paternidad, el desastre está asegurado. Un paso decisivo sería educar en este sentido, pero creo que esto también está prohibido.

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