Convivir en la diversidad

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Se da el fenómeno en nuestras ciudades, que muchos residentes se muestran aprensivos a la presencia de extranjeros cuyas costumbres, aspecto, vestimenta, es diferente a todo lo nuestro. La visceralidad nos lleva a reacciones tan primitivas como cerrar fronteras, demanda de expulsiones, y a partir de aquí, vía libre a todo tipo de demagogias. La comunicación entre autóctonos y forasteros es escasa o inexistente, y sin esta comunicación ya tenemos dos grupos que se miran con recelo. Vista esta situación, uno cree que la educación podría hacer mucho bien para salir de esta desconfianza recíproca entre unos y otros.  Amin Malouf, un autor libanés que lleva ya mucho tiempo en Francia, afirmaba que, si los inmigrantes sienten que no existe rechazo hacia ellos a causa de su diferente identidad, se sienten más atraídos a las opciones culturales de su nuevo país. En cambio, si el recién llegado no se siente bienvenido, tenderá a cerrarse en “guetos” y aislarse del resto.  No es este el camino deseable. Lo más conveniente para cohabitar en la diferencia, siempre será la de establecer una cooperación informal y abierta.  Informal significaría que no hubiera reglas fijadas de antemano. Y abierta, en el sentido de que nadie intente asimilar ni dominar a nadie.  Ha pasado una generación de cuando iba a buscar a mis hijos a la escuela, ahora voy a buscar a mis nietos. Los compañeros de mis nietos, hijos de forasteros, participan en el fútbol, el básquet, el balonmano…todavía no lo hacen las niñas, es de suponer que todo se andará. Lo importante será ir reforzando la permeabilidad comunicativa. Y se llega a un punto en que se planteen las cuestiones centrales. “Nos tenéis que aceptar”, de una parte, “Os tenéis que integrar” de la otra.  Convendría un planteamiento más humano y más abierto. No ha de ser el recién llegado el que debe hacer toda su parte, y el receptor no moverse ni un dedo. El recién llegado ha de participar en el tejido asociativo local y desde allí, no solo establecer vínculos entre asociaciones y familias, si no reclamar derechos que sistemáticamente se obstaculizan, como encontrar trabajo, o que te nieguen el alquiler de un piso, por llamarse Fàtima o Mohamed. Pero el ciudadano receptor ha de dar el paso fundamental. Aceptar y respetar la diversidad como acto de reverencia al mundo, porque el mundo no es homogéneo, sino diverso, no existimos aislados, sino que coexistimos, no solo vivimos, sino que convivimos.

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