Crisis e irresponsabilidad organizada: ¿cómo hemos llegado aquí?

Resumen: El presente artículo trata de indagar en el fenómeno de la irresponsabilidad organizada como claro síntoma de la present…

Resumen:

El presente artículo trata de indagar en el fenómeno de la irresponsabilidad organizada como claro síntoma de la presente crisis socioeconómica, y que consiste en la expansión de formas de organización social cuyo objetivo es evitar que se encuentren responsables individuales por lo que en ellas sucede. Para ello realizaré una breve arqueología de los discursos de responsabilidad, con la que trataré de demostrar cómo el individualismo ilustrado tenía ya en sí mismo el germen de lo que se ha consolidado con el estructuralismo: la renuncia a la responsabilidad personal y la ocultación en el anonimato. Por último, se planteará la narratividad de Taylor y MacIntyre como una vía alternativa de fundamentación de la identidad individual en el mundo contemporáneo, a través de la cual la responsabilidad aparece no como una carga a eludir sino como una oportunidad de vida social y personal plena.

1. ¿Hay alguien ahí?

Que la crisis que estamos sufriendo tiene un carácter polifacético es un hecho ya indiscutido. También sabemos que se manifiesta epidémicamente: la economía y la política muestran la más grave infección, pero también afloran algunos de sus síntomas en sectores como la cultura, la educación o los medios de comunicación. Pero probablemente la crisis tenga que ver también con cómo se ha respondido a lo largo de la modernidad hasta nuestros días a la pregunta de quién responde por lo que nos sucede, y de eso trata precisamente el presente artículo. Las respuestas a esa pregunta habían sido históricamente dos, y entre ellas dos existen tantas vías intermedias como imaginación y esfuerzo empleemos en encontrarlas: una respuesta era “La sociedad (sistema en términos actuales) responde”, la otra, en las antípodas, era “El individuo responde”. Desde que se ha teorizado sobre la responsabilidad se ha ido pasando de una a otra en busca de un adecuado término medio; pero en muchos casos lo que se encontró fueron respuestas reduccionistas por el peso excesivo que se le dio o bien al individuo o bien a las estructuras sociales. En términos hegelianos, se han sucedido numerosas tesis y antítesis, pero la crisis actual demuestra que no hemos encontrado aún la adecuada síntesis.

El momento histórico que vivimos, protagonizado por la crisis como también por un vertiginoso aceleramiento del avance tecnológico, parece que ha introducido en el paisaje una inquietante tercera respuesta: “Nadie responde” (o “Todos responden”, que es lo mismo). La crisis ha puesto de manifiesto que en muchas esferas de actuación las personas tomaron decisiones, ocultas tras formas de organización social opacas, sin conciencia de tener que responder de ellas –lo que se ha denominado irresponsabilidad organizada–, favoreciendo su prolongación y un profundo malestar social (¿quién no ha escuchado aquello de “¡siempre paga quien menos lo merece, el ciudadano de a pie!”?). A pesar de la complejidad del tema a tratar a continuación, el artículo responde a una cuestión tan concreta que da forma teórica a una preocupación social creciente: la de estar caminando hacia una sociedad y una economía despersonalizada, entre cuyos síntomas sobresale la falta de responsabilidad en sectores sociales destacados.

Partiendo de que una comunidad donde esta posibilidad empieza a constatarse con frecuencia está destinada a cumplir los peores augurios, plantearé la vía de la narratividad como una nueva oportunidad para buscar una síntesis y, con ella, una respuesta adecuada al quién responde. Pero antes es conveniente realizar una genealogía esquemática de los discursos de responsabilidad, para comprender narrativamente cómo hemos llegado a donde hemos llegado. Hacerlo en tan breve espacio podría parecer presuntuoso, pero no pretendo aquí agotar explicaciones ni ser analítico, sino más bien encender alguna bombilla en la habitación oscura de la irresponsabilidad en que nos movemos.

2. “El individuo responde”: La metáfora de El proceso de Kafka.

La individualización de la responsabilidad –así como de la culpa, que supone un grado mayor de reproche– es, ya desde la ética cívica griega, un signo de desarrollo del Derecho, un logro civilizatorio que rompía con formas de justicia primitiva como la venganza tribal (Ricoeur, 1982: 260-7). El paso de la culpa colectiva propia del primitivismo jurídico y del Antiguo Testamento a la graduación de una culpa personal e intransferible permitió el avance hacia sistemas jurídicos análogos al contemporáneo donde imperan, al menos formalmente, los principios de proporcionalidad y personalidad de las penas. Nadie puede ser hecho responsable por hechos ajenos, y la pena impuesta debe ser proporcional a la gravedad del hecho y al grado de merecimiento.

Ahora bien, el fenómeno de la individuación de la acción y su responsabilidad, que había permitido una mejor y más racional respuesta a los conflictos sociales, se radicalizó y desvirtuó de la mano de la ilustración en la misma medida que lo hacía la razón individual, que pasó de ser “una explicación más” a ser “la explicación única” a todo acontecimiento humano y social. Desde entonces todo fenómeno, desde la acción al pensamiento, podía (o aspiraba a) ser explicado y controlado racionalmente. Objeto central del análisis crítico de Taylor, el sujeto puntual, desarraigado y aislado de la ilustración debía encontrar las fuentes morales en un sí mismo indiferente al contexto, desarticulado respecto de los marcos referenciales (colectivos) en los que el actúa e interacciona:

Si tomamos el tema del autocontrol a través de las vicisitudes de la tradición occidental, hallamos una transmutación muy profunda desde la hegemonía de la razón como una visión del orden cósmico hasta la noción de un sujeto desvinculado que ejerce el control instrumental. (…) El ideal moderno de la desvinculación requiere una postura reflexiva. Hemos de volvernos hacia el interior, hacernos consciente de nuestra actividad y de los procesos que nos configuran. Hemos de hacernos cargo de la construcción de nuestra representación del mundo, que de otra manera progresaría sin orden y, por consiguiente, sin ciencia; hemos de hacernos cargo de los procesos por los cuales las asociaciones forman y configuran nuestro carácter y perspectiva. (Subrayado mío) (Taylor, 2006: 243).

El problema de la sobredimensión de la individualidad se trasladó a los discursos de responsabilidad y culpabilidad, que constituyen la “cara menos amable” de la libertad. En la propia expresión hacernos cargo que emplea Taylor se intuye: la capacidad del individuo racional de controlarlo todo, de agotar la imprevisibilidad de los procesos que le rodean, tiene como contrapartida el deber de hacerse cargo de sus consecuencias, de hacerse responsable y de ser eventualmente culpable de la infracción. El primitivismo ofrecía vías de escape por tener una visión centrífuga de la responsabilidad: los sucesos, buenos o malos, podían ser atribuidos al hado, a los dioses, a los pueblos, a los animales o a los espíritus; la Ilustración radical, en cambio, convirtió la responsabilidad en un fenómeno centrípeto, al colocar en el centro a una razón aislada a la que se presuponía una capacidad híper-extensa de control de los acontecimientos.

Poco a poco el peso de esa individualidad, por su aislamiento y por la sobrevaloración de la razón, va haciéndose más insoportable, ya que el individuo deja de encontrar siquiera excusas parciales para los males que aparecen en torno suyo, de modo que todo lo atribuye a sí mismo. El sentimiento de culpa se sale entonces de su órbita natural (la del merecimiento), y estalla en su interior como el impulso dominante y petrificador de la personalidad. Este fenómeno se puede ver claramente en la fabulosa película La cinta blanca (M. Haneke, 2009), que retrata la vida de un pueblo en la Alemania protestante previa a la I Guerra Mundial, en el que el peso de la culpabilidad individual es tan grande que pasa a habitar permanentemente las conciencias individuales, con independencia de lo que cada uno haga para merecerlo. Se convierte, de algún modo, en la única vía educativa para transmitir valores. El efecto social que esa culpa independiente de los hechos produce, como se ve en la película, es devastador: si la culpa es permanente y autónoma, deja de servir como prevención de las acciones delictivas, de modo que la violencia se dispara hasta equipararse a la intensidad de la culpa, precisamente para convertirla en merecida y sacarla de la absurdidad. Freud, y algo antes Nietzsche, habían hablado ya de esa culpa precedente al delito: en la medida en que pesa desde el comienzo en la conciencia individual, toma la forma psicológica de una necesidad de castigo que, para realizarse, mueve al individuo a delinquir (Spazier, 1984: 373-4).

Nos serviremos de dos ejemplos más para ilustrar cómo la radicalización de la idea de individuo desvinculado descrita por Taylor condujo a unos discursos de culpabilidad que, por su exceso individualizador, llevaron a formulaciones absurdas e irracionales. El primer ejemplo es El Proceso de Kafka, que relata como Josef K. sufre la terrible experiencia de ser sometido a un proceso sin causa: el protagonista es culpable de algo, pero a lo largo de la novela no sabe de qué ni por qué tribunal es acusado. En el cuento Ante la ley, contenido en su interior, se da la clave de esa extrema individualización de la culpa. Un campesino espera durante largo tiempo, en el que envejece, a que el Guardián que custodia la puerta de La ley le deje acceder a ella. Durante años ese acceso le es negado, siempre en régimen de provisionalidad: “Por ahora no puedes entrar”, le dice. El campesino, ya desfalleciendo, requiere de nuevo la atención del Guardián y le pregunta: “Todos buscan la Ley. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?”. A lo que aquél contesta: “Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora me voy y la cerraré” (Kafka, 1976: 159-60). La responsabilidad ante la Ley no era invocada por hecho delictivo alguno, ante ella sólo quedaba el símbolo más preciso de la individuación: un nombre propio.

Sin que podamos entrar a fondo en los detalles ni en la culpabilidad de un caso semejante, parece que algo de eso vemos manifestarse hoy en día en el fundador de WikiLeaks, J. Assange. La desproporción existente entre el hecho por el que está oficialmente procesado –un presunto delito sexual– y el enorme interés que demuestran determinados países en su persecución y encarcelamiento, unido a su historial personal de agitador político, hace de su procesamiento, incluso desde un punto superficial, algo completamente kafkiano.

El segundo ejemplo, con el que se entenderá algo mejor el críptico cuento de Kafka, es tan sencillo que se expresa en una recurrente sentencia de tiempos del socialismo soviético. Cuando dirigían procesos contra opositores del régimen, especialmente poetas y escritores, quienes debían hacer responder a alguien por algo solían decir: “Dadme al hombre, que la acusación ya la encontraremos. La culpabilización estaba dirigida ya plenamente al individuo en sí, a su identidad, y sus hechos y acciones eran ya un aspecto secundario y accidental. Nació así lo que se denomina Derecho penal de autor, típico de los regímenes totalitarios, donde la pena y la culpa están conectadas a modos de ser individuales –ser religioso, ser poeta, ser enemigo de régimen, etc.–, sin que los procesos deban demostrar hecho delictivo alguno. Esa responsabilidad hiper-individualizada se torna pesadilla, porque uno puede desmentir una acusación conectada a una conducta o acción concreta, pero no puede desmentirse a sí mismo, no puede luchar contra una ley que está hecha ad hoc para su caso y a su medida, abierta sólo para su persona, como en el cuento de Kafka. De ahí que, en todo totalitarismo, la mejor forma de eludir la persecución estatal no es tanto camuflar los hechos, sino renunciar a la propia identidad y mimetizarse con el régimen.

Así, volviendo al hilo principal, se llegó a un contexto en el que a la pregunta “¿Quién responde?” respondía el individuo, pero del modo a la vez exagerado e incompleto que resulta de concebirlo como un ser aislado y desarticulado del entorno. En la medida en que el contexto en el que opera el sujeto, tantas veces explicativo e iluminador, era obviado (para Kant importa lo universal, no lo contextual), se carga todo el peso de las consecuencias sobre sus espaldas. Precisamente porque la responsabilidad y la culpa se anclaron en la identidad misma, Nietzsche, en un momento y lugar histórico análogo al de La cinta blanca, propone la “emancipación del yugo de la individuación”, considerada por él “la primera causa del mal” (Nietzsche, 2007: 97). Esa “liberación” comenzó automáticamente a producirse, y de ello es buena prueba el s. XX, bajo la forma de huida a la inimputabilidad: “Tener una identidad significa poder ser atrapado, que se asignen responsabilidades y ser juzgado. Donde esto es así, hay que esconderse en el anonimato. Como respuesta a la insoportable exposición surge en el mundo moderno una correspondiente necesidad de anonimato” (Innerarity, 1993: 368). Esta es la fase en la que nos encontramos, en la que los efectos asociados a la crisis no tienen a quien ser imputados, en términos Aristotélicos, no tienen padre. Pero antes de analizar el problema en el contexto actual, debemos proseguir la genealogía con la segunda respuesta.

En paralelo al proceso descrito por E. Fromm por el que el miedo a la libertad del individuo aislado condujo, en términos psicológicos, a una evasión y renuncia a la individualidad en beneficio de sistemas totalitarios (Fromm, 2006: 156), a nivel teórico el excesivo peso de la responsabilidad produjo una ocultación en el anonimato. Todo ello vino favorecido por el éxito de teorías estructuralistas, que explicaban los acontecimientos a partir de instancias supra-individuales (sistema lingüístico, sistema social, inconsciente colectivo, etc.); o lo que es lo mismo, proporcionaban un lugar en el que esconderse. Se hizo un viaje entonces al otro extremo: ante la pregunta de quién responde calló el individuo, y comenzó a responder el Sistema. Y en seguida se produjo un efecto inquietantemente tranquilizador sobre las conciencias individuales, cuyos efectos aún perduran.

3. “El sistema responde”: cambio de paradigma y huida a la inimputabilidad.

El estructuralismo, reducido aquí metodológicamente al análisis de lo social en términos de estructuras sociales (ya sea sistemas sociales como el económico, político, científico, etc.; o sistemas lingüísticos; o sistemas de clases, etc.), y en el que lo individual no es más que un producto de funciones generalizadas, proporcionó ese lugar tranquilo al que huir del exceso de responsabilidad que había generado la Ilustración. El sujeto no existía ya como realidad consolidada y consistente, sino que era una construcción cultural: “el sujeto es, en estricto y paradójico sentido, la ‘utopía’ de la sociedad” (Luhmann, 1998: 222). De todo ello se derivó automáticamente, en lo que a la capacidad del individuo se refiere, que en “la construcción social de la realidad no hay lugar para la acción o el pensamiento individual” (Teubner, 2002: 548). Desde este planteamiento, los procesos sociales están absolutamente fuera del control del individuo, lo que no significa que estén descontrolados. Si la Ilustración filosófica había sobre-valorado la razón individual y la autonomía humana, el cambio de paradigma de la nueva Ilustración sociológica se basa ahora en la racionalidad del propio sistema, en el que el individuo queda diluido: “Habría que transformar el concepto de lo racional de una simple racionalidad de acción, teleológicamente orientada, en una más compleja y comprensiva racionalidad sistémica” (Luhmann, 1983: 16). De este modo, advierte críticamente Habermas, “la razón centrada en el sujeto queda, pues, disuelta por la racionalidad sistémica” (Habermas, 1993: 452)

Para este nuevo planteamiento la libertad individual es una ilusión producida por necesidades evolutivas, ya que la realidad está constituida de necesidades y funciones sociales y sólo a través de ellas se puede explicar porqué sucede lo que sucede y a qué factores debemos imputárselo. En términos actuales, fenómenos tales como la corrupción, la burbuja inmobiliaria, la especulación financiera no pueden explicarse en términos de comportamiento individual auto-responsable como pretendía la Ilustración, sino en términos puramente colectivos, es decir, como consecuencias indeseadas de disfunciones sistémicas. En palabras menos oscuras, dichos fenómenos se producirían por fallos en los mecanismos de control organizativo (falta de información, de experiencia previa, de previsibilidad, de regulación…) o desequilibrios entre sistemas (excesivo servilismo del sistema económico respecto al político).

Una explicación así es, por sí misma, capaz de modificar todo el discurso de la responsabilidad, y de hecho así está sucediendo. La pregunta que estas teorías trasladan es la siguiente: ¿Si el individuo no tiene control alguno de los procesos sociales y son los sistemas quienes están al cargo de sus efectos, tiene sentido seguir imputando responsabilidades y culpas individuales? Si la respuesta es negativa, ¿Cómo podemos imputar determinados acontecimientos, como los efectos de la crisis, a un “sistema”? ¿Y qué sistemas podrían ser sujetos de responsabilidad: el Estado, una empresa, una asociación, un partido político? Estas preguntas presuponen ya algo que a estas alturas de discusión no está tan claro y que no compete responder aquí, a saber: que un sistema como por ejemplo una Empresa pueda ser responsable de algo, al menos de un modo equivalente a como lo hace un individuo. A menudo decimos que la “Empresa x” es responsable de un vertido, o de una estafa, o que ha defraudado a Hacienda, pero ¿no queremos decir en realidad que quienes han actuado así son las personas que la integran? Para un autor fiel a la ortodoxia estructuralista-sistémica, en cambio, quien actúa en realidad es el Sistema, que comunica sus preferencias a través de los individuos, que no son más que “meros transmisores”: “los códigos de los subsistemas sociales se imponen coactivamente sobre las comunicaciones y acciones de los individuos, que a su ve quedan reducidos a la función de meros transmisores” (López de Lizaga, 2012: 24).

En cualquier caso, parece que la concepción de sistemas empresariales como sujetos plenamente responsables (incluso culpables) está penetrando en los ordenamientos jurídicos: en la última reforma del Código Penal español (LO 5/2010), siguiendo una tendencia internacional, se ha introducido la responsabilidad penal de las personas jurídicas, extendiendo a las organizaciones un fenómeno –la culpabilidad penal– antes exclusivo del ser humano. En cambio, y he ahí donde se encuentra el principal escollo de estas teorías, todo ello deja en el aire la posición en la que queda el individuo y su responsabilidad. Al respecto cabrían dos opciones: la más consecuente afirmaría que, si el sistema es el que controla los riesgos y el individuo es un “mero transmisor”, éste último no puede ser responsable; la segunda opción, que de hecho defienden la mayoría de autores adscritos a dichas teorías, es que el hecho de que “no haya lugar para la acción y el pensamiento individual” no obsta para seguir imputando responsabilidades individuales. Conviene, aseguran, mantener la ilusión de la autonomía y responsabilidad individual por razones prácticas y de paz social, ya que la plena liberación y huida a la imputabilidad sería socialmente peligrosa. Dicho crudamente: hay que buscar un chivo expiatorio –incluso sobre un voluntarismo teórico–, para que la población sepa las consecuencias de las malas acciones.

Ahora bien, parece que los discursos sociales nunca son gratuitos para el sistema social con el que están conectados, y una de las cosas que nos ha enseñado la crisis es que ambas opciones han tenido su protagonismo social. Es común escuchar a quienes denuncian, con más o menos argumentos, que una gran cantidad de personas han actuado durante muchos años amparados por burbujas de irresponsabilidad; y desde el lado del sistema, se señalan precisamente a los pocos chivos expiatorios que efectivamente están cumpliendo condena por el daño que han hecho a la sociedad, ¡como si tres expiasen el mal de trecientos!

En todo caso, desde un planteamiento en el que el individuo en sí es “utópico” resulta injustificable condenar a nadie, especialmente por lo distópico de las consecuencias, nada menos que la prisión. El problema es que la fuerza de dicho ethos de pensamiento había cuajado ya socialmente, de modo que el problema no era ya si se debía responsabilizar al individuo o no, sino si era posible encontrarlo (Beck, 2002: 86).

3. Irresponsabilidad organizada y anonimato: la metáfora de El castillo de Kafka o los paraísos fiscales de la responsabilidad.

Es un lugar común en el análisis de nuestra situación actual vincular la crisis a determinadas carencias en los discursos de responsabilidad. Ya sólo en términos de opinión pública –independientemente de lo aproximada o no que ésta esté de la realidad de los hechos– existe un clima social generalizado que tiende a pensar que los verdaderos responsables de la crisis permanecen ocultos en no se sabe dónde para no responder de su comportamiento.

Un análisis más agudo debería llevarse a momentos anteriores en el curso de las cosas. En determinados ámbitos, especialmente el económico y el político, las organizaciones adquirieron a medida que aumentaba su complejidad una forma tal que imposibilitaba encontrar en ellas responsables individuales de lo que acontecía en su seno. La primera gran organización contemporánea compleja, la Administración burocrática, comenzó muy pronto a manifestar esa forma de autoorganizarse.

De nuevo es Kafka quien, en su novela El castillo, relata cómo la organización estatal encontró en la dominación anónima y la falta de claridad y transparencia un buen modo de eludir sus obligaciones, incluida la más básica: rendir cuentas, responder ante los gobernados. El protagonista de este inacabado cuento, K., agrimensor de oficio, es requerido desde el Castillo para llevar a cabo un trabajo. Por ello se traslada en pleno invierno para comenzar una inconclusa búsqueda de qué es lo que le piden y quién se lo pide. La trama consiste precisamente en que, durante largo tiempo, K. es enviado de un sitio a otro, con órdenes contradictorias, misteriosas o confusas, lidiando con empleados de la administración del Castillo siempre inadecuados para sus propósitos. El señor del Castillo, quien supuestamente tiene la clave para explicar porqué está allí y qué debe hacer, aparece velado a lo largo de la novela, como un fantasma al que no se tiene acceso.

Esa es precisamente la metáfora del cuento: lo importante es que el Castillo siempre esté visible como totalidad pero no como concreción, y que quien tiene el poder y por tanto la responsabilidad individual debe permanecer oculto, inaccesible, gracias a la colocación de una organización-barrera entre sí mismo y el exterior; en el otro lado, quien se acerca a esa organización en busca de respuestas a sus preguntas no va a conseguir más que su propia asfixia, ya que todo lo que sucede allí está envuelto en el manto del anonimato y la irresponsabilidad. Kafka fue incapaz de concluir la novela, y se discute si pretendía hacerlo o si lo que quería transmitir al lector era precisamente la absurdidad de lo que nunca termina. Quien ha tenido que lidiar con la Administración se suele inclinar por lo segundo.

Volviendo a la crisis, entre los factores que más malestar social generan, relacionado también con la conocida desconfianza respecto a la clase política, destaca la percepción generalizada de que entre quienes tienen responsabilidades públicas todo está organizado para que nadie responda. Negar rotundamente que ello sea así choca con la simple constatación siguiente: quien tiene la obligación y potestad de perseguir delitos cometidos por altos cargos públicos –la Fiscalía General del Estado– es nombrado precisamente por los cargos públicos –el gobierno de turno– cuya legalidad tiene que controlar. ¿Alguien imagina a un Gobierno nombrando a fiscales independientes, con el firme deseo de cumplir su trabajo y exigir responsabilidades por la gestión? Toda conclusión más allá de la ingenuidad o el escándalo es en realidad un simple silogismo que nos lleva, de nuevo, a la irresponsabilidad organizada.

La irresponsabilidad y la dominación anónima encontraron otra gran descripción en la obra de H. Arendt sobre el procesamiento y condena a muerte de A. Eichmann, principal responsable del traslado de judíos a los campos de concentración del Nazismo. En este caso la organización tras la que se ocultaba era político-burocrática. Las dificultades del proceso se derivaron precisamente de lo que venimos definiendo como irresponsabilidad organizada, situación por la cual “el grado de responsabilidad aumenta a medida que nos alejamos del hombre que sostiene el instrumento fatal” (Arendt, 2010: 359). Es decir: quien se sitúa en escalones elevados de la organización, no responde porque en ningún momento “se mancha las manos” con el instrumento del delito; por otro lado, quien se sitúa en el escalón inferior, se mancha las manos y realiza la fase ejecutiva de delito, no responde porque no tiene la competencia en términos de información y control para ello, no tiene papel alguno en la planificación del delito, “sólo cumple un rol”. En la medida en que el concepto tradicional de imputación de responsabilidad exige conocimiento (previsibilidad, información, etc.) y causalidad (acción explica el resultado), las organizaciones separan a quien dispone de lo primero y a quien realiza lo segundo para que sea imposible encontrar a quien responda.

Ese clima produce, como demostró de modo preciso S. Milgram, una desinhibición de los frenos morales y, por tanto, una mayor predisposición a cometer actos lesivos (Milgram, 1980: 21). Algo similar señala MacIntyre:

“La particularidad nunca puede ser dejada simplemente atrás o negada. La noción de escapar de ella hacia un dominio de máximas enteramente universales que pertenecen al hombre como tal (…) como lo presentan algunas filosofías analíticas modernas, es una ilusión de consecuencias dolorosas. Cuando hombres y mujeres identifican con demasiada facilidad y demasiado completamente las que son de hecho sus causas parciales y particulares con la causa de algún principio universal, normalmente actúan peor” (MacIntyre, 2004: 273)

¿Y no es ésta una lúcida descripción del clima psicológico que ha imperado en nuestra sociedad en las últimas décadas? ¿Acaso no hemos operado de modo que determinados anónimos han funcionado como chivos expiatorios de nuestras propias obligaciones? ¿Cómo funciona la especulación, si no es mediante la atribución de determinados efectos económicos a desconocidas dinámicas del mercado? Con todos los matices necesarios, el tipo concreto de economía especulativa ajena a la economía real y a la producción de bienes a través del esfuerzo y la dedicación, esa economía en el aire que nos ha explotado en las manos sólo ha sido posible en un clima en el que nadie es responsable de nada y en el que todo se explica desde lo impersonal: “Bruselas”, los “especuladores”, el Mercado, los “hombres de negro”, la “Burbuja inmobiliaria” y demás paraísos fiscales de la propia responsabilidad.

Es en ese preciso sentido en el que, tras la constatación del fracaso del individualismo, debido a su error de considerar al sujeto de modo aislado y descontextualizado, así como de generar la huida a la inimputabilidad que acabamos de analizar, es necesario buscar una vía teórica alternativa a los discursos de responsabilidad. Y esa vía, y eso es precisamente lo que sostenemos aquí, se puede encontrar en teorías de la narratividad que, como en Taylor o MacIntyre, proponen una visión de la identidad individual que evita la sobre-exposición del individualismo como también la transferencia de toda carga al sistema. Se trata, en resumen, de proporcionar al individuo un espacio para que respire, pero un espacio no tan grande como para que le sea posible huir de la responsabilidad que conlleva poder ser uno mismo, poder decir “yo”.

4. La narratividad: una recuperación de la noción de responsabilidad.

A lo largo del artículo hemos presentado el paisaje teórico de la responsabilidad como una tensión entre quienes, optando por una visión individualista, cargaron todo el peso sobre las espaldas de un sujeto desarticulado y quienes, partiendo de una absolutización del sistema, proponen un modelo en el que el individuo es un mero transmisor de funciones sociales. En el primer caso la responsabilidad individual es tan desproporcionada que se convierte en una insoportable carga, en el segundo supone o bien una ficción o bien un recurso voluntarista de coacción social. Ahora bien, ¿dónde situaríamos la narratividad en este panorama teórico? En cierto sentido, las teorías de la narratividad se construyeron de un modo tan enfrentado al individualismo ilustrado que por su espalda pasaron corrientes estructuralistas a las que no se dio la misma importancia. De modo que, antes de concluir de qué modo su teoría puede ayudarnos a solucionar los problemas de la irresponsabilidad organizada, es necesario argumentar de qué manera se desmarcan precisamente del tipo de teoría que la ha alentado.

Entre otras razones, la visceralidad con la que por ejemplo Taylor ha criticado al sujeto desvinculado del individualismo ilustrado, así como su poca atención crítica a planteamientos de corte holístico, ha propiciado que algunos analistas le sitúen en la órbita de éstos últimos (por ejemplo, Thiebaut, 2002: 19). Mi opinión es que esta identificación no es del todo acertada, pues en su planteamiento el individuo de ningún modo queda diluido en corrientes sociales, sino más bien lo contrario: plantea la pertenencia a una comunidad histórica como la vía a una plenitud no sólo en un sentido social sino también personal.

Concretamente, la idea de racionalidad narrativa es antitética respecto de la razón desvinculada e instrumental kantiana, pero también lo es respecto a la opinión de que la racionalidad se encuentra en el nivel estructural y no en el individual. Si tomamos el estructuralismo de Levi-Strauss como ejemplo, lo veremos claramente: “La lingüística nos pone en presencia de un ser dialéctico y totalizador, pero exterior (o inferior) a la conciencia y a la voluntad. Como totalización no reflexiva, la lengua es una razón humana que tiene sus razones, y que el hombre desconoce” (Levi-Strauss en Ricoeur, 2004: 53). La razón narrativa, en cambio, presupone un mínimo de consistencia subjetiva, de orientación y compromiso personal que no tiene lugar en el estructuralismo, que capacita al sujeto para distinguir su acción como propia, esto es, como conectada a motivaciones, deseos y pasiones, distinguida de lo que acontece en un plano meramente natural (Macintyre, 2004: 258). Es decir, la racionalidad no es la instancia capaz de controlarlo y preverlo todo que era en la Ilustración, pero tampoco es una ilusión evolutiva como lo es para levi-Strauss o Luhmann; es más bien una capacidad específicamente humana de comprometerse con los marcos referenciales que le son dados, a través de los cuales se forma una idea de bien y se orienta libremente según ella (Taylor, 2006: 52).

Dicho de otro modo, la narratividad se “alía” con el estructuralismo para distinguirse del individualismo al dar crucial importancia a lo colectivo (la tradición, los marcos referenciales, la cultura) en la conformación de la identidad subjetiva, pero lo hace liberándose de su carga totalizante: “Un leguaje sólo existe y se mantiene en una comunidad lingüística. Y esto indica otra característica clave del yo. Uno es un yo sólo entre otros yos. El yo jamás se describe sin referencias a quienes lo rodean (…) Soy un yo sólo en relación con ciertos interlocutores (…), dentro de lo que denomino la «urdimbre de la interlocución»” (Taylor, 2006: 62-3). En este planteamiento, Taylor consigue rescatar lo mejor del estructuralismo –la importancia del lenguaje intersubjetivo o comunicación social para la constitución de sujetos–, todo ello sin caer en la ontologización del lenguaje o de lo social, es decir, manteniendo al ser humano en la posición parcialmente privilegiada de la que había sido expulsado.

Distinguiéndose de ambos polos, por tanto, permite dar a luz una teoría de la responsabilidad más adecuada a las necesidades sociales de nuestro tiempo y, concretamente, a los fenómenos que estamos presenciando a raíz de la crisis. En primer lugar, saca al individuo de su aislamiento y lo introduce en un contexto social y dialógico, de manera que su modo de operar no es haciéndose cargo de todo sino orientándose en un marco de actuación dado y compartido con otros. Ello le libera de la sobre-exposición y de los excesos en el sentimiento de culpa del puritanismo ilustrado. Por otro lado, el sujeto es responsable de haber elegido una entre las opciones limitadas de que dispone en un contexto concreto, de modo que en ocasiones hay cierta corresponsabilidad social compensatoria del hecho de que no decidimos vivir en las circunstancias en que efectivamente vivimos –no es lo mismo convertirse en terrorista tras haber estudiado en Oxford y haber tenido múltiples oportunidades vitales que hacerlo como única salida a una vida en la pobreza y la miseria–. En la medida en que toda narración es contextual, a diferencia de la moral kantiana, el individuo queda liberado de cargas que en realidad no le corresponden, permitiendo que tanto la responsabilidad como la culpabilidad vuelvan a ser proporcionales al merecimiento. Ya estamos libres, con ello, de El proceso kafkiano y la culpa sin causa.

Pero introducir el contexto en el panorama de la identidad y la responsabilidad no equivale a absolutizarlo, esto es, a atribuir todo lo acontecido a disfunciones del sistema más allá del control individual, de modo que la narratividad no supone una teoría de la irresponsabilidad individual, no permite la huida a la inimputabilidad típica de nuestras sociedades en crisis. Más bien todo lo contrario: “ser tema de la narración que discurre desde le propio nacimiento hasta la muerte propia (…) es ser responsable de las acciones y experiencias que componen una vida narrable” (MacIntyre, 2004: 268). Narratividad y responsabilidad son fenómenos inescindibles, en la medida en que el hilo narrativo –lo que une pasado, presente y futuro del sujeto que cuenta una historia– sólo se realiza en quien no huye de sí mismo, en quien se hace cargo de sí y de sus acciones. Con ello estamos libres, esta vez, de El Castillo y su anonimato.

Esa relación entre identidad narrativa y responsabilidad tiene consecuencias sociales que se manifiestan en dos niveles: en un nivel cultural, este modo de entender lo humano nos convierte en dueños de lo que hacemos, revelando que en las interacciones sociales nuestras elecciones individuales pueden significar la diferencia en las circunstancias vitales de otras personas, de modo que la abdicación deja de ser una opción; en un nivel jurídico-social, significa favorecer toda aquella opción política, económica y legislativa que obligue a todas aquellas personas que ostentan funciones públicas a asumir no sólo los privilegios relacionados con su cargo, sino también sus responsabilidades. Ello tiene consecuencias prácticas muy concretas: no reducir la responsabilidad política a las urnas, garantizar la verdadera independencia y vocación fiscalizadora del poder judicial, actualizar la legislación en materia de responsabilidad por riesgos complejos –medioambientales, nucleares, de manipulación genética, informáticos…–, fomentar la transparencia empresarial y penalizar a los empresarios ocultos tras velos organizativos, construir una Administración pública que responda a las necesidades sociales y personales y que no se esconda tras un escudo burocrático, etc. En definitiva, penalizando todas las manifestaciones de la irresponsabilidad organizada y fomentando una cultura de responsabilidad personal a la altura de los desafíos de nuestra sociedad compleja.

Por último, es necesario presentar esta opción vital y social por la responsabilidad personal no como una carga sino como una oportunidad. Ya el propio término está cargado de connotaciones positivas: no sólo se responde de los daños, también uno es responsable de sus méritos. Pero además, la huida nietzscheana a la imputabilidad es siempre una inútil huida hacia delante, por aquella afirmación socrática sobre la imposibilidad de escapar a uno mismo: “es mejor sufrir el mal que causarlo, pues para mí es mejor estar a malas con el mundo que, siendo uno como soy, estar a malas conmigo mismo” (Sócrates en Arendt, 1999: 10). Y es que tanto el burócrata que se ampara en deberes de obediencia como el empresario que utiliza la ingeniería financiera para declararse irresponsable evitan responder momentáneamente ante la sociedad a costa de tener que silenciarse permanentemente a sí mismos. Y es que pasa en la realidad como en la ficción cinematográfica, aquello de que el pasado siempre vuelve. Y si la crisis tiene algún aspecto positivo es que, como todo periodo abrupto pero a la vez transitorio, lleva consigo la posibilidad de algo nuevo que comienza, y ahí hemos de decidir cuál es la historia que querremos narrar colectivamente en un futuro no muy lejano: si queremos tapiar las ventanas para ocultarnos y no ver lo que ocurre tras ellas o si, por el contrario, queremos asomarnos al mundo que nos ha tocado vivir y afrontarlo con sus crisis y sus oportunidades. Probablemente esté en juego no ya el tipo de narración que resulte, sino su posibilidad misma.

Javier Cigüela Sola, (Universitat Pompeu Fabra)

BIBLIOGRAFÍA:

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Fuente:

Seminario ‘La formación de la personalidad moderna’, organizado por FundSocial

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