Las crisis de la sociedad o una sociedad en crisis

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Es generalizado el diagnóstico de que los partidos políticos viven una crisis, no sé si terminal, pero seguro que profunda. Lo constataba desde el progresismo liberal de El País un artículo de Andrea Rizzi “La peligrosa misa fúnebre para los partidos, donde después de repasar sus variadas manifestaciones, Trump como outsider político, el Brexit como el voto contra los partidos mayoritarios, Macrón en Francia, Cinque Estelle en Italia, lo que sucede en Cataluña, incluso a la muy estable Alemania, les cuesta formar un nuevo gobierno. En todas partes los partidos políticos ocupan los últimos lugares en la valoración de los ciudadanos. España es uno de los que encabeza este ranquing a la inversa.  Este tipo de diagnósticos acostumbran a terminar con la admonición sobre la necesidad de que los partidos funcionen bien, porque sin ellos no es viable el sistema parlamentario actual, y a partir de aquí múltiples fórmulas. Más transparencia, elecciones primarias, participación mediante Internet etc.

Pero si nos detenemos un momento es fácil colegir que la mayoría de aquellas mejoras no resuelven el problema, en el sentido de que no cambian el signo del rechazo, y que además una buena parte de ellas lo que hacen en realidad es cuestionar la propia lógica y necesidad de los partidos políticos: primarias abiertas, abundancia de consultas y referéndums, es decir, de formas de democracia querida como directa, y que tan fácil son de manipular cuando no están enraizadas en comunidades sólidas como en el caso suizo.  Y esta última conclusión nos conduce a un enfoque distinto.

¿Y si debemos ampliar la perspectiva para conocer la causa de la crisis de los partidos?

Los partidos no son un fin en sí mismos. Su tarea esta relacionada con el pluralismo de la sociedad, y su misión es construir y encauzar a partir de la diversidad de puntos de vista un número más reducido de opiniones, y también más maduras que permita trabajar con ellas. Pero para que esto sea así se requieren diversas condiciones. La primera que aquella tarea efectivamente se realice. En realidad, los partidos, y esta es una influencia surgida desde la izquierda, no se ven como recolectores y manufactureros de la opinión de los ciudadanos, sino como sembradores. Las campañas electorales -en realidad, todo el tiempo se está en campaña- persiguen este fin: el formateado de las mentes. De ahí la importancia del poder y también de ese volcarse sobre las redes sociales, del esfuerzo para construir públicos cautivos que vivan sumergidos en un solo punto de vista. El resultado es la fractura social. El “partido” parte a la sociedad.

Pero debemos ampliar más el foco. Aquella desintegración y homogeneización subsiguiente es factible porque cada vez hay más ciudadanos que son individuos aislados sin comunidad de referencia donde compartir un sistema de virtudes y valores. Es la sociedad atomizada que permite someterla a oleadas sucesivas de formateado de mentes. Es el resultado de la sociedad desvinculada.

Este modelo democrático de democracia liberal ha dado grandes resultados en términos de libertad y bienestar. Pero también es cierto que eso ha sido así porque la mayor parte de su reciente vida ha funcionado bajo un sistema de valores y virtudes que les venían prestados del periodo anterior y que, básicamente, eran de naturaleza cristiana. La sociedad tenía a su disposición unos acuerdos fundamentales pre políticos que facilitaban -mejor o peor- el acuerdo. Pero, por caminos y métodos distintos, el comunismo y el fascismo, primero, construyendo la dialéctica “amigo-enemigo” que destruye la democracia, y la propia cultura liberal, después, han liquidado estos acuerdos, y han criticado el valor de la comunidad ensalzando al individuo como único rey. Cada individuo aislado mantenía un contrato con el leviatán del estado. Pero eso se ha revelado una ficción, en buena medida por la desproporción de fuerzas entre los unos y “El Otro”, el estado. Y a la comunidad la ha suplantado por los grupos de presión, los lobbies económicos e ideológicos, y la opinión ciudadana resulta sustituida por la publicada, y en la última fase por la editada en televisión y en las redes.

La crisis de los partidos, como en las restantes crisis, no son hechos aislados que se manifiestan debido a causas diversas. En realidad se trata de una sola crisis, la de la desvinculación y hasta que muchos no seamos capaces de formular conjuntamente el relato que lo describa y que desenmascare tantas causas que pasan como soluciones, contribuyendo así a aumentar el daño, solo conseguiremos seguir cayendo por la pendiente.

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