Cristianismo y sociedad del deseo

deseo

La nuestra es la sociedad del deseo. Es tan así que este se ha convertido en sinónimo de bien. Ante una circunstancia, la que sea, la pregunta consciente o irreflexiva de donde está, cuál es el bien, se traduce en un “aquello que me gusta”, prefiero deseo. Es la característica específica de la cultura de la desvinculación, en la que el deber desaparece porque es lo opuesto al deseo y a lo auténtico, mientras que el amor queda reducido a concupiscencia; es decir, amor de posesión, opuesto a la caritas cristiana: la donación como base del amor.

Todo ello hace que, desde el punto de vista cristiano, nuestra sociedad presente una división profunda porque es evidente que hay una clara incompatibilidad entre ambas formas de actuar y pensar. Es una constante del Nuevo Testamento afirmar que el deseo y pasión por las cosas terrenales son contrarias a la vida cristiana.

Y este conflicto nos conduce a la virtud, entendida como práctica buena, que en el cristianismo es impulsada por la gracia de Dios, y es precisamente, ella, la virtud, la gran desaparecida del ámbito católico. Sustituida la mayoría de las veces, en el ámbito educativo y pastoral, por algo tan impreciso como “educar en valores”, que se queda en algo inconexo y subjetivo (¿qué valores?, ¿cuál es su sistema de jerarquía y dependencia?) Y no es que no sean importantes, claro que lo son, tanto que un ámbito de conocimiento trata de ellos, la Axiología, pero es obvio que no es ese el nivel en el que se aborda la cuestión. Y, sobre todo, el discurso sobre valores sirve de poco porque el horizonte de sentido y el deber que definen, son inalcanzables sin la virtud, que constituye su práctica

La Segunda Carta de Pedro resulta bien ilustrativa de la importancia de las virtudes para la superación de las pasiones terrenales, y apunta un enfoque que tampoco ocupa un lugar central en la pastoral y evangelización actual a pesar de su importancia: la fuerza que otorga la fe en la otra vida y la piedad son lo que nos permite superar nuestra propensión para vivir bajo el dominio de la pasión y el deseo.

El catolicismo debe apartarse de su propensión a transformar en concepciones seculares sus conceptos trascendentes. Esto es necesario en la vida pública en una sociedad moral, para traducirlas en categorías para todos, pero resulta un error extremo cuando se utiliza para la evangelización y la educación católica, la vida de la fe, en definitiva.

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