Cristianos en Irak: aún queda mucho por hacer

Afortunadamente, aquellas noticias terribles sobre las barbaridades cometidas por el ISIS que tuvimos que soportar no hace tanto, han desaparecido desde que el ISIS fue derrotado y su capacidad para infligir daño, si no ha desaparecido del todo, al menos sí ha quedado muy reducida. Y sin embargo la situación en la que viven los cristianos en el norte de Irak está muy lejos de haberse normalizado.

En uno de esos regalos que te hace la Providencia (valiéndose de un buen amigo) acabo de tener la oportunidad de charlar tranquilamente con un sacerdote caldeo, el Padre Salar, párroco de uno de los pueblos que cayeron en manos del Estado Islámico en la llanura de Nínive y que ahora, tras ser liberado y haber visto cómo los cristianos regresaban a su hogar, ha podido reconstruir su bella iglesia, la iglesia de San Jorge en Telleskuf, con el apoyo de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Por cierto, este sacerdote me confirmaba que si en el norte de Irak todavía hay cristianos es gracias a la ayuda de la Iglesia… a través de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Justo es reconocerlo, darlo a conocer y animar a todos aquellos que quieran ofrecer nuestra pobre ayuda a nuestros hermanos iraquíes a que lo hagan a través de esta ejemplar institución.

Me explicaba también este sacerdote que los cristianos caldeos, si bien pueden regresar a sus casas, lo tienen muy difícil para subsistir. Porque una cosa es reconstruir un edificio y otra hacer posible que una familia pueda subsistir. Lo cierto es que no hay trabajo y tras la emoción del regreso hay muchos, incluso algunos que se quedaron durante el periodo de dominación del ISIS, que están abandonando la región en búsqueda de un trabajo que permita vivir a sus familias. De hecho, de los poco más de medio millón de miembros de la Iglesia caldea, ya más de la mitad vive fuera de Irak. Cuando me explicaba estas cosas, no podía dejar de pensar que cuando nos llegaban imágenes de devastación y asesinatos, estábamos muy pendientes de lo que les ocurría a los cristianos perseguidos en aquella región: los teníamos presentes, rezábamos por ellos, dábamos dinero para mejorar su suerte. Ahora, en cambio, cuando ya no ocupan, gracias a Dios, las portadas, podemos olvidarnos. No deberíamos.

El Padre Salar no tiene grandes esperanzas sobre el futuro de su país ni sobre la relación con los musulmanes; sunitas, chiitas, o incluso kurdos: al final sólo es posible pactar una tregua, como la historia ya multisecular les ha enseñado trágicamente a los cristianos caldeos. Sabedores de que si pueden, los musulmanes los persiguen inmisericordemente, no se hacen ilusiones y sólo aspiran a un precario equilibrio en el que poder vivir. Y para ello, me insiste, es clave el apoyo de Occidente, de Europa y de Estados Unidos. Tomemos nota para presionar a nuestros gobernantes en este sentido.

Me impresionó también el sentido realista de este buen sacerdote. Muy lejos de tantos charlatanes que tienen solución para casi todo, confesaba no tener solución para casi nada. Humana se entiende. La guerra en Siria durará por mucho tiempo. La situación en Israel no se arreglará quizás nunca. Y lo mismo puede decirse del conflicto kurdo, o del enfrentamiento entre sunitas y chiitas. No hay solución humana. Mejor no hacernos ilusiones y trabajar para favorecer no ya soluciones, que nunca llegan, sino pequeñas mejoras que, aunque dejen intacto el problema de fondo, mejoran (o simplemente hacen posible) que los cristianos sobrevivan. Y mientras tanto, alimentar nuestra esperanza en Dios, el único que realmente puede resolver tantos y tan tremendos problemas.

Pero más impresionante aún es la profunda fe de esta gente. Del Padre Salar y de los cristianos de la llanura de Nínive. Con orgullo y alegría nos mostraba las fotos, en su móvil, de la recién reconstruida iglesia de San Jorge, abarrotada de fieles, de toda edad y condición, como no se recordaba desde hacía muchos, muchos años. Y es que en momentos como los que han vivido, uno se da cuenta por fuerza de lo que es realmente importante en la vida y de que lo más vital que podemos tener, la fuerza que nadie nos puede arrebatar, es nuestra relación con Dios, un Dios que nos ama, sufre con nosotros y nos protege. Sí, han leído bien: nos protege. En los tres años que los caldeos han vivido como refugiados, me insistía con convencimiento, “siempre hemos notado cómo la Divina Providencia nos cuidaba amorosamente e incluso en los momentos más desesperados, nunca nos ha abandonado”. Es imposible no sentir una cierta envidia (me imagino que a eso se referirán cuando dicen aquello de la “sana envidia”) ante esta fe, probada y fortalecida.

Una fe, por cierto, que se manifiesta también en el perdón. Parece increíble que estas personas puedan perdonar a quienes han asesinado a sus familias y les han hecho perder todo lo que tenían. Y no obstante así es. Unas veces a vecinos, prestos a denunciarles y a arrebatarles sus hogares; otras incluso a miembros del ISIS que, en medio del caos de la guerra, viendo la derrota del Estado Islámico, se afeitaron la barba y han vuelto a sus casas como si no hubiera sucedido nada.

Estos nuestros hermanos han sufrido mucho, pero han salido fortalecidos en su fe y con una esperanza viva que impresiona. No podemos olvidarles, decía antes. Por ellos, porque se lo merecen, pero también por nosotros, pues su ejemplo es un regalo para nuestros fríos tiempos que devuelve el calor a nuestros corazones.

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