Cuatro religiosas mártires con su madre de 83 años en Valencia

Un 12 de enero nació una de las cuatro religiosas mártires a las que asesinaron con su anciana madre, y otros seis beatos

Capilla con reliquias de mártires en Algemesí (Valencia). Capilla con reliquias de mártires en Algemesí (Valencia).

Siete son los mártires de la Revolución Española ya beatificados que nacieron un 12 de enero: un sacerdote mercedario turolense -Manuel Sancho, con cuyo asesinato y el del comendador del Olivar, el 7 de agosto de 1936, termina la peripecia de unos monjes que pretendieron andar 150 kilómetros hacia Zaragoza (ambos fueron beatificados en 2013)-, un lasaliano leonés martirizado en Valdepeñas (Ciudad Real) y otro gerundense asesinado en Tarragona, un dominico alavés al que mataron en Madrid, una capuchina clarisa mártir en Valencia con sus tres hermanas religiosas y su madre de 83 años, y dos agustinos -uno burgalés y otro leonés- asesinados en Paracuellos.

Jamás pasó por nuestra mente que se pudiera blasfemar de aquella forma
El mercedario Manuel Sancho Aguilar, de 62 años y natural de Alacón (Teruel), que fue con fray Vicente Alarcón quien identificó los cadáveres de los frailes Trallero y Codina -asesinados el 5 de agosto de 1936 no lejos de su convento de El Olivar- y se encargó de comunicar la noticia a los demás frailes que trataban de cubrir campo a través los 150 kilómetros que les separaban de Zaragoza, además de confesarlos y prepararlos para el martirio. Luego, acompañados por el comendador, padre Francisco Gargallo Gascón, se dirigieron a los Mases de Crivillén, donde en casa de María Sancho cenaron algo caliente. Regresaron al pinar donde se ocultaban, el padre Gargallo dio a besar su crucifijo a los de la casa, que les dieron pan y chocolate y los jóvenes Francisco Gracia Gil y Juan Gracia Bielsa los guiaron hasta cerca de la Codoñera. El día 6 por la mañana aparecieron en la masía del guarda de la Codoñera. Dejando a los muchachos en un barranco, se acercaron los padres encontrando a Servandos Miedes, Florentina Muñoz y su familia, que se aprestaron a darles una buena comida entre los pinos. José Rubio, hijo político y guarda, los acompañó hasta cerca de Alcaine; el padre Gargallo le entregó varios documentos y cien pesetas, que él rehusó categóricamente. Cruzaron el río Martín, entre Alcaine y el pantano de Oliete, pasando por el Hocino al caer de la tarde. Allí preguntaron a Tesifonte Chopo por el camino de Muniesa, y no le hicieron caso cuando los quiso disuadir de ir allá. Los vio Arturo Ibáñez, médico de Alcaine, bebiendo con un vasito en una pequeña fuente, bien vestidos los padres y en mangas de camisa con un jersey de lana bajo el brazo los muchachos, los notó muy cansados y sudorosos, principalmente a los padres, pero serenos e impávidos; no se presentaron, mas intuyó quiénes eran; tampoco consiguió retraerlos de seguir a Muniesa.

Continuaron y no habrían andado cuatro kilómetros, cuando se tropezaron con una masía en La Dehesa y a ella se dirigieron pidiendo agua; los dueños, Mariano Tomeo y su mujer, les ofrecieron agua, vino, cena, lo que quisieran; agradecidos al ofrecimiento, sólo aceptaron el agua; cenando un pan para todos y chocolate, con ración doble para los jóvenes; Mariano les advirtió del riesgo de ir a Muniesa y les insistió que se quedaran con ellos; dándoles las gracias, los religiosos se pusieron en camino deseosos de llegar aquella misma noche a Muniesa. La senda era tortuosa, y en las inmediaciones del Río Seco se perdieron. Decidieron pasar la noche en el bosque.

El día 7 por la mañana reemprendieron la marcha, siempre convencidos de que en Muniesa no estaban los revolucionarios y de que podrían celebrar misa y comulgar por ser primer viernes. Recorrieron seis kilómetros y a las ocho de la mañana estaban en el Plano de Alacón. Sonó el ¡Alto! y les cayeron encima los milicianos, que los registraron a fondo. El padre Gargallo estaba feliz creyendo hallarse entre amigos y el padre Sancho ofreció sus servicios sacerdotales, manifestándose padres del convento de El Olivar. La respuesta fueron denuestos, blasfemias, palabras soeces.

El padre Gargallo, según relató el postulante Jesús Turmo, con una entereza y una serenidad extraordinarias, dijo: “de nosotros dos haced lo que queráis, pero de los chicos respondo como si fuese su padre, ellos nada tienen que ver con la Orden”, pues las conversaciones hacía presumir que los iban a matar a todos. Los padres abrazaron a los niños para protegerlos. Un capitán apellidado Ferrer prometió salvarlos. Encerraron a los padres en la parte trasera de un autobús próximo que ostentaba el rótulo Tarragona-Reus, y empezaron los interrogatorios entre expresiones soeces: “parecían demonios sueltos, jamás pasó por nuestra mente que se pudiera blasfemar de aquella forma”, declaró Turmo. Aprovechando una pausa los padres se confesaron mutuamente, y a alguno de los postulantes. El padre Gargallo exhortó a todos al martirio e impartió la bendición apostólica; “los padres no cesaban de dar gracias a Dios por el inminente martirio”, según Turmo.

Sobre el mediodía un jefe de milicias llegó preguntando “¿dónde están esos pájaros que decís haber cazado?” y llamó a los cuatro más pequeños -entre ellos fray Vicente Alarcón-, que no se movieron hasta que los padres les dijeron que obedecieran. Los padres abrazaron a cada uno diciendo: “Adiós, hijos, hasta el cielo; se iban diciendo adiós con las manos, mientras los padres los bendecían, siendo llevados al comité de Oliete. Quedaban en el autobús los padres, el donado José María Blasco, y el postulante José María Romero, que trasmitió el relato.

Un jefecillo, entre blasfemias, les dijo que pronto los iban a fusilar. Los milicianos que pasaban en camiones también se sumaban a los insultos y daban ideas de cómo llevar a cabo la ejecución, incluso hubo intentos de linchamiento. “Algo que sobrecogía el ánimo más esforzado, no me explico cómo no morimos de espanto, era el tener que soportar todo aquello”, afirmará luego José María Romero. “Eran tan insufribles las andanadas blasfemas que los religiosos pedían al Señor que los mataran cuanto antes. Fuera de los momentos de oír blasfemar, los cuatro permanecían serenos. Uno de los milicianos les ofreció comida y agua, pero ninguno aceptó nada. Les permitieron escribir a los familiares; el padre Gargallo lo hizo a su sobrino el padre Manuel Gargallo, el padre Sancho a la madre del padre Ángel Millán, pero ambas cartas fueron rotas poco después”.

A eso de las cuatro de la tarde llegaron varios coches con milicianos, que se disputaban el formar el piquete de ejecución. El jefe señaló quiénes lo formarían, y los hizo avanzar hacia un montón de cadáveres de fusilados antes, según los recuerdos de José María Romero. “El padre Gargallo, con una serenidad y unción extraordinaria, nos dio otra vez la bendición apostólica. Creo que no veré jamás acto litúrgico más hermoso y emocionante, exhortando a mantenerse serenos pues Dios con su Santísima Madre les estaba esperando con los brazos abiertos, y comenzamos fuerte el tedeum, hasta quedar ante el pelotón, los dos padres y yo en medio”. A medio tedeum los milicianos ordenaron a José María retirarse: “como no debí oírlo, los padres me dieron un empujón, sacándome del alcance de los fusiles. Oí cómo los padres perdonaban a sus carniceros. Sonó la descarga, les tiraron primero a las piernas para atormentarlos más. Gritaron: ¡viva Cristo rey!

El padre Manuel Sancho Aguilar, de 62 años, vistió el hábito en El Olivar en 1887, emitiendo sus votos solemnes en 1893. Sacerdote desde 1897, y entre otros muchos sitios pasó un año en Bélgica (1927 a 1928), donde los mercedarios planeaban una fundación. El 1 de agosto de 1936 se fue a Crivillén con los postulantes, a los que daba ejercicios espirituales. Regresaron al convento al atardecer del día 3 muy confortados y dispuestos al martirio. Cuando El médico de Estercuel, Ramón Buñuel, les aconsejó evacuar el convento, por respuesta, el padre Sancho le dio un abrazo diciéndole con gran serenidad: “Adiós, hijo mío, hasta el cielo, que en este mundo no volveremos a encontrarnos”.

El resto de mártires nacidos un 12 de enero son: Antolín (Dámaso Luis) Martínez Martínez, hermano de las Escuelas Cristianas de 21 años, natural de Armellada de Órbigo (Quiñones del Río, León), fue asesinado el 19 de agosto en Valdepeñas, y beatificado en 2007.

Modest (Anselmo Fèlix) Godó Buscató, también lasaliano, de 57 años y natural de La Selva de Mar (Girona), fue asesinado el 28 de agosto en La Canonja (Tarragona) y beatificado en 2013.

Leoncio Arce Urrutia, sacerdote dominico del convento del Rosario de Madrid, natural de Villarreal de Álava y de 37 años, murió en la madrileña cárcel de Porlier el 9 de octubre de 1936 y fue beatificado en 2007.

Donde van mis hijas voy yo
La religiosa capuchina de la Orden de Santa Clara, del monasterio de Agullent (Valencia) María Vicenta (María Jesús) Masiá Ferragud, de 54 años y natural de la localidad valenciana de Algemesí, fue asesinada en la Cruz Cubierta de Alzira (Valencia) el 25 de octubre de 1936, con sus tres hermanas religiosas y su anciana madre. las hermanas se llamaban María Felicidad (también del monasterio de Agullent, tenía 46 años), María Josefa Ramona (madre Josefa de la Purificación, agustina descalza del monasterio de Benigánim, de 49 años), y María Joaquina (María Verónica, capuchina y de 52 años). Su madre María Teresa Ferragud Roig tenía 83 años.

Las cuatro monjas estaban en la casa materna, donde según Jorge López Teulón la última en llegar fue la agustina. El 19 de octubre a las 16 horas, cuatro milicianos llegaron para arrestarlas. Su madre no quiso separarse de ellas, y todas fueron encerradas en el convento cisterciense de Fons Salutis. Los carceleros intentaron apartarlas de su consagración, pero ellas rechazaron sus propuestas. A las 10 de la noche del día 25, fiesta de Cristo Rey, las cargaron en un camión y a la entrada de Alzira, en la Cruz Cubierta, las fusilaron una tras otra. Los milicianos habían pensado comenzar con la madre, pero ella pidió ser la última: “Quiero saber qué hacéis con mis hijas. Si las vais a fusilar, matadlas primero a ellas y después a mí. Así moriré tranquila”. Después las animó a ellas: “Hijas mías, sed fieles a vuestro esposo y no consintáis en los halagos de los hombres. Hijas mías, no temáis, esto es un momento y el Cielo es para siempre”. Cuando le llegó su turno, los milicianos la increparon: “Oye vieja, ¿tú no tienes miedo a la muerte?”. Ella contestó: “Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas voy yo”. Las cinco fueron beatificadas en 2001.

Benito Alcalde González, sacerdote agustino de 53 años natural de Villayerno (Burgos), fue asesinado en Paracuellos de Jarama el 28 de noviembre de 1936 y beatificado en 2007.

Su tocayo Benito Garnelo Álvarez, también sacerdote agustino, natural de Carracedo de Monasterio (León) y de 60 años, fue martirizado en Paracuellos el 30 de noviembre de 1936 y beatificado también en 2007.

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