De esos polvos, estos lodos (I)

Su vida no es nada ejemplar, y en todo encuentra una justificación fácil para seguir arrastrándose sin el menor esfuerzo.

Tiene casi sesenta años y lo conocí de pasada, por uno de esos infortunios que trae la vida de vez en cuando. Hasta que tuve suficiente, se me quejó de que yo soy “alto, delgado y bien plantado” y él “bajo, rechoncho y con barriga”. Y lo atribuye, ya así, de entrada, a que yo he bebido casi toda mi vida un litro de leche al día, y a él, cuando era pequeño, le daban leche en polvo, porque no tenían dinero. Queda bien, y no parece del todo tonta la deducción, aunque hay tantísimos casos de lo contrario, hasta de africanos desnutridos altos como fideos. Así que miro qué esconde detrás ese derrubio primario a que le impulsa la autodefensa. Y allí, poco a poco, descubro el engaño que esconde. Su vida no es nada ejemplar, y en todo encuentra una justificación fácil para seguir arrastrándose sin el menor esfuerzo. No toca un libro ni por el forro más que cuando algún año le pasan algún panfleto breve y primario sobre mala política o religión digerible a su manera. Ahí y en la radio basa toda su cultura y también su formación religiosa, aunque dice que no estudió porque tenía que trabajar, y va a misa por cumplir. ¿Por qué no se informa? ¿Por qué no lee? ¿Por qué no anda? Pasándose las tardes como se pasa tumbado, sólo puede oír la radio; oír, no escuchar, porque cuando le preguntas de qué hablan en ese programa que suena tan fuerte, no lo sabe. Eso sí, atribuye toda la culpa a la sociedad y el sistema. Lo peor no es eso. Siendo él bedel, a su hija no le niega nada, y el ejemplo que le da es lo que más la arrastra a arrastrase también ella con la gata que compraron. Se llena de fritos. Quiere todo lo que tienen los demás, y el padre se lo da, aunque ella sigue sin valorar nada, ni físico ni espiritual, aparte del sexo, como no. Ahí encuentra su anestesia, y cuando coja el sida, dirá que la han contagiado los desaprensivos. Se ducha varias veces al día, pero apesta, como el padre, que no se ducha porque se aburre. La nena no estudiaba y dejó los estudios “porque no sirve para estudiar”, y, como “tenía que hacer algo”, se metió en formación profesional de peluquería, pues algo por lo que sí se siente atraída es el show y la imagen, que, dicho sea de paso, es lo que ve en televisión y vive (para desvivirse) en las redes sociales. Como todos, ¿no? A ver si por ahí la piba encontrará su camino, cuando se decida a cumplir el horario. Por eso y con el carácter que tiene, que es el retrato del padre en adolescente, no es nada difícil de pronosticar lo que le espera. Y es baja y rechoncha, lo has adivinado. Así que dime, y te diré. ¿Qué dirá ella?

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