¿Qué deben hacer los matrimonios jóvenes para acercar a sus hijos a Dios? (y II)

  1. Esto no es un capricho de Dios sino que obedece a una razón profunda, que es la siguiente: Dios, que nos ha creado a todos como personas, seres únicos, tiene un camino personal y único para cada uno de nosotros y sabe muy bien cuál es y cómo nos tiene que conducir hacia él; en cambio, los hombres no siempre sabemos cuál es ese camino ni ese designio de Dios. Más aún, muchas veces interferimos en la acción de Dios, haciendo planes para los hijos que más se deben a nuestras expectativas que a lo que Dios tiene dispuesto. Él sabe lo que quiere para cada persona y los padres humanos no siempre lo tienen claro; en muchas ocasiones lo que hacen es lo contrario, buscar brillo social o presuntos éxitos que no concuerdan para nada con lo que Dios había dispuesto para este hijo concreto. Esto se demuestra en numerosos casos en los que Dios concede a un hijo una vocación religiosa, especialmente si es una hija, y cómo muchos padres que se dicen cristianos (y en verdad lo son, pero esto no lo han entendido bien) cuando llega el momento de la renuncia a los propios planes, tantas veces se oponen con inexplicable obstinación.
  2. La acción de los padres, por tanto, está en facilitar que cada hijo pueda descubrir cuál es la llamada de Dios para cada uno. Cuando le decía que los padres cristianos no tienen descanso en la educación de sus hijos, me refería a esto. Su misión está en establecer un ambiente de familia en el que los hijos puedan escuchar la llamada personal que Dios hace a cada uno de ellos. Y esto exige mucha dedicación y mucho trabajo. Lo diré con un ejemplo referido al mundo de la construcción. Su misión no es tanto construir, cuanto preparar el terreno donde otro construirá, tenerlo desbrozado y limpio. Y también hay otra tarea que se les encomienda a los padres: poner los cimientos donde se alzará la construcción de la persona. El terreno es la persona del hijo, los cimientos, la formación humana básica, que por básica es fundamental: conocimientos, normas, actitudes y hábitos.
  3. Ahora ya se pueden señalar alguna de las cosas que pueden hacer los padres.

6.1 Lo primero es vivir intensamente la gracia sacramental de su matrimonio. Este es el fundamento de la familia. La gracia que Dios da a través del sacramento del matrimonio está activa siempre, no se acaba el día de la boda. Esa gracia hay que mantenerla y desarrollarla con los medios espirituales habituales: sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, vida de oración y práctica de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia.

6.2 Generosidad en la apertura a la vida. Un medio extraordinario de que un niño pueda acercarse a Dios con facilidad es rodeándole de los hermanos que Dios quiere darle a través de sus padres. El hermano facilita la fe tanto o más que los padres. Para un desarrollo personal óptimo, la persona necesita un mundo de relaciones óptimas. Eso lo procura, en primer lugar, la casa. Una casa en la que además del padre y la madre, haya un buen grupo de hermanos y si se puede, unos abuelos. En segundo lugar también son muy importantes el colegio y los demás grupos de referencia de la familia, sobre los que también le diré algo en un punto posterior.

6.3 El padre debe actuar como padre, siendo un reflejo de la paternidad de Dios y la madre como madre, siendo un reflejo de la maternidad de la Iglesia. En la práctica esto se traduce en una dedicación constante, creando un ambiente hogareño presidido por el amor; un amor que tenga estas tres notas: intenso, tierno y exigente, porque así es el amor de Dios. En la nota exigente entra todo el tema de la autoridad que es muy importante aunque ahora no se pueda desarrollar.

6.4 En ese ambiente deben cultivarse las prácticas de piedad de manera ordinaria: acudir a la Iglesia, escucha de la Palabra y oración en común. Son importantes las imágenes religiosas, como elementos habituales en el hogar. Especial atención merece la Palabra de Dios, con la cual hay que tener verdadera familiaridad. La Santa Biblia no puede ser un elemento extraño ni decorativo, pero tampoco un libro más. Debe tener reservado en la casa un lugar privilegiado y acostumbrar a los niños a usarla con frecuencia y a tratarla con respeto y reverencia.

6.5 En una casa cristiana debe haber auténtica solicitud por los pobres y los niños deben acostumbrarse a ver el trato amoroso de sus padres hacia ellos. La pobreza no es una calamidad, sino un don de Dios que Cristo hizo suyo en su estilo de vida y que regala a todo aquel a quien llama a la vida religiosa mediante el voto de pobreza. Los pobres no son enemigos de quienes defenderse, sino presencia de Jesucristo que se ha identificado con ellos hasta el punto que se explica en el capítulo 25 del evangelio de San Mateo. Quien no tiene trato con los pobres tiene un gran déficit en su vida de fe porque si no se les trata no se les puede amar. A medida que los hijos vayan creciendo deben participar en obras de ayuda a los demás.

6.6 Puesto que el hogar es la primera escuela de la fe (y la más importante), es muy importante saber qué es lo primero que hay que enseñar, para empezar por donde se debe, que es por el principio. Pues bien, “el principio de la sabiduría es el temor del Señor” (Prov 1, 7). El temor de Dios no es miedo a Dios sino un don del Espíritu Santo que consiste en tener grabado en el alma el miedo a ofender a nuestro Padre Dios. Este punto es fundamental para el niño cristiano: saber que debe huir de ofender a Dios. Después, cuando vaya creciendo, irá descubriendo que el amor supera al temor (aunque no lo anula nunca, por más santo que uno sea), pero es imposible llegar al amor de Dios sin pasar por el temor, como es imposible llegar a la Universidad sin los conocimientos de la escuela primaria.

6.7 En casa debe haber un ambiente de optimismo y alegría y la clave para ello está en los padres. Sin buen humor el evangelio ni prende ni crece.

6.8 Uno de los peores enemigos que hay que combatir es la pereza. El tiempo no es una cosa ajena a la persona, como si fuera un ente abstracto y escurridizo que nos envuelve igual que nos envuelve el aire y al cual no podemos atrapar; el tiempo no es eso, el tiempo es la vida misma. Perder el tiempo es perder parte de la vida. Por eso debe haber muchos momentos para pasarlo bien, de recreo, pero ninguno de aburrimiento. Las actividades lúdicas no son un extra a la vida ordinaria, sino una necesidad y una gran oportunidad para el crecimiento personal.

6.9 La familia no puede estar cerrada en sí misma. Si lo hace se asfixia. Nuestra fe es eclesial. Una de las mejores ayudas que pueden proporcionar los padres es estar ligados en su parroquia o movimiento apostólico a un grupo de matrimonios y familias cristianas. Esto, que ha sido siempre así, en la actualidad es absolutamente indispensable; sin el apoyo de los demás la fe se pudre. Nuestra fe es comunitaria y no se puede vivir de manera individualista, sino en estrecha relación con los hermanos. Para un matrimonio cristiano que no tenga a mano un grupo de matrimonio amigo mi consejo es que lo forme él. Si “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18), tampoco es bueno que lo esté la familia.

6.10 La Virgen María debe ser protagonista de fondo en todo lo que la familia se mueve y hace. Las referencias a ella deben ser constantes. Con ella hay que tener una familiaridad parecida a la que le recomendaba respecto de la Palabra de Dios.

  1. Disposición de hijos hacia Dios por parte de los padres. Reitero en este punto -aunque no para repetirme- algo a lo que ya me he referido antes y que me parece especialmente importante. Los padres son padres de sus hijos, pero no dejan de ser hijos de sus padres (los abuelos) y a la vez hijos de Dios, es decir, no dejan de vivir como hijos. También los padres son hijos llevados por Dios hacia él a través de su paternidad humana. Dicho de otra manera: Dios está hablando a los padres constantemente a través de sus hijos. Como es sabido, la venida de Jesucristo al mundo estuvo precedida por la labor profética de Juan el Bautista, del cual se había profetizado que “convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y de los hijos hacia los padres”(Mal 3, 24), lo cual significa que no podremos recibir al Señor, unos y otros, si no convertimos nuestros corazones de padres y de hijos mutuemente.

Aunque de manera muy resumida, espero haber respondido a su pregunta.

Reciba mis saludos.

Y recíbelos tú también, lector de ForumLibertas.

Con todo mi afecto y con mis mejores deseos,

Estanislao Martín Rincón

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