Deberíamos hacer un esfuerzo

La noticia está en la portada de todos los periódicos. Se ha producido una recaída en el mal estado de la economía y nueve…

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La noticia está en la portada de todos los periódicos. Se ha producido una recaída en el mal estado de la economía y nueve países de la Unión Europea entrarán en recesión a lo largo de este año. España es uno de ellos y las previsiones son francamente malas. El PIB disminuirá previsiblemente más de un 1%, mientras que en el año punta de la gran crisis, el 2009, descendió un 3,7%, y en el 2010 un 0,1%. Este sería por lo tanto el segundo peor año desde que empezó esta tragedia, y significa que va a continuar generándose desocupación, con toda seguridad a un ritmo más lento que el actual, pero, evidentemente, dada la situación de tantos desempleados, esto no es ni mucho menos un consuelo sino todo lo contrario.

Ante estos hechos, que son fruto por una parte de una situación heredada y por otra de una circunstancia europea, es necesario y urgente empezar y completar una reflexión. La de pensar cómo podemos salir juntos y en las mejores condiciones de este mal estado de cosas. Los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones empresariales deben ser capaces de construir un diálogo que les lleve a buen fin. Es necesario porque, sin alcanzar un acuerdo que permita remar en la misma dirección, la salida es improbable. En otros términos, si cada fracción de la sociedad opina que es una lucha por el poder, por su punto de vista, sus privilegios, y es incapaz de reconocer las razones del otro y los errores propios, España tardará años, por no decir alguna década, en mejorar su situación; y esto es algo que no puede permitirse.

El empuje ciudadano ahora debería centrarse en la capacidad de construir estas condiciones para el diálogo, que hoy no existen. Naturalmente, para que puedan producirse, hace falta cesar en los reproches mutuos, declarar una paz y tregua que permita empezar de nuevo. Esta es una medida inicial y elemental. No es imposible, y una gran parte de la responsabilidad radica, no en los protagonistas, sino en la sociedad civil y las entidades que la representan, y en si son capaces o no de crear la presión para este diálogo y este acuerdo sobre puntos fundamentales. Porque en el fondo el diagnóstico está bastante claro.

El Estado ha de reducir sus gastos pero al mismo tiempo es necesario desarrollar políticas de crecimiento, puesto que de lo contrario no se saldrá del agujero. Se debe facilitar para ello el mundo de la empresa, de una manera que no signifique convertir a los trabajadores en simples observadores de su propia vida. España tiene una buena experiencia en este sentido que en los últimos años y de la mano del zapaterismo fue maltratada. Se trata de la Transición y de los Pactos de la Moncloa. No es cuestión de repetir lo mismo, pero es un ejemplo y un estímulo. Y, si se quiere retroceder más lejos, y a cuestiones intelectualmente mucho más complicadas, es forzoso recordar como Santo Tomás de Aquino fue capaz de superar el gran conflicto, la gran escisión, que amenazaba a la cristiandad occidental en el siglo XI, al chocar la teología hegemónica de corte agustiniano con la nueva presencia de la filosofía aristotélica.

Cuando se trata de abstracciones, el acuerdo a veces se vuelve más difícil porque el dogma impera, ya que el papel lo aguanta casi todo. En nuestro caso, somos más afortunados porque hablamos de hombres, de mujeres, de problemas, de necesidades. Por eso este acuerdo ha de ser posible. Es una cuestión de supervivencia.

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