¡Decídete! ¡Hazlo ya!

Abramos los ojos, pues, a la evidencia, y corrijamos, ¡ahora o nunca!, cuanto falla en nuestro ser y nuestro vivir, que en ocasiones pende de “esa” sola obra pendiente

“Mañana empezaré”, “mañana lo haré”… Así es como vamos perdiendo el tiempo a menudo, pensando, por lo que sea, que en ese inminente momento por llegar que soñamos cumpliremos con nuestra obligación. Pero el tiempo por venir nos trae cada vez más enredos y, esperando, esperando (“nuestro momento”), se nos va la vida por entre las rendijas de nuestra existencia. No es de extrañar. Siempre hay algo que debemos y podemos hacer, sí, y siempre lo habrá, ley de vida. Es el motivo por el cual se hace tan común ese aplazamiento. Y, como es lógico, cada vez se van acumulando más y más los trabajos pendientes, con lo cual nuestro día a día se va complicando poco a poco, circunstancia que a su vez aumenta por grados de a cuatro nuestra ansiedad. ¿Acaba estallando? Nuestros nervios van saliendo a flor de piel, es cierto, y de ahí cualquier desenlace fatal es más que probable con un in crescendo, y además con el consiguiente deterioro de nuestro humor y el de quienes nos rodean, cuanto más cercanos, más, llegando incluso a comportar un romper relaciones. Debemos reconocer, sin embargo, que la mayor parte de esos “momentos muertos” no son de gran importancia, pero los hay, y sobre todo “ese” que esperamos, que pueden comportar consecuencias radicales que cambien nuestra vida del blanco al negro o del negro al blanco. Son esos “acontecimientos estrella” por ejecutar aquellos en los que sí deberíamos centrar nuestra atención e intentar traerlos a nuestra vida poniendo por obra toda nuestra buena voluntad. Sin pensar más ya en si funcionará o no, si ganaré o perderé. Una vez tomada la decisión (tras una deliberación, naturalmente, mayor y más profunda e interdisciplinar cuanto mayor sea el riesgo de fallo o la delicadeza del objeto), sí que ya puede llegar a ser muy grave no ejecutarla. Pues hay obras de nuestras manos y dulzuras de nuestro corazón que no solo esperan las personas con las que convivimos o nos relacionamos, sino a las cuales incluso Dios mismo nos acucia a veces a gritos, con signos más o menos claros, tanto si son exteriores o mociones interiores de nuestro espíritu; y por comodonería, cobardía o hasta rebelión, no las realizamos. Son a veces omisiones que entumecen y pudren progresivamente nuestra alma, y con disimulo van impregnando todos los recovecos de nuestra vida. ¿Nos extrañamos, después, y nos quejamos de que nada funciona ya en nuestra vida? Abramos los ojos, pues, a la evidencia, y corrijamos, ¡ahora o nunca!, cuanto falla en nuestro ser y nuestro vivir, que en ocasiones pende de “esa” sola obra pendiente.

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