¿Democracia sin Religión? (y II)

En el libro que presentamos, ¿Democracia sin Religión?, la primera parte tiene como título un interrogante: “¿Estorb…

En el libro que presentamos, ¿Democracia sin Religión?, la primera parte tiene como título un interrogante: “¿Estorba el cristianismo en Occidente?” Y se ofrecen una serie de interesantes respuestas.

Pero, más adelante, en la II parte, Buttiglione plantea lo que para mí es clave de la pregunta y de la propia respuesta. Dice que la libertad -cito- “requiere de la capacidad de dirigir las propias acciones según una verdad objetiva. La verdad objetiva no puede ser impuesta coactivamente a la voluntad: por su propia naturaleza, la verdad objetiva exige ser reconocida, aceptada y amada libremente. Sin embargo, sin una verdad objetiva el hombre no puede ser libre”. Absolutamente exacto. Por esto una de las batallas centrales de nuestro tiempo vuelve a ser la libertad. La situación de los cristianos aquí y en muchos lugares de Europa no es nada más que parte de esta batalla global, porque el cristianismo, y en particular la Iglesia Católica, es el único gran sujeto histórico de razón objetiva que ha sobrevivido al proceso destructivo de este tipo de razón. Es a partir del cristianismo, no digo solo de él, pero sí fundamentalmente en él, que es posible recuperar el sentido verdadero de la libertad.

Un proceso destructivo de la razón objetiva iniciado en la Ilustración, y su voluntad lograda de substituirla por la razón instrumental, que se desarrolla con la Modernidad, y que eclosiona y se hace hegemónica en lo que sin excesiva imaginación llamamos post modernidad, la sociedad desvinculada.

En esta sociedad, el subjetivismo sin límites y el emotivismo se traducen en relativismo. Creo que MacIntyre describió de forma extraordinaria este proceso de destrucción en su libro Tras la Virtud en 1984, y que desde el plano político económico y cultural trato de sus consecuencias en mi libro La Sociedad Desvinculada, y perdonen la tentación irrefrenable de la autocita.

En esta cultura hegemónica, en la que el cristianismo es contracultura, la razón instrumental es llevada a sus últimas consecuencias transformando el bien en una simple preferencia, convirtiéndose la realización del deseo sin límites en el único hiperbien aceptado.

Todo esto ayuda a entender porque las fuerzas hegemónicas de la sociedad desvinculada se enfrentan necesariamente al cristianismo, porque él es el único marco de razón objetiva que se le opone, y por ello debe ser colonizado culturalmente, y batido en aquello que oponga resistencia. Y por esta causa creo razonadamente que el cristianismo como sujeto histórico es la única esperanza para superar la progresiva demolición de esta Europa, e inspirar un nuevo renacimiento, como tantas veces ha hecho en el pasado; la última ocasión, después de la gran devastación de la II Guerra Mundial. Un renacimiento a cuyas expensas hemos vivido los europeos extraordinariamente bien en términos mundiales a lo largo de todos estas décadas.

Pero ahora la reconstrucción necesaria, sin menospreciar lo material, la pobreza y la desigualdad que crece, la cantidad de gente de descarte a que se refiere el Papa Francisco, empezando por tantos jóvenes; sin menospreciar digo la dimensión material, es una reconstrucción moral, es decir la del significado de la vida realizada en el bien, de la justicia y la libertad, de la verdad, de la capacidad de diferenciar lo necesario de lo superfluo. Incluso del sentido de la belleza, porque esta cultura a pesar de su abundancia de objetos demuestra una dificultad congénita para crearla.

En este proceso histórico, que requiere para realizarse de un sujeto político, colectivo, que no existe, y que debería ser creado, la construcción y reconstrucción de la comunidad es vital, porque sin comunidad no puede darse la tradición, es decir la existencia de acuerdos fundamentales que trasmitimos entre generaciones, sometemos a debate con otras tradiciones competidoras, y revisamos entre nosotros mismos, sin alterar lo que son los fundamentos. Y sin una tradición concreta que trasmite la comunidad, la virtud no puede darse, porque no puede ser reconocida; y sin ella la vida moral, social y personal no existe en términos de realización humana.

Surge entonces el error como sistema en el sentido que apuntó Chesterton, una verdad que se ha vuelto loca. En este empeño de explicar la realidad, y al hacerlo dar testimonio y disponer de capacidad de respuesta, la práctica y teoría de Rocco Butiglione son jalones decisivos, y por supuesto el libro que hoy nos ocupa un servicio impagable.

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