Deslumbrado por el ser: Gerard Manley Hopkins

Gerard Manley Hopkins Gerard Manley Hopkins

A Gerard Manley Hopkins le asombran, sorprenden y admiran los seres visibles e invisibles que pululan en la creación de Dios. Hopkins tiene poemas de miseria y poemas de exaltación. Ambos manan asombro, sorpresa, admiración. Para expresar estos sentimientos, Hopkins realiza múltiples experimentos simultáneos de versificación y prosodia, junto con un sistema inaudito de aliteración y de palabras compuestas. Podría parecer que apenas alcanza a balbucear su asombro, admiración y sorpresa. Pero está cantando.

Hopkins nació anglicano. Influido por el Movimiento de Oxford, se hizo católico y fue recibido en la Iglesia por el cardenal Newman. Se hizo jesuita y escribió poemas que no publicaba, porque sentía que eran el síntoma de un desorden de su alma: la falta de disposición para observar al pie de la letra el voto de obediencia al superior, quien le mandaba a enseñar latín y griego en escuelas por todo el Reino Unido de la Gran Bretaña, Gales y Escocia. Hopkins murió en 1889. Sus poemas fueron publicados hasta 1918, gracias a un amigo suyo, el poeta laureado de Inglaterra Robert Bridges.

Algunos críticos encontraron imposible entrar en los poemas. En el mejor de los casos, estos fueron recibidos con una bienvenida cautelosa. Para 1930, la cautela se había convertido en deseos de lograr los logros de Hopkins, quien fue incorporado al canon cuando algunos de sus poemas fueron incluidos en el Faber Book of Modern Verse (edición de 1936) con otros poetas de estatura: W. H. Auden, E. E. Cummings, T. S. Eliot, Robert Graves, Ezra Pound. Hopkins alcanzó, a su pesar, lo que muchos darían ambas manos y un ojo por alcanzar.

A primera vista podría parecer que la gloria de Hopkins se debe a sus hazañas técnicas. No obstante, lo verdaderamente glorioso de sus poemas no está en la materia, sino en el espíritu. Hopkins se encuentra con Dios en los elementos, dando el ser; en las plantas, vegetando; en los animales, sintiendo; en las personas, dando el conocer y el entender. Su poesía surge de la contemplación pero no es introspectiva. Lejos de mirarse el ombligo, sus poemas se vuelcan hacia afuera. La poesía de Hopkins tiene la boca muy abierta y el corazón también.

Hopkins es poeta en el sentido originario de la palabra: mete al mundo lo que está fuera, lo que está encima. Hopkins usaba la palabra haeccitas (que tomó prestada de Escoto Erígena) para designar lo que buscaba con sus poemas: poner en acto la “estidad” de cada cosa, su ser “esto” y no “otro”, la individualidad diamantina y oceánica de cada trucha, cada vaca, cada terrón de una milpa. Hopkins es un poeta agudo, pero su agudeza no quiere decir “ironía” ni “sarcasmo”, sino poder de penetración en el misterio del ser.

Hopkins, muy sensible a la belleza física y moral que abunda en las criaturas, es también muy sensible a la fealdad del mundo moderno. En sus poemas llora el efecto del pecado, que actúa como cochambre que opaca la gracia que tienen las cosas por el solo hecho de ser. Su paleta de emociones es rica como rico es ser hombre y sentirlo: puede mezclar el negro con el azul del hombre con su amarillo y su rojo.

“Pied Beauty” (“Belleza variegata”) y “God’s Grandeur” son dos hermosos poemas breves de Hopkins. En YouTube hay recursos para ir entrando en ellos por la vista y el oído. Pablo Soler Frost ha traducido al español “The Wreck of the Deutschland”, uno de los poemas largos de G.M. Hopkins.

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