Diálogo en el hospital

En muchos de nuestros hospitales se ha suprimido o se pretende suprimir el servicio religioso a los pacientes

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El obispo de San Sebastián, Monseñor Munilla, opina con razón que la clase política está conduciendo a nuestra sociedad hacia la dictadura del pensamiento único, la dictadura de lo políticamente correcto, y parece que todo cuanto se relaciona con Dios no es políticamente correcto.

En muchos de nuestros hospitales se ha suprimido o se pretende suprimir el servicio religioso a los pacientes; en otros, por fortuna, todavía existe, si bien los sacerdotes que desempeñan tal servicio tienen rigurosamente prohibido entrar en las habitaciones sin la petición explícita de los familiares o del propio enfermo. No es infrecuente el caso de un enfermo que no puede beneficiarse de la atención espiritual de un sacerdote porque sus familiares consideran inoportuno solicitarlo, porque están en contra de tal posibilidad o, simplemente, porque ni siquiera pasa tal idea por su mente.

Hoy imaginaba la siguiente escena en uno de estos casos, en uno de los hospitales donde todavía existe el servicio religioso. El sacerdote, lleno de voluntad de servicio, se acerca a la puerta de una de las habitaciones. Dentro, junto a la cama del enfermo terminal, que descansa, se sienta su esposa.

El sacerdote entreabre la puerta, llama discretamente con los nudillos y, desde el umbral, se dirige a la esposa del enfermo:

  • Sacerdote (S): “Disculpe, señora; soy el sacerdote encargado del servicio religioso del hospital. ¿Le importaría que entre a saludar al enfermo y hable un poco con él?”
  • Esposa (E): “Mire, creo que este no es momento de sacerdotes”
  • S: “Si me disculpa, con todo respeto opino que es precisamente el momento en que un sacerdote puede ayudar”
  • E: “Perdone, pero yo no creo en los sacerdotes”
  • S: “Verá, a veces yo tampoco creo en los sacerdotes, pero sí creo en Dios; ¿cree usted en Dios?”
  • E (dudando entre echar intempestivamente al pretendido intruso o llamar a la seguridad del hospital, aunque por una razón que no comprende accede a contestar): “No, no creo en Dios”
  • S (siempre desde el umbral): “Entonces, ¿no cree usted que haya un Dios, ni un cielo, ni un infierno?”
  • E (se ha levantado y se dirige a la puerta): “No, no creo en todo eso”
  • S: “Pero ¿tiene usted la seguridad o es una opinión?”
  • E (no entiende por qué mantiene la conversación, pero contesta): “Es mi opinión, por supuesto”
  • S: “Entonces, si se trata de una opinión, estará usted de acuerdo conmigo en que, como tal opinión, puede estar en lo cierto o estar equivocada, y en que esa opinión, como tal, vale tanto como cualquier otra opinión respetable, por ejemplo la mía, que sí cree en todo eso; en definitiva, tanto usted como yo, como sustentadores de una opinión, tenemos un cincuenta por ciento de posibilidades de estar en lo cierto y otras tantas de estar equivocados, puesto que usted no puede demostrarme la veracidad de su opinión ni yo, en principio, demostrarle a usted la veracidad de la mía”
  • E (dudando): “Bueno, tal vez sea así”
  • S: “En ese caso, deberá concederme a mí un cincuenta por ciento de posibilidades de tener razón, y deberá concederse a sí misma un cincuenta por ciento de posibilidades de estar equivocada; un cincuenta por ciento es una posibilidad importante, ¿no cree?”
  • E (algo desconcertada): “Sí, puede ser”
  • S: “Y si tengo un cincuenta por ciento de posibilidades de estar en lo cierto, y usted las mismas de estar equivocada, por ese cincuenta por ciento, ¿está usted dispuesta a negar a su marido la ayuda que puede contribuir a dilucidar positivamente su destino eterno? ¿Asume usted esa tremenda responsabilidad?”

Dejo la respuesta de la esposa a la imaginación de cada lector, aunque, en mi opinión, en la inmensa mayoría de los casos la conversación hubiera terminado abruptamente con un portazo mucho antes de llegar al desenlace.

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