El problema está en el corazón (I)

Hemos dado por supuesto que la educación es la panacea para todos los males y que con ella podemos prevenir cualquier desarreglo y subsanar toda calamidad

Educación

Cualquier observador atento al lenguaje y a los modos de reacción más comunes, podrá caer en la cuenta de que ante la multitud y variedad de problemas que tenemos que soportar día a día, decimos tener una solución válida para todos ellos: la educación. La educación, sin dejar de ser lo que siempre ha sido, la actividad formativa por excelencia que ejercen los adultos sobre las generaciones jóvenes, ha ido adquiriendo, además, rango de comodín, una especie de ungüento amarillo válido para curar toda dolencia de tipo social. Ante el incivismo y la barbarie, en cualquiera de sus manifestaciones, educación. ¿Queremos evitar hábitos nocivos: tabaquismo, ludopatías, drogadicción, alcoholismo, etc.? Educación. ¿No sabemos cómo gestionar las relaciones familiares y la convivencia doméstica que tantas veces acaba con rupturas, abandonos, lesiones, muertes? Educación. ¿Maltratos y abusos en cualquier ámbito? Educación. ¿Cómo combatir el racismo o cualquiera de las diversas fobias hacia personas y grupos? Educación. ¿Acoso en la escuela, en el trabajo, en las relaciones afectivas, etc.? Educación. ¿Degradación del medio ambiente, de los hábitats naturales, contaminación del aire, de las aguas…? Educación. Frente al gravísimo problema social que supone la conducción irresponsable y los accidentes de tráfico: educación. ¿Hacen falta más ejemplos?

Hemos dado por supuesto que la educación es la panacea para todos los males y que con ella podemos prevenir cualquier desarreglo y subsanar toda calamidad. Hemos elevado la educación a la categoría de factótum benéfico universal. Nos lo creemos y lo repetimos como si fuera una verdad dogmática. La cantinela no es de ahora, la vengo oyendo desde que empecé a interesarme por los temas sociales, allá por los años de mi juventud, ya lejana.

La prueba de que nos lo creemos ha sido el despliegue político y económico a favor de la educación institucionalizada realizado en todo el mundo a lo largo e las últimas décadas. En el trecho que va desde la cuna hasta la universidad (período de aprendizaje que ocupa entre un cuarto y un tercio de la vida del hombre actual), hemos articulado un sistema de educación obligatoria y gratuita para una buena parte de este trecho y para el resto cuasiobligatoria y cuasi gratuita. Nos parece acertado dedicar, año tras año, sustanciosas partidas de fondos públicos y privados destinados a cubrir los gastos que este sistema genera y nos parece que siempre son escasos. Contamos con un despliegue de recursos didácticos, tecnológicos y humanos muy considerable, que también nos parecen insuficientes. La pregunta consecuente es por los resultados. ¿Los resultados se corresponden con los medios empleados? A mi modo de ver, la respuesta a esta pregunta hay que desdoblarla en los dos ámbitos en los que se desenvuelve toda persona: el individual y el social. Todo este esfuerzo está siendo muy bien rentabilizado individualmente por un sector de los estudiantes, mientras que hay otro sector importante al que le sirve de poco y que viene a engrosar la bolsa creciente de fracaso escolar.

Si ahora nos fijamos no en los individuos, sino en el conjunto, es decir, si miramos a la sociedad como un cuerpo vivo, hemos de decir que socialmente la educación no está produciendo los frutos que cabría esperar. Este es un problema muy debatido, muy analizado, y que no acabamos de dignosticar por sus muchas dimensiones y porque en él concurren un buen número de causas, algunas de las cuales permanecen diluidas en el cuerpo social, o están ocultas y no nos atrevemos a admitir. Llegados a este punto no caben nada más que dos posibilidades: o bien, no es verdad que la educación sea la solución para todos los problemas, o bien lo que llamamos educación, en realidad no lo es. Pienso que las dos posibilidades no son excluyentes y que participamos de ambas; por una parte no es cierto que la educación sea la solución de todos los males, y por otra, no todo lo que suponemos que es educación, resulta serlo.

A todo esto, debo añadir -me urge decirlo- que desde que comencé mi vida profesional a los diecinueve años, me he dedicado por entero a la educación, principalmente con adolescentes, aunque también con niños, jóvenes y adultos. De la educación he tenido siempre el mejor de los conceptos, he creído en su altísimo valor, hasta más allá de lo razonable, y, a pesar de mis limitaciones, que no son pocas, he procurado vivir con pasión eso que creía y he procurado transmitirlo. Con esta referencia biográfica quiero dejar claro que miro la educación con los mejores ojos posibles y que tengo por lo educativo y los educadores la mayor de las estimas, pero cada cosa en su sitio: la educación es una actividad humana muy valiosa, de la que cabe esperar toda suerte de frutos saludables para sus destinatarios y para la sociedad entera, pero no es la panacea para acabar con nuestras lacras y carencias, ni para impedir su aparición tampoco. Y también creo que debo dejar constancia de una duda, en forma de pregunta: ¿a qué llamamos educación? Porque mucho me temo que si nos pusiéramos a rascar en el concepto, me vería obligado a rechazar, por antieducativas, muchas de las cosas que se hacen en las instituciones que oficialmente tienen encomendada la educación de nuestros niños y jóvenes.

Si la educación fuera la panacea que socialmente suponemos, ¿qué nos impide acabar con todas esas lacras y carencias para las que decimos que la solución está en la educación? ¿Acaso no tenemos la educación en nuestras manos? ¿Cómo es que habiendo abierto generosamente el arca de los recursos, estos no producen en razón de una inversión tan costosa? No sé si alguien tendrá respuesta para estas preguntas, pero yo no la encuentro. Si la tuviera, podría compartir el buenismo educativo imperante; como no la tengo, y tampoco la atisbo, he de concluir que ese buenismo no encierra verdad.

La segunda posibilidad (que estemos llamando educación a cosas que no lo son) nos lanza directamente a otra serie de preguntas de mucho mayor calado como son las que se refieren al alcance y los límites de la educación, el papel de las familias, cualidades y acción del profesorado, otros factores que influyen en los resultados educativos, etc., y sobre todas ellas, la más importante de cuantas podamos formular: ¿Qué es la educación?, ¿a qué llamamos educación?

De mil maneras se ha respondido a esta pregunta desde la antigüedad hasta nuestros días. Cada autor que se ha dedicado a ello, ha hecho su aportación y, en principio, todas tienen mucho de aprovechable. Para este momento que nos toca vivir, pienso que la mejor propuesta es esta: construir un corazón bueno. Estoy convencido de que es una propuesta válida y necesaria porque lo que más necesita esta sociedad es corazones moralmente sanos, es decir hombres y mujeres de corazón bueno. He empezado plasmando un puñado de problemas concretos ante los cuales aparece la educación como vía de solución. No niego que ayude a su resolución, pero cualquiera de esos problemas, siendo reales, no son “el” gran problema. El gran problema social es otro cuyo solo nombre me incomoda, pero hay que decirlo: odio. El gran problema es el odio (el odio maléfico), el cual nace y se asienta en el corazón de la persona. El odio, como su contrario, el amor, y como todos los fenómenos afectivos, tienen su morada en el corazón humano. Allí son engendrados, allí se alimentan y crecen en forma de actitudes, y de allí salen al exterior manifestándose en palabras y hechos. Si los afectos son buenos, en el corazón han de ser afianzados y fortalecidos; si son malos, como el odio, en el corazón han de ser combatidos y reducidos hasta donde se pueda.

El corazón no es la única dimensión de la persona, lo cual significa que no es la única a la que debe atender la educación, pero creo que hoy es la más necesaria y no sé si tal vez la más descuidada. Es evidente que a la educación le interesa la persona entera, en su unidad y en la diversidad de los rasgos que la conforman. Si la educación está bien planteada y los procesos educativos bien diseñados y bien ejecutados, toda educación que se precie tenderá a cubrir todos los aspectos y dimensiones de la persona humana: capacidades, aptitudes, actitudes, hábitos, habilidades, normas, expectativas. Ahora bien, insisto, en este momento hay que hacer especial hincapié en la educación del corazón.

La persona humana no está predeterminada ni determinada por nada: ni por la biología, ni por la herencia, ni por el lugar o la época en que ha nacido, ni por la educación recibida en casa o en el colegio… Este conjunto de influencias ejerce un peso enorme en la vida de cada cual, pero más allá de todas ellas, está la propia autodeterminación, es decir, lo que cada uno voluntariamente quiere hacer con su vida y con su destino. Esta es la grandeza del hombre, y ante esta grandeza, todo ese cúmulo de influencias se torna relativo, por más que ejerza una poderosa fuerza sobre la persona, que si actúa es precisamente porque la propia libertad personal la autoriza a actuar. En esta conducción que la persona hace de sí misma tiene un papel importantísimo el corazón. Seguiremos, si Dios quiere, tratando en próximos artículos del corazón y su educación, pero no quiero terminar sin dejar constancia de un aviso importante: Cuando digo corazón, espero que el lector no lo confunda con un sucedáneo muy extendido en estos tiempos que es la sensiblería. La sensiblería es una deformación afectiva que consiste en convertir una frivolidad o una nadería en una cuestión afectiva seria. No los confundamos si no queremos vivir confundidos. Los sentimientos son movimientos del corazón que necesitan de una base objetiva de peso para hacerse dignos de consideración y respeto, que cuando lo merecen, es mucho lo que merecen; la sensiblería, en cambio, es síntoma de superficialidad y de falta de compostura.

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