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EE. UU. No han sido las elecciones del cambio

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Estas elecciones para la Cámara de Representantes y gobernadores, y para renovar parte del Senado, conocidas como midterm, resultan casi siempre desfavorables para el partido del gobierno. Tanto que, de 38 elecciones, en 35 el partido del presidente ha perdido la mayoría en el Congreso. Es lo que le sucedió a Obama. Este primer dato unido a la movilización feminista contra Trump, su figura polémica, la valoración excepcionalmente baja entre el electorado (no así entre sus votantes), el despliegue hecho por lo sectores de izquierda del partido demócrata para activar una nueva coalición multicultural, de minorías étnicas, feministas, gais y lesbianas, los cambios demográficos acaecidos en algunos estados tradicionalmente republicanos, como Texas, fruto de la inmigración interior, una mayor movilización del electorado en unos comicios que no acostumbran a alcanzar el 50% de participación, hacían pensar, no solo en el triunfo en la Cámara de Representantes, como así ha sido, sino la victoria en el Senado, o al menos alguna ganancia en los senadores en disputa, y algunas gobernaciones decisivas, sobre todo la de Florida, clave para las próximas presidenciales. En definitiva, muchos veían como reacción a Trump, la formación de una gran oleada progresista que lo barrería todo.

No ha sido así, y el Gran Old Party se ha llevado la mejor parte en el envite. Ha perdido la mayoría en la Cámara de Representantes, pero por una diferencia menor de la esperada, 219 a 193, con una docena de escaños por decidir, y lo peor de todo, con derrotas en estados que se daban como posibles victorias. La situación en el Senado ha empeorado para ellos, dado que con 51 escaños los republicanos no solo mantienen la mayoría absoluta, sino que se distancian más de los demócratas que solo han alcanzado 43, más dos senadores independientes, uno de ellos el candidato a la nominación Sanders, derrotado por Hillary Clinton. También se han llevado el gato al agua logrando la mayoría de las gobernaciones, cerrando el paso a la ilusión demócrata de lograr el éxito en Texas, y sobre todo en Florida

La pérdida del control de la Cámara de Representantes aumenta el poder demócrata en el legislativo, pero no constituye ningún indicio de cambio sustancial. La movilización feminista y de los grupos LGBTI, el voto latino que lógicamente debe estar muy motivado contra un presidente tan adverso no ha constituido una modificación mayor que la habitual en unas midterm. Un éxito que es contrapesado por la mejora republicana en el Senado, y el afianzamiento en las gobernaciones. En este sentido, está claro que el “Grande y Viejo Partido” tiene candidato para las próximas presidenciales, aunque la victoria como senador de Miit Roney, señala un posible competidor.

Mucho más complicada en la situación demócrata ante el futuro, porque su heterogénea coalición, con candidatos que se proclaman abiertamente socialistas, deberá primero reajustar sus liderazgos en el partido y en la Cámara de Representantes, donde la nueva ola intentará prescindir del eterno liderazgo de Nancy Pelosi, una liberal americana clásica, y sobre todo concertar un candidato en condiciones o que hoy ni se vislumbra, ni parece fácil, dada la heterogeneidad de sus fuerzas. En el trasfondo republicano hay muchas diferencias, como es lógico en un partido continental, pero mantiene unos mínimos acuerdos fundamentales. Está por ver que esta sea una característica de los Demócratas.

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