El efecto invernadero y la natalidad

Reducir la natalidad, aminorando con ello su ulterior consumo para que la contaminación disminuya, es un pretexto tan insolente como estólido

efecto invernadero

Llueve sobre nuestras temerosas sociedades un continuo aguacero de proclamas apocalípticas interpretando el cambio climático. Aquel vicepresidente demócrata estadounidense, Al Gore, y su visión catastrofista del calentamiento global, con un enfoque que le reportó pingües ingresos económicos, alzó la siembra del pánico basándose en una argumentación que más de un experto desmontó. Asimismo, días atrás, un diario español de tirada nacional expuso en versión digital una gráfica de medidas eficaces para amortiguar el impacto medioambiental. Paradójicamente y con diferencia, la principal opción para conseguir dicho fin reside en tener menos hijos.

El interés por la reducción de las emisiones de CO2 promueve, de nuevo, las políticas de la contracepción. Es cierto que existen medidas efectivas para el descenso de la contaminación, pero no es menos cierto que subyace una falta de compromiso real para llevarlas a cabo. Se habla de energías renovables, limpias, verdes, pero persiste un tenue y frágil interés en implementarlas. Existen demasiados lucros económicos que impiden construir, responsablemente, una conciencia ética acerca del calentamiento global.

Reducir la natalidad, aminorando con ello su ulterior consumo para que la contaminación disminuya, es un pretexto tan insolente como estólido. Una sola persona puede contaminar como diez o veinte, depende de su educación cívica y de su integridad moral. En la indicada gráfica parece ser que el efecto invernadero es provocado, principalmente, por la invasión de los niños, tal como nos recuerda la propuesta del profesor Travis Rieder del Instituto de Bioética Berman de Johns Hopkins: “tal vez debamos proteger a los niños no teniéndolos”.

Es obvio que el calentamiento se ha convertido en un culto cuya fe difunde, terroríficamente, el fin del mundo a corto o medio plazo. Los nuevos mensajeros del cambio climático han fusionado éste con la ideología contraceptiva, sirviendo en bandeja a las instituciones gubernamentales de las sociedades avanzadas y súper desarrolladas, una buena excusa para incrementar la industria abortista y el negocio de la anticoncepción, con el objeto, quizá, de generar copiosos beneficios colaterales.

Llevamos años vaticinando el agotamiento del petróleo, presagiando el aumento del nivel del mar y sus inundaciones desastrosas…sin embargo, seguimos vermuteando los domingos, disfrutamos de las vacaciones plácidamente y festejamos nuestras relaciones laborales con distendidas cenas de empresa. La visión malthusiana de que la humanidad arrasa el planeta debido a su reproducción masiva, ha fracasado frente a las innumerables pruebas que han confirmado que el elemento natural más estimable y valioso que habita sobre la tierra es el hombre.

Decir que los hijos son una agresión para los ecosistemas, tal como exhibe Rieder, equiparándolos a los gases que provocan el efecto invernadero, es cuando menos una opinión infundada y perversa. El modelo de las “familias pequeñas”, el cual ya se aplica en ciertos países, no deja de cosificar, todavía más, al ultrajado ser humano. De nada sirve reducir la población si, la que pervive, no se priva de excelsas tecnologías, las cuales avivan tanta fruición como contaminan.

La sostenibilidad no puede apoyarse en postulados triviales. La excesiva fijación por erigir un estado del bienestar cimentado en una desmesurada calidad de vida quizá haya hecho emerger una ingeniería poblacional que justifique las abominables estrategias contra natura que se diseñan. Con todo, si perdemos la visión ontológica del ser humano, puede ser que, lejos de salvar el planeta, sucumbamos irremediablemente ante una contaminante, destructiva y corrompida inmoralidad, fruto indiscutible de la soberbia humana. El hombre debe primar por encima de cualquier “oferta” que induzca, dolosa y paulatinamente, la extinción sin escrúpulos de su inviolable especie.

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