El asesino invisible

Si le dijéramos que la enfermedad coronaria o la obstrucción pulmonar crónica que sufre, o que el asma que tiene su hijo, es cons…

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Si le dijéramos que la enfermedad coronaria o la obstrucción pulmonar crónica que sufre, o que el asma que tiene su hijo, es consecuencia del mal estado del aire que se respira en Barcelona, en Valencia, en Madrid o en Bilbao, ¿lo aceptaría convencido de ello o adoptaría una actitud de incredulidad? Pues es exacto, y lo peor de todo es que esta exactitud no va acompañada de medidas, porque a pesar de que es un dato conocido desde hace muchos años, poco se ha hecho. El aire de nuestras ciudades está contaminado básicamente por tres tipos de componentes: el CO2, el NO2 y las micropartículas, también conocidas como PM 2,5 que señalan que se trata de unidades cuyo tamaño medio es menor de 0,05 milésimas de milímetro. Al tener una dimensión tan reducida, estas partículas no se quedan en los pulmones sino que llegan hasta la sangre y poseen por lo tanto no sólo consecuencias graves para el aparato respiratorio, sino también para el cardiovascular y cerebrovascular.

El porcentaje de personas cuya enfermedad coronaria está vinculada a este tipo de fenómenos, entre los mayores de 65 años, en Barcelona supera el 35%, en Valencia se acerca a esta cifra, y en Madrid, que está muy escaso de datos en este terreno, debe situarse igual o ligeramente por debajo de Valencia. En contrapartida, una ciudad europea como Estocolmo se encuentra por debajo del 20% y Granada, por citar una española, todavía en una proporción más reducida, y algo parecido podríamos decir de las enfermedades obstructivas crónicas o del asma. Vivir en una gran ciudad y sobretodo en arterias muy transitadas es un factor grave de riesgo. Naturalmente esto está en función de otros parámetros, uno de ellos es la densidad de vehículos. En Barcelona existen 6.100 vehículos por kilómetro cuadrado, mientras que en Madrid sólo hay 2.300, y es que la densidad de Barcelona es muy grande y a pesar de que se realice un importante uso del transporte público, el predominio del vehículo privado sigue siendo una característica. Pero no basta sólo con esto, cuenta además la proporción de vehículos diesel y junto con ellos la edad que tienen. En España, precisamente la abundancia de automóviles que utilizan este tipo de combustible acentúa el problema y la crisis, al retrasar la compra de coches nuevos, todavía lo complica más.

A pesar de que como decíamos al principio es un dato conocido, por ejemplo un habitante de Barcelona de más de 30 años de edad vería aumentada su esperanza de vida en 13,7 años si la contaminación por micropartículas se redujera a las que recomienda la OMS. En Sevilla la ganancia sería de 10 años, prácticamente lo mismo que en Valencia, un poco menos en Granada y bastante menos en Bilbao o en Málaga, porque se situarían en torno a los 5 años y algo menos de 2,5. Vemos, pues, que hay poblaciones en que lo más adecuado que se puede hacer para mejorar la salud de los ciudadanos y reducir el coste de la sanidad es precisamente mejorar la atmósfera que se respira, y esto implica actuar no únicamente, pero sí de una manera decisiva, sobre la contaminación que provocan los vehículos. A pesar de ello, las Comunidades Autónomas, que tan dadas son a elaborar multitud de normativas, siguen sin abordar a fondo este tema. Y, detrás de ello, hay seguramente por un lado el temor reverencial desde la democracia a la adopción de medidas impopulares a corto plazo, aunque generen beneficios a largo, y por otro la falta de valor moral de los políticos para actuar de acuerdo con lo que es necesario, y no sólo con aquello que les reporte un beneficio inmediato de votos. En cualquier caso, uno de los mejores caminos ahora que estamos de recortes para reducir los costes de la sanidad es actuar sobre la calidad atmosférica. Alcanzar los objetivos que propone la OMS sería un gran empeño colectivo que generaría beneficios en la felicidad de las personas y en el bolsillo de todos los ciudadanos.

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