El Día de la Madre, una vez que ha pasado

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Escribo este artículo algunas horas después de haber dejado atrás el primer domingo de mayo, que desde hace hace años dedicamos a las madres. Y lo escribo a propósito una vez que ha pasado este día, con toda intención, que tú lector descubrirás fácilmente, si tienes paciencia suficiente para leer hasta el final.

Una de las ventajas que tienen estas celebraciones anuales es que nos ayudan a poner el foco de manera regular y cíclica en los hechos o personas protagonistas del día, en este caso a la madre, una figura querida y entrañable de la cual es prácticamente imposible hablar en abstracto. Pensar, cantar, escribir sobre la madre obliga a poner cara y ojos, cada uno los de la nuestra. Quizá por eso el día tiene el arraigo que tiene y quizá por eso mantiene muy alta su valoración social, a pesar de los embates que la maternidad ha sufrido y sigue sufriendo en nuestra época. ¡Qué tremendo es esto de las madres! Pocos amores humanos hay tan enaltecidos como el amor de madre y siempre con la sensación de quedarse cortos. ¿Qué más podríamos decir que no se haya dicho ya sobre ellas, sobre su papel en nuestras vidas, su historia fundida con las de sus hijos sin posibilidad de separación? ¿Qué más podemos añadir en cuanto al reconocimiento, gratitud y valoración que nuestras madres merecen? Creo que poco. Sinceramente creo que poco más, lo cual no quita para que sigamos repitiendo maravillas sobre la figura de la madre en torno a este día y al resto de los días porque por muy subidas que sean nuestras loas, bien sabemos que no llegamos a hacer justicia. Tampoco es que ese sea el objetivo, porque no les toca a los hijos hacer justicia respecto de sus padres. Las relaciones paterno-filiales no pueden ser de justicia porque no son de equidad sino de desequilibrio, de asimetría, de desigualdad y toda esta descompensación solo puede recomponerse por parte de los hijos con amor traducido en hechos hasta donde se pueda. Obras son amores.

Personalmente siempre he disfrutado mucho con esta conmemoración, y sigo haciéndolo con gran gozo al lado de mi madre, hoy ya viuda y anciana. Vaya, por tanto, mi reconocimiento y mi gratitud para quienes pusieron en marcha esta iniciativa. Pero a pesar de lo dicho, confieso que hay algo en torno a este día tan celebrado, que no acaba de dejarme a gusto. Me refiero a un riesgo que se halla mimetizado en las alabanzas y parabienes con que honramos a nuestras madres, un riesgo que actúa como si fuera un parásito que vive alimentándose de esas mismas alabanzas. El riesgo que yo percibo está en el hecho de descontextualizar a la madre a base de idealizarla. Esa descontextualización comienza con la propia denominación, “Día de la Madre”, en singular, cuando resulta que ninguna madre existe en singular. Trataré de explicarme en pocas palabras: Todas las madres son singulares, como lo son todos los hijos, dado que somos personas y la singularidad es nota común y esencial a todos los seres personales. Pero no es esa singularidad individual a la que me refiero, esa también la encontramos en los vegetales y en el mundo animal, sino a la singularidad que incluye una pluralidad relacional que es la propia de la persona humana en cuanto que somos seres de relación. Decir persona es decir nosotros, necesariamente, porque la relación no es un añadido a nuestro ser, sino un dato constituyente del mismo. El término persona siempre está en plural aunque gramaticalmente admita singular y plural (persona y personas), pero conceptualmente siempre es plural porque “persona” incluye siempre un nosotros. Decir persona es decir nosotros. Pues bien, si el concepto de persona incluye siempre un nosotros, en la madre el “nosotros” se acentúa con especial intensidad y esta intensidad es la que a mí me parece que no acabamos de ver reflejada, y menos aún destacada, en este día que festejamos con tanto cariño, el Día de la Madre.

Pensar con cierta profundidad a la madre es pensar al hijo y al padre. Esta trinidad humana, trinidad santa, con minúsculas, pero trinidad real, que está formada por padre, madre e hijo, imagen de la Trinidad Santísima, con mayúsculas, es una unidad necesaria aunque tristemente sea rompible (cosa que no puede ocurrir con la Trinidad de las Personas Divinas). Véamoslo mirando a cualquiera de los tres, por ejemplo, al padre. El padre humano, en cuanto padre, remite a la madre y al hijo, porque son la madre y el hijo conjuntamente quienes hacen que el varón sea padre (añádase en este caso el dato bien significativo, por otra parte, de que al varón no solo son ellos los que lo convierten en padre sino que, además, hay que hacérselo saber, tarea que habitualmente corre a cargo de la madre). Y lo mismo ocurre, aunque con distintos matices, con los otros dos elementos de esta trinidad humana: la madre es madre porque hay hijo y padre, y el hijo es hijo porque hay padre y madre. Cada díada es la que hace que el otro sea quien es dentro esa unidad trinitaria.

¿Se tiene esto en cuenta a la hora de centrar la mirada en las figuras de nuestros padres y madres, en nuestros propios matrimonios y familias? Yo creo que no, al menos a mí me parece que no lo suficientemente, y en los casos en que sí tenga en cuenta, que ojalá sean muchos, siempre hará bien crecer en la conciencia de esa unidad trinitaria.

No hay que extrañarse demasiado de ello y el problema en su raíz no es de índole moral. Es cierto que el individualismo exacerbado que padecemos, típico de nuestras sociedades actuales, contribuye a dificultar la mirada hacia las personas en cuanto seres esencialmente relacionales, pero hay una causa aún más determinante y es nuestra falta de realismo. Muchos de nuestros contemporáneos, adoradores de la diosa ciencia, viven instalados en la confianza, tan errada como desmedida, de que el hombre tiene capacidad y recursos suficientes como para conocer la realidad en su totalidad, haciéndose la ilusión de que no hay límites para nuestras conquistas hasta el punto de que nos parece que las cosas son como las vemos nosotros. Vana pretensión inflada tantas veces de arrogancia. Que podemos conocer cada vez más y mejor, sí es verdad, que podemos llegar a conocer del todo, eso es pura ensoñación. En diversas ocasiones, en este mismo medio, ha habido oportunidad de recordar con San Agustín que “vemos las cosas porque son, pero son porque Dios las ve” (Confesiones 13, 8). Las cosas son porque Dios las ve y son como Dios las ve, por dos razones: la primera, porque Dios es su autor y la segunda, porque Él lo ve todo y sin limitaciones.

Y nosotros, queramos o no, no somos Dios, lo cual en este aspecto significa que no poseemos ninguna capacidad infinita, cosa que en este campo del conocimiento se nos hace patente una y otra vez ya que los límites nos rodean por varios flancos. Uno de los impedimentos con los que el hombre se topa una y otra vez cuando se dispone a conocer la realidad (dentro de la cual se encuentra él mismo) está en la necesidad de análisis. Tenemos que trocear las cosas para estudiarlas por partes. Dos hechos nos obligan a ello. Uno es nuestra condición de seres espacio-temporales, el otro es el hecho de que la puerta de entrada al mundo del conocimiento está en los sentidos. Estas imposiciones físicas de nuestra naturaleza son causa de que nos topemos con muchas, muchísimas dificultades para captar y hacernos con el primero de los atributos que las cosas tienen, que es su unidad, o si se prefiere mejor, su totalidad unificada. Tantas dificultades, que ese conocimiento holístico no llegamos a alcanzarlo nunca. De ahí el recurso forzoso al análisis, que no es sino un desmenuzamiento del objeto que queremos conocer según sus partes o aspectos, y de ahí también, como consecuencia derivada, la progresiva división de campos y multiplicación de especialidades, cada una de las cuales abarca parcelas de saber cada vez menos extensas y más profundas.

Volvemos ahora a nuestro tema. Llenar de elogios a las madres está muy bien, individualizarlas aunque sea para incensarlas sobre un pedestal es un error; descontextualizarlas de su unidad trinitaria impuesta por la naturaleza, está bastante mal; desnaturalizar ese nicho ecológico trinitario, malograrlo, romperlo o impedir que exista en el marco de una familia establecida son conductas que tienen carácter de despropósito, verdaderos atentados contra la naturaleza, estén o no penalizados por los códigos que articulan los legisladores; olvidar y/o despreciar su carácter sagrado es, cuando menos, un acto de impiedad.

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