El genocidio de los cristianos y la Santa Sede

No pertenecen a una etnia concreta, ni se da solo en unas coordenadas, pero es ceguera no ver que en diferentes partes del mundo islámico se es…

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No pertenecen a una etnia concreta, ni se da solo en unas coordenadas, pero es ceguera no ver que en diferentes partes del mundo islámico se está produciendo un genocidio cristiano, es decir la persecución masiva, la expulsión bajo la amenaza de muerte, o la muerte misma. Algunas de estas situaciones son estructurales, de tiempo, y en países sin problemas de reconocimiento internacional, como Pakistán, donde la persecución de los cristianos, forma parte del sistema y cuenta con recursos legales como la ley de la blasfemia. Los cristianos son socialmente los parias del Pakistán. En otros lugares son más recientes y van a peor. Es el caso de Irak, donde hace pocos días el EIIS (Estado Islámico de Irak y Siria) ha obligado a huir de Mosul a 35.000 cristianos, toda la población. El pasado lunes irrumpieron en el monasterio de Mar Behnam y obligaron a la comunidad de monjes católicos siriacos a marchar a pie solo con lo puesto, impidiéndoles llevarse incluso objetos de culto y las reliquias que allí son guardadas. En Siria, en las zonas controladas por estos grupos, la persecución de personas y destrucción de lugares de culto es implacable. En Palestina, los cristianos son objeto de una presión que obliga a la huida cuando es posible, o a la ocultación. En Nigeria, es el asesinato sistemático. Son demasiados lugares, que crecen y se multiplican, en los que se practica una “limpieza religiosa” genocida. A esta práctica brutal se le suma un status quo que acepta la falta de libertad religiosa en la casi totalidad de países islámicos, desde los más moderados, caso del bien cercano Marruecos, al rigorismo persecutorio de Arabia Saudita.

Esta situación interpela duramente a Naciones Unidas, que la ignora. Lo hace su Secretario General, perfectamente inútil, y la Comisión para los Derechos Humanos. La ONU es ya un zombi inútil y caro que pide a manos llenas una nueva autoridad mundial. El Gobierno de Estados Unidos solo sabe preocuparse en el terreno internacional, en buena medida en el interno de la homosexualidad, pero contempla impávido este genocidio, y la Unión Europea está donde acostumbra a estar en toda cuestión de política internacional, es decir en ninguna parte, aunque esto no debería ser motivo para que al menos los estados no afrontaran la cuestión.

Pero, quizás, en buena parte de este escándalo se encuentre una omisión cristiana. Existen organizaciones que hacen una tarea excelente, como “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, la propia Caritas, Manos Unidas, y algunas más, pero lo que falta -además de más oración- es la iniciativa político-diplomática de alto nivel combinada con la necesaria acción en la opinión pública y publicada. Esta es solo una iniciativa al alcance de la Santa Sede, desarrollar un proyecto diplomático de alcance dotado de unidad de propósito: la seguridad de los cristianos en sus propios países y la libertad religiosa, al menos en términos de mínimos. Sin estos requisitos el Islam continuará siendo, y no solo bajo sus fórmulas más extremas, un grave problema para la libertad humana, la aceptación de la libertad de culto, el pluralismo confesional, y la libertad de conciencia.

No se trata de que los líderes musulmanes se preocupen por la libertad religiosa “aquí”, donde ya existe, sino “allí”, en los países musulmanes, donde no está ni se la espera. Es impresentable que no exista un mínimo régimen de reciprocidad, y esto debería ser una cuestión para todos los países del planeta. En este contexto, las conciencias occidentales necesitan ser agitadas. También hay muchos países en el bloque latinoamericano capaces de liderar esta iniciativa y así coadyuvar a su poder de arrastre, así como otras confesiones religiosas, cristianas y no cristianas, que potencien el arrastre. En Europa, la llegada de Juncker como nuevo presidente de la Comisión es una baza favorable por su sensibilidad ante la cuestión, que tampoco puede ser esquivada por el laicismo porque la mayor garantía para libertad empieza precisamente por el culto y la conciencia. Pero solo la santa Sede está en condiciones de desarrollar este empeño histórico que cambiaría a mejor la faz del mundo.

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