El Gobierno del PP, la guerra y la Iglesia

El Partido Popular parece que no aprende de su propia experiencia. Casi a hurtadillas, después de haber echado pelotas fuera en la rueda de pre…

El Partido Popular parece que no aprende de su propia experiencia. Casi a hurtadillas, después de haber echado pelotas fuera en la rueda de prensa de la última reunión del G-20, un comunicado de los propios Estados Unidos informaba de que España era uno de los diez países presentes que habían firmado un documento junto con Washington en el que se afirma la necesidad “de una contundente respuesta internacional” sobre los responsables del ataque con armas químicas, dando así por descontada la tesis americana, todavía no demostrada, de que ha sido el régimen de Al-Asad quien realmente llevó a cabo ese desafuero. El documento no dice explícitamente que se deba atacar Siria sin el acuerdo de la ONU, pero no hace falta, queda muy claro. De esta manera, España da una serie de pasos graves. El primero, se implica en el conflicto, que no es otra cosa que otra nueva agresión internacional fuera de la ley de Estados Unidos, una más de las que se vienen multiplicando a lo largo de este siglo y el anterior. Segundo, desacredita y condiciona el resultado de la investigación de los inspectores de Naciones Unidas. Lo que digan ya es inútil, al menos para los once firmantes del documento (considerando a Estados Unidos), porque el culpable ya está claro. Y, tercero, meten a nuestro país en un eslabón peligroso porque, en primer lugar, si hay ataque implicará la utilización de las bases; y, en segundo lugar, porque no se descarta la ayuda militar en un futuro si ésta es solicitada.

No contentos con esto, la política española demuestra una vez más su falta de profundidad y madurez. No se trata ya de la ausencia de consenso para las grandes cuestiones internacionales entre los partidos políticos, entre el PP y el PSOE, sino que ahora ya las contradicciones son entre parte del equipo de La Moncloa con el ministro de Asuntos Exteriores, que en sus últimas manifestaciones públicas había dejado claro que “hay que dar tiempo a los inspectores de la ONU”. Ni tiempo ni nada.

Lo más estrafalario del caso es el argumento dado por Moncloa para firmar. Ha sido “para no dejar tirado al presidente Obama”. Es una forma de pensar que demuestra que los gobiernos españoles siguen la senda del gato tontorrón que tiene suficiente con que el amo les acaricie el lomo una vez en su vida para rendirse a todos sus encantos. En realidad, el trato ya estaba cantado después de que La Moncloa filtrara el día antes que Obama felicitaba a Rajoy por su éxito económico y que se preparaba una visita a Estados Unidos. Este es el plato de lentejas para acompañar a los desmanes estrafalarios de Obama que, después de mostrarse impávido ante cien mil muertos, quiere actuar ahora porque hay 1.400 gaseados, cuyo origen aún es controvertido. Pero es que lo que ahora es intocable fue practicado a gran escala por Irak en su guerra con Irán con el apoyo explícito de Estados Unidos. La guerra química es mala según cuándo para Washington.

La posición de España entraña tres grandes sacrificados: El primero, la sociedad española. Nada se nos ha perdido en esta agresión militar ilegal que tiene como horizonte posible el bombardeo durante 90 días y 90 noches de Siria. El otro gran damnificado es la Unión Europea, aunque ahí, claro está, no anda sola ni destaca. Italia, perdida en su propio laberinto, firmaba el documento el día antes de que el Papa rezara a lo largo de cuatro horas en la propia Roma por la paz. Y Francia y Reino Unido, lógicamente, también la acompañaban, pero con un cambio sustancial: mientras que España e Italia van, los otros dos países vienen, porque Francia ya ha afirmado que Hollande espera los resultados del informe de los inspectores de Naciones Unidas; y Cameron tuvo que replegarse ante la negativa de su propio Parlamento a acompañarle en la aventura bélica. Firmar ahora, quizá siendo el autor incluso material del texto, es una forma de hacerse compensar en aquel fallido intento. Van Rompuy, la voz europea, lo dijo con toda claridad: no debe haber intervención militar, y la solución debe buscarse por vías pacíficas. Los estados por un lado y la Unión por otro. Esto es un desastre. Sin un partido realmente europeo esto no tiene salida.

Por último, está la cuestión de la Iglesia y el Papa. La rotundidad de Francisco no ha desmerecido en nada a las anteriores acciones de Juan Pablo II y Benedicto XVI ante las anteriores guerras en Oriente, pero en este caso se han añadido elementos mucho más activos: la carta del propio Papa a los miembros del G-20; la reunión con los embajadores representados en la Santa Sede a cargo del secretario para las Relaciones con los Estados; y por último la jornada mundial de oración y ayuno por la paz.

Rajoy y su equipo se pasan olímpicamente por el forro esta actitud de la Iglesia y de los católicos. Es un error que puede tener consecuencias, como ya las tuvo con Irak, porque si se cree que puede quedar en el olvido se confunde. También hay que subrayar que el Episcopado español, fiel seguidor de la jornada de oración del Papa, lógicamente no puede encender al mismo tiempo una vela a Dios y otra al diablo, y por consiguiente su posición no es favorable a lo que el Gobierno del PP acaba de hacer. Todo esto interpela de una manera directa a los católicos del Partido Popular, que pueden afrontarlo bien de manera coherente con su compromiso religioso o bien mirando hacia otro lado, e incluso sosteniendo cínicamente que la posición del Gobierno es la correcta. Con esto se asemejarían a los católicos del PSOE, que todo lo justificaban en época de Zapatero.

Y aún queda un último punto al que nadie parece prestar demasiada atención. El contingente militar español destacado en el Líbano, precisamente en el área controlada por la milicia chiita, Hezbolá, que combate a favor de Al-Assad. Ellos pueden pagar el innecesario apoyo del Gobierno español a la guerra de Obama.

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