El Gobierno, el Vaticano y la Iglesia

El despliegue realizado por el Gobierno enviando a la Vicepresidenta y al ministro Bono a Roma, con motivo de la imposición del capelo cardenalicio a …

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El despliegue realizado por el Gobierno enviando a la Vicepresidenta y al ministro Bono a Roma, con motivo de la imposición del capelo cardenalicio a Cañizares, ha merecido la lógica atención y comentario de los medios de comunicación.

En esta ocasión han mostrado, en general, una insólita coincidencia al señalar la voluntad del Gobierno y del Vaticano de mejorar las muy deterioradas relaciones. Tanto es así que a España le corresponde el dudoso honor de ser el único país occidental que mantiene un conflicto abierto con la Iglesia.

También, en esta línea habría que situar el nombramiento de Francisco Vázquez, alcalde de La Coruña, como Embajador en la Santa Sede, es decir, un católico que se ha mantenido fiel al magisterio.

Existen dos tipos de razones para que toda ocasión sea buena para mejorar la fluidez en las relaciones: la de Rodríguez Zapatero, porque en el segundo periodo del mandato le interesa apaciguar frentes y es evidente que el católico lo tiene abierto en canal.

El manual dice que las leyes de “trágala” se hacen en los dos primeros años de legislatura, para satisfacer a los propios y, los otros dos años siguientes se dedican a poner pomada a la herida. Por parte de Roma, su criterio histórico es evitar en todo lo posible, el conflicto y buscar mejoras a través del diálogo.

En este caso concreto, además, existe un interés muy específico: el Vaticano tiene entre manos el próximo viaje del Papa a Valencia, y esto siempre exige hacer más fluidas las relaciones. Por eso Zapatero juega a la amabilidad, porque también persigue el objetivo de que el Papa lo visite en Madrid, algo que parece improbable tanto por la naturaleza estricta del viaje -participar en las Jornadas de la Familia- como porque la relación no es tan cordial como para permitirse este tipo de cohetes.

Dicho todo esto hay que constatar el dato que la entrevista entre Sodano y la Vicepresidenta del Gobierno duró un cuarto de hora, poco más de lo que da de si un intercambio estrictamente formal.

Hemos de precisar, a riesgo de que se enfaden las diputadas del PSOE que De la Vega volvió a singularizarse con su vestuario. Pensando mal podríamos decir que quiso hacer ostentación de “rojerío” al verse rodeada de tanto clérigo. La lectura amable del uniforme de la vicepresidenta la dio el propio Sodano al bromear sobre si el tono de su vestido manifestaba el deseo oculto de la púrpura cardenalicia.

Bromas aparte, en términos objetivos, es difícil que las relaciones mejoren cuando el Gobierno ha elaborado una serie de leyes cuyo efecto no es instantáneo sino a largo plazo, y que chocan frontalmente no ya con la concepción católica sino con la ley natural.

El mismo día que se producía la información sobre el encuentro romano, la Generalitat de Cataluña informaba que las parejas homosexuales catalanas habían adoptado 19 niños sobre un total de 1419 adopciones realizadas en el 2005. Pero no se trata solo de lo ya legislado sino de lo que viene, la nueva Ley sobre Investigación con embriones va a ser una bofetada, mejor dicho un puñetazo en toda la cara de la Iglesia, porque volverá a singularizar a España en un extremo.

Son éstos y otros hechos los que dificultan el que exista una relación normal con la Santa Sede, con la Iglesia española, y en último término, con los ciudadanos de este país que se sienten vinculados a ella. Y esto es algo que la diplomacia nunca podrá resolver por sí sola si no va acompañada de la acción del gobierno.

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