El niño huérfano y la asignatura de religión

Había una vez un niño que era huérfano. No tenía ni padre ni madre y desde que tenía uso de razón siempre ha…

Había una vez un niño que era huérfano. No tenía ni padre ni madre y desde que tenía uso de razón siempre había estado en un orfanato. No le importaba mucho esta situación, era feliz como estaba y se entretenía mucho con sus compañeros. Jugaban a la pelota, estudiaban en el colegio y por las noches una cuidadora les ayudaba a hacer los deberes y a acostarse en la cama.

El niño se fue haciendo mayor y crecía sano y fuerte pero llegada la adolescencia se dio cuenta de una cosa: no sabía quién era. Él sabía cómo se llamaba, el color de su pelo, y la tonalidad de sus ojos. En la escuela le habían explicado que del amor de un padre y una madre nacían los hijos. Sabía que las mujeres gestaban en su seno a nuevos hombres y mujeres, y que daban a luz a los 9 meses. Pero a él jamás le habían explicado quién le había puesto ese nombre, cómo es que era rubio y no moreno o quién eran ese padre y esa madre fruto del amor de los cuales había surgido.

Un día preguntó a sus compañeros de orfanato si sabían algo del origen de su vida pero nadie pudo contestarle. Al día siguiente se lo preguntó a la directora del centro pero tampoco supo qué responderle más que lo que sostenían los informes: unos papeles incompletos que algún funcionario vago no quiso rellenar correctamente en su día.

En ese momento el niño entró en un pánico terrible. No sabía de dónde venía, no sabía cómo había venido al mundo, ¿cómo iba a saber quién era?

Si no sabemos de dónde venimos, ¿cómo vamos a saber quiénes somos?

Eso es justamente lo que le pasa a nuestra enferma sociedad. No sabe de dónde viene y por eso no sabe qué es. Ha rechazado sus orígenes y pretende que sus hijos se queden huérfanos, tal y como le ocurre al protagonista de nuestra historia.

Nuestra sociedad no quiere que sus hijos estudien religión en la escuela. Cree que es algo arcaico, retrógrado y falso. No acepta ni si quiera que sus descendientes conozcan cuáles son sus raíces, sus apellidos, las razones por las cuales hemos sido y somos algo en este mundo.

No quiere que sus nuevas generaciones entiendan la razón de su existencia, las causas de su éxito ni el desarrollo de su historia.

¿Cómo podrán los hijos de la postmodernidad entender el Templo de la Sagrada Familia de Barcelona, la Catedral del Mar, la estatua del Cristo Redentor de Río de Janeiro, el cuadro de la Última Cena de Da Vinci o el mismísimo Señor de los Anillos sin saber en qué se inspiraron sus autores?

¿Cómo podrán comprender de dónde viene que todos los hombres seamos iguales, sin importar nuestra raza, nuestro sexo, nuestra cultura o nuestra lengua sin conocer las palabras de San Pablo: “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28)?

Para más inri (expresión que tampoco podrán entender), en muchos colegios públicos, no es que los padres decidan que no quieren esa educación para sus hijos, es que ni siquiera se les da la posibilidad de escoger, por mucho que así lo dicte la ley. Y es que no quieren enseñar a sus alumnos los mandamientos de la ley de Dios, meca de la cultura más avanzada del mundo, por imponer, fíjense que contradicción, un dogma y una ley mucho más pesada que cualquier versículo del decálogo: el laicismo. Una ideología todavía más huérfana que el protagonista de nuestra historia, pues no tiene ni Padre, ni Dios, ni sentido, ni razón de existir.

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