El primer belén de la historia

En la tarde del 4 de enero de 2016 el papa Francisco viajó por sorpresa a Greccio para rezar en el lugar donde el belén fue representado por primera vez En la tarde del 4 de enero de 2016 el papa Francisco viajó por sorpresa a Greccio para rezar en el lugar donde el belén fue representado por primera vez

La asociación de alcaldes de Francia ha manifestado recientemente que el belén no es compatible con la laicidad del país galo. En Wadena, localidad norteamericana de cuatro mil habitantes situada en el estado de Minnesota, el ayuntamiento, cediendo a las presiones de un grupo de ateos militantes, ha decidido no poner este año el tradicional belén en el parque público más importante de la ciudad (el Burlington Northern Park). Como respuesta, una mujer ha instalado un enorme belén en el jardín de su casa y ha invitado a hacer lo mismo a sus conciudadanos a través de una página de Facebook. La respuesta de los habitantes de Wadena a esta iniciativa, tanto católicos como protestantes, no se ha hecho esperar, y ha sido además contundente: más de mil belenes han sido colocados en los jardines delante de las casas. En poco tiempo, de la desilusión colectiva se ha pasado al entusiasmo generalizado por la rotunda respuesta de la población. Una madre de familia de Wadena, con cuatro hijos, ha dicho que este mundo nuestro dividido tiene necesidad de Jesús; por esta razón aman la Navidad.

En algunas ciudades las corporaciones municipales han instalado belenes “laicos”, donde no se puede apreciar bien dónde está situada la Sagrada Familia de Jesús, María y José, personajes fundamentales en cualquier belén que realmente lo sea, es decir, que pretenda representar el nacimiento de Jesucristo en Belén de Judá, hoy una ciudad palestina en Cisjordania, a pocos kilómetros al sur de Jerusalén. Ante los intentos de suprimir esta tradición cristiana, o de diluir su genuino significado, incluso agnósticos bienintencionados, supervivientes de algún modo del mayo del 68, han puesto el grito en el cielo, diciendo que el belén forma parte no sólo de la fe cristiana, sino también de nuestra cultura.

El primer belén de la historia tiene su origen en la experiencia vivida por san Francisco de Asís en la Navidad de 1223 en Greccio, pequeña población encajonada en los montes de la provincia italiana de Rieti, lugar donde el santo solía retirarse en oración a menudo. San Francisco fundó en Greccio uno de los cuatro santuarios franciscanos enclavados en la valle rietina, junto con los de Fonte Colombo, el de Santa María de la Foresta y el de Poggio Bustone.

A finales de 1223, tres años antes de morir, san Francisco se encontraba en Roma para solicitar al papa Onorio III la aprobación de la regla de la orden franciscana, que le fue concedida el 29 de noviembre de ese mismo año. San Francisco, que había peregrinado a Tierra Santa y había estado en Belén, sentía una particular devoción por la fiesta de la Navidad. San Francisco tenía en Greccio un benefactor noble, Giovanni Velita, el cual había donado un terreno en la colina para que el santo y los frailes pudieran establecerse allí. Escribe fray Tommaso da Celano, primer biógrafo de san Francisco, que el santo mandó llamar a su amigo dos semanas antes de la Navidad y le dijo: «Deseo celebrar contigo la noche de Navidad; y escucha la idea que he tenido: en el bosque, cerca del eremitorio, hay una gruta entre las rocas; allí prepararás un pesebre lleno de heno. Procura que haya un buey y una mula, como en Belén. Deseo, al menos una vez, celebrar solemnemente la venida del Hijo de Dios a esta tierra, y ver con mis ojos cuanto quiso ser pobre y miserable, cuando nació por amor nuestro».

Giovanni Velita preparó todo según las indicaciones que había recibido de san Francisco. Llegada la noche santa, acudieron a aquel lugar los frailes y los habitantes de aquellos parajes con cirios y antorchas para celebrar la fiesta de la Navidad. La Misa fue celebrada encima del pesebre, que sirvió de altar. San Francisco, que era diácono, cantó el Evangelio y predicó la homilía recordando el rey pobre y la humildad de Belén. Aquella noche Greccio se convirtió en una nueva Belén.

Cuenta Tommaso da Celano que uno de los presentes tuvo una visión: le pareció que un niño yacía exánime en el pesebre. Entonces Francisco se acercó y lo despertó de aquella especie de sueño profundo. El biógrafo del santo puntualiza que está visión no estaba en contraste con la realidad, porque por los méritos de san Francisco Jesús se había despertado en los corazones de muchos que lo habían olvidado, y su recuerdo permanecía gravado intensamente en su memoria. Terminada aquella vigilia solemne, cada uno volvió a su casa lleno de una alegría indescriptible. En aquel lugar donde san Francisco recreó un ambiente propicio para un encuentro personal con el misterio de la encarnación de Cristo, fue dedicada una iglesia en honor de san Francisco y se construyó un altar encima del pesebre. Al artista Giotto se le atribuye el fresco del belén de Greccio que se encuentra en la basílica superior de Asís, pintado a finales del siglo XIII.

Cinco siglos después de esta vivencia de san Francisco de Asís, otro gran santo italiano, Alfonso María de Ligorio, escribió y musicó al lado de un belén en diciembre de 1754 en Nola, cerca de Nápoles, un célebre villancico. El título original es Canzoncina a Gesù Bambino. La primera estrofa dice así:

Tu scendi dalle stelle, o Re del Cielo,                      Tu bajas de las estrellas, oh Rey del Cielo,

e vieni in una grotta al freddo, al gelo.                     y vienes a una gruta al frío, al hielo.

O Bambino mio divino,                                             Oh Niño mío divino,

io ti vedo qui tremar.                                                yo te veo aquí temblar.

O Dio beato,                                                             Oh Dios bienaventurado,

e quanto ti costò l’avermi amato!                             ¡ah cuanto te costó el haberme amado!

Los villancicos de la Navidad nos invitan a preguntarnos el motivo por el que Dios se hizo hombre. La respuesta no puede ser otra que el amor: el amor de Dios por cada uno de los hombres. Dios ama porque es el amor en persona. No hay explicación posible al amor, sino el amor mismo. Jesús yace en un pesebre, al lado de animales, y esta es la mejor prueba de que Dios nos ama, sin exclusión alguna, también a los que no le aman; esta es la grandeza del amor divino.

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