El problema de la creciente desigualdad: ni apocalípticos ni integrados

Hemos vivido durante muchos años, tantos que la mayoría de las personas no conocen otro marco de referencia vital, bajo la doble idea de…

Hemos vivido durante muchos años, tantos que la mayoría de las personas no conocen otro marco de referencia vital, bajo la doble idea de que con el paso del tiempo las cosas siempre van a mejor: “los hijos vivirán mejor que los padres” es el estereotipo. Y también bajo el “imperio” de la clase media, considerándonos, con razón o sin ella, que casi todos pertenecíamos a este grupo social heterogéneo, pero unido por la convicción de que tenía razonablemente resueltas sus necesidades básicas y podía aspirar a más, ocasionalmente y como horizonte de futuro. Todo esto está siendo demolido y la causa fundamental es el crecimiento de la desigualdad. Los datos lo constatan, sea mediante artilugios estadísticos como el Índice de Gino, sea observando la participación de las distintas rentas en el PIB, con la pérdida continuada de peso de las procedentes del trabajo, o sea simplemente mediante la experiencia vital de muchísimas personas.

Ahora, un libro potente ha reforzado en gran medida este diagnóstico. Se trata de 900 páginas del libro El Capital en el Siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty, el llamado, en un afán etiquetador, el gurú de la desigualdad. Piketty establece que ya desde antes de la crisis la dinámica capitalista en los países económicamente maduros, como en el caso europeo, la riqueza crece más rápidamente que el PIB, y que la acumulación se da en el extremo superior de la distribución y aumenta la distancia con los que detentan menores bienes e ingresos. Esto sucede claramente en Europa y en Estados Unidos, aunque este segundo manifiesta una desigualdad claramente superior, lo que nos indica que la organización de la economía, las normas e instituciones, hacen variar el resultado. Una segunda consideración es asimismo importante. Este crecimiento de la desigualdad occidental no es generalizable a todo el mundo, debido a la fuerza emergente de las clases medias en países grandes como China, India, Brasil, y México; también en los africanos como Nigeria. Otro dato alentador es que el Objetivo del Milenio en relación a la pobreza fijado por la ONU, que tenia de alcanzarse en 2015, fue conseguido en el 2010.

De este esquema podemos colegir algunos rasgos principales. En Occidente y especialmente en Europa se acumulan los problemas; porque ahora al del envejecimiento, crisis del estado del bienestar y bajo crecimiento, se le añade algo que parecía domeñado como es el aumento de la desigualdad, que unido al paro, especialmente el juvenil, contribuyen a esta sensación generalizada de pensar que los hijos vivirán peor, algo que ni mucho menos es extrapolable a todo el mundo. El escenario presenta fuertes claroscuros, pero lo que parece evidente es que lo que nos sucede no se arregla solo con retoques aquí y allá que no cuestionan las raíces de los problemas, y que es la característica del pensamiento integrado, el económico y su sucursal política. Pero tampoco son respuestas las que predican el fin del mundo cada dos por tres, los llamados apocalípticos (con minúscula puesto que la mayúscula designa el libro del Apocalipsis, Revelaciones) porque no nos encontramos ante la caída inmediata al abismo si no ante la degradación paulatina. Somos como la ranita en agua templada. Nos coceremos lentamente, pero con dulzura.

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