El problema político de la inmigración

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Como el problema es complejo se formulan ideas peregrinas y soluciones simplistas sobre la inmigración. Por ejemplo, esta: en Europa falta natalidad y a los países africanos les sobran jóvenes, pues “importémoslos” para que trabajen en lo que los europeos no quieren hacer, aunque esto último no siempre se dice. Esta formulación es un gran error porque en su planteamiento “buenista” no considera que la productividad media de los inmigrantes jóvenes es muy inferior a la de las personas nacidas aquí porque su capital humano es sensiblemente menor, y su afluencia masiva conlleva estímulos perversos para incentivar el crecimiento de sectores de baja productividad y bajos salarios. Solamente hay que recordar un hecho tan reciente como la ola migratoria de inicios de siglo que contribuyó a la burbuja de la construcción.

No es coherente proponer aquel tipo de solución de la inmigración a gran escala, considerando la revolución técnica y científica en curso que altera radicalmente la naturaleza del trabajo y la relación del ser humano con el hardware y el software. De la robótica, a la Inteligencia Artificial pasando por la aplicación de los algoritmos y el Big Data, a la producción de bienes y servicios, la estructura del trabajo está siendo sustancialmente modificada, dejando poco espacio para las personas poco preparadas (y por parte de las preparadas dependerá de en qué lo están). En realidad, se estaría abriendo la puerta a la formación de una clase social subalterna étnicamente identificada. Si en la actualidad ya hay actividades profesionales, por ejemplo, en el turismo, que debido a sus ingresos no pueden establecer un balance generacional positivo (la diferencia entre lo recibido por el estado y lo aportado a lo largo del ciclo de vida), puede deducirse que el balance de estos trabajadores sería muy ajustado o negativo. El resultado es que estaríamos descargando otra losa más en las espaldas de nuestros descendientes para costear un estado del bienestar inviable.

En el caso español hay otro factor social muy contundente: el problema que significa la población de los jóvenes de 16 a 29 años que ni estudian ni trabajan, alimentado en gran medida por el flujo continuo de gente que abandona los estudios demasiado pronto. Significan del orden del 19%, uno de casi cada cinco jóvenes de aquella edad. Una enormidad que no dispone de una política de integración laboral y educativa digna de este nombre, a pesar de que los recursos en este caso existen y proceden del Programa de Garantía Juvenil de la Unión Europea. En estas condiciones de ineficiencia pública ¿se puede pensar seriamente en asumir una inmigración numerosa?

A este problema se le añade un paro crónico de larga duración de las personas de más de 45 años y por lo tanto de empleo francamente difícil. En la articulación de estos dos componentes hay una bomba de relojería de costes extraordinarios: el nini que llega en estas condiciones a los 30 años acabará haciendo un trabajo intermitente y mal pagado, y que con 15 años más alcanzará la edad de los difícilmente empleables.

Si todo esto no evoluciona, se producirá un foco de agravio comparativo, subjetivo, que puede alterar el buen clima hacia la inmigración que mantiene nuestra sociedad. Porque este grupo de población compite por las ayudas sociales de todo tipo con la población autóctona de ingresos bajos; también en sanidad y escuela. Esta colisión de intereses es en ocasiones bien real, y en otras, alimentada por la leyenda urbana, que no por serlo, cambia la realidad del conflicto porque el agravio se produce a partir del momento en que es percibido como tal, y no porque exista.

La respuesta integral sólo puede ser europea por su dimensión. Se trata de crear las condiciones para un mejor desarrollo social y económico, y lograr una mejor preparación educativa en los países de origen. Se necesita una especie de plan Marshall adaptado a sus condiciones, que no son las mismas -creemos que son mejores- que las de la Europa destruida por la guerra, que recibió el gran paquete de ayudas que llevan el nombre de aquel general norteamericano. Y esta no es una tarea de las ONG, sino de los poderes económicos, políticos y militares de la Unión. Es en el marco de este planteamiento donde es posible concebir una inmigración segura y bien organizada hacia Europa, donde se combinen gente muy preparada con otras personas que harán trabajos que la población no puede o no quiere cubrir y en la proporción adecuada a cada país; bien diferente la del caso español que la del alemán, para situar una referencia.

Dicho todo esto, hay que subrayar una advertencia: la vía de la inmigración masiva no es la respuesta a largo plazo a la crisis de la natalidad europea, a no ser que se quiera producir una situación tan desafortunada como la de los siglos IV y V. El problema demográfico europeo sólo se resuelve cogiendo el toro por los cuernos de la baja natalidad; esto es formando familias y teniendo hijos, y si no existe voluntad y capacidad para hacerlo por parte de los poderes públicos y de las personas, no se engañen, quiere decir que hemos entrado en una decadencia terminal. Tampoco sería tan extraño en términos de historia europea. ¿Qué es la duración de nuestra época frente a los mil años de la República y el Imperio romano de Occidente, que se desintegró transformándose en multitud de micro reinos, a causa de su débil demografía, la penetración de grandes masas de poblaciones foráneas, y las divisiones interiores?

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