El silencio de Dios

Dios, mientras martirizaban a miles de japoneses a lo largo de varios siglos en Japón, ¿permaneció indiferente? ¿permaneció en silencio? ¿hay un Dios que nos escucha? ¿valió la pena?

Silencio

Fui a ver con un amigo la película de Scorsese, Silencio. La película está muy bien filmada. Gran dirección de actores, espectacular fotografía, ambientación histórica magistral. Podríamos seguir durante un rato hablando de aspectos técnicos, etc. Pero a mí lo que me importa es la cuestión decisiva: Dios, mientras martirizaban a miles de japoneses a lo largo de varios siglos en Japón, ¿permaneció indiferente? ¿permaneció en silencio? ¿hay un Dios que nos escucha? ¿valió la pena?

La película es muy dura. Dos jesuitas jóvenes y fervorosos van a Japón a buscar al que les metió en esto, el padre Rodrigues, que, según rumores ha apostatado. A lo largo de la película desfilan sobre todo campesinos miserables que son los que creen con más fervor, los más puros, los que tratan con más veneración a los sacerdotes que han llegado de tierras tan lejanas, y que son martirizados sin piedad, por su fe ingenua, su falta de formación. Y allí desembarcan estos chavales sacerdotes Jesuitas, los que llaman pater, muy bien formados, pero llenos de dudas. Y enfrente tienen los señores samuráis que torturan, queman y arrasan aldeas de cristianos conversos. Una sociedad brutalmente clasista, donde los samuráis son dueños de la vida y haciendas de estos miserables.

Niego la mayor. No me creo que estos jovencísimos jesuitas cruzaran medio mundo, en aquellos barcos, jugándose la vida, armados con una pluma, una Biblia y un misal para convertir una civilización, sabiendo que podían morir en el martirio, se fueran llenos de dudas. Scorsese nos envuelve con imágenes impactantes, pero cualquiera que tenga dos dedos de frente, sabe que esto es una construcción de su mente.

Llama la atención, como describe el director, el martirio de los campesinos. Hay una escena demoledora, donde cuelgan de tres cruces a tres miserables hasta que les va cubriendo la marea. El mayor reza y casi a gritos entrega el alma a Dios. Uno de ellos sobrevive tres días, entre cantos, mientras sus familiares, ven en silencio la escena desde la playa, y siguen rezando en silencio. Al morir todos, se queman los cadáveres, para que no puedan venerarse sus restos. En otra escena, se quema a todos los familiares de uno de ellos, pero él cede y pisotea la imagen de María, para sobrevivir. Y huye cargando con el peso de la culpa. Cuando mueren los mártires, hay desesperación en sus rostros. Hay dolor, miedo. La maquinaria feudal, el orden social rígido, la cultura que refleja el entramado de intereses de la isla, su impermeabilidad al cambio, los tritura de forma implacable. En silencio.

Uno de los jesuitas queda solo, y es atrapado por los samuráis, entregado por un cristiano traidor. Y mientras lo encierran, sufre, asesinan a parte de su grey para forzarle a que abjure de Cristo, sufre su propia pasión interior. Su soledad se hace crítica, y entonces, grita interiormente aquel verso del Salmo 22 que dijo Cristo en la Cruz: ¡Dios mío, Dios mío! ¡Porqué me has abandonado! Pero Scorsese no comprende que aquel verso del Salmo 22 continúa con los siguientes: Puedo contar todos mis huesos; ellos me observan y me miran / repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica /¡Mas tú, Yahveh, no te estés lejos, corre en mi ayuda, oh fuerza mía/ libra mi alma de la espada, mi única de las garras del perro/ sálvame de las fauces del león, y mi pobre ser de los cuernos de los búfalos!/¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré!

El Salmo 22 habla de la confianza infinita de Jesús en su Padre, al que llama “papaíto” en la Cruz (¡Abba Padre!). No hay desesperación. ¡Hay entrega y amor hasta el último instante! Jesús se entrega en la Cruz por amor, no por desesperación. Igual que los mártires. Por eso perdonan siempre a sus enemigos, y por eso no abjuran de Nuestro Señor hasta el final. Scorsese lo retuerce todo, y lo mira a través de las gafas deformadas de su propio mundo interior sombrío, ese mundo reflejado en La Última Tentación de Cristo, en Gangs of New York, en Casino, el Lobo de Wall Street, etc. Sin novedad en el frente vital de Scorsese. Lo habitual.

Dios no está en esta película. No lo vi. No vi su Gracia. No vi a los mártires sostenidos por la Gracia de Dios. Vi el latigazo de la carne rota, el mundo que los aplastaba. Pero se nota que Scorsese no ha experimentado la filiación divina, el sentirse hijo querido de Dios. No lo ha experimentado, y a lo mejor nunca lo ha visto. No puede decir aquello de San Juan: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos” (1 Juan, I)

Si, Tú, Jesús, te hiciste Hombre. Si Tú, te metiste en la carne y el tiempo de los hombres. Si Tú te hiciste indefenso, frágil. Si Tú, te hiciste Niño, que no habla. Tú la Palabra, la Inteligencia Creadora del Padre, el Principio y el Fin, te hiciste un Niño escondido. Si Tú, en la locura completa, te hiciste alimento nuestro, más que hermano, en la Eucaristía. ¿Pudiste quedarte en silencio, te puedes quedar en silencio ante el horror de estos que dieron la vida por Ti?

Dios se esconde

Dios se hace pequeño, indefenso. Se hace frágil. Y entonces nosotros le acusamos de que está en silencio. Si se impusiera por la fuerza (suyo es el poder y la gloria, decimos en la Santa Misa), nos aterraríamos, temblarían nuestras piernas, y caeríamos de hinojos al suelo. Pero no le amaríamos. Le temeríamos.

¿Puede alguien cruzar medio mundo, convertir a miles de personas, y luego ser quemado vivo dando testimonio de su fe, muriendo de forma ejemplar, con paz, con serenidad, perdonando a sus perseguidores? Es imposible. Sin la gracia de Dios, es imposible.

Pero el que no cede, el que no abjura, el que no pisotea a Jesús, el que le ama hasta el final, no es un estúpido. No le obliga ningún código. Ninguna moral. No hay ningún instructor que te diga haz esto. Le duele ofender a quien le quiere tanto. Le duele hacer daño a su Jesús, al que cuelga del madero por él. Es uno con Él.

La tontería esa de hacer una restricción mental, de pisar la cruz, de abjurar, para salvar las vidas de otros campesinos, pero siendo interiormente fiel, es un absurdo, para vivir vigilado sin fin, obligado a tomar como mujer una viuda. Es como si a tu mujer le dijeras, yo te quiero, pero para no hacerle daño a menganito, te soy infiel y me voy con otra. Eso no es amor, es cobardía. Y no me creo el bulo de que estos chavales que cruzaron medio mundo, y lo cambiaron, dejaran tirado a Jesucristo, al que traían todos los días al altar de la Santa Misa. Al que veían a través de los Sacramentos que administraban, haciendo milagros, día tras día.

Cuando Lutero rompe la Iglesia hace 500 años, la Iglesia estaba necesitada de una gran reforma, todos los sabían. Estaba llena de corrupción, nepotismo, etc. Y los que cambian el mundo, son los Jesuitas. San Ignacio, fue el reformador de la Iglesia. Sin El, no estaríamos aquí. Y algunos de sus hijos, llegaron a Japon al cabo de algunas décadas. Llenos de fuego y de pasión por llevar a Dios al otro extremo del mundo. No eran actores o directores de Hollywood forrados hasta las cejas, vendiendo motos políticamente correctas, ni querían ser adulados por la cla ignorante de turno.

Aquel que quiere seguirle radicalmente, aquel que prefiere hacerse pequeño, que sabe que eres todo exigencia Señor, y le sigue. Y cae, y le sigue. Y vuelve a caer, y le vuelve a seguir. Y te dicen: Jesús es una sombra, de hace 2000 años, que ya pasó. Y tú sabes que no. Él, es el Amor más grande. Y te duele tu desamor. Te duele hasta el respirar, porque sabes que Él te busca. Y le buscas. Buscas lo que dice en su Palabra, una y otra vez. Lo lees, hablas con los que le conocen y le aman más que tú. Y le sigues de lejos, sin darle alcance.

Y vuelves a bucear en el Sagrario, allí está escondido, humillado hasta la locura por ti. Dependiendo de que le traigas a la tierra, tu frágil sacerdote jesuita. Lo metes en la tierra, en las islas, en el alma de aquellas almas más grandes que el sol que adoraban antes. Joyas preciosas conquistadas, para tu Rey, que sólo quiere reinar en sus corazones. Mi reino no es de este mundo. Yo he venido a Reinar dentro de vosotros, y allí donde Yo reine, será un reino de paz, de justicia, de caridad. Será el Reino de los Cielos, que está dentro de vosotros.

Así cuando os persigan y os calumnien, no temáis. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Por eso, los mártires, no morían desgraciados. Morían, muchos cantando, rezando. Es una gracia. No todos lo lograron. Pero miles de ellos sí. Y por delante de ellos iban los sacerdotes Jesuitas.

Y entonces, señor Scorsese, ¿me dice usted a mí que ese campesino japonés colgado de un madero a la orilla del mar, aplastado por el pecado del mundo, muere como si fuera un microbio aplastado por Satán? No. Mi campesino murió sufriendo, pero, murió lleno de serenidad. Alegre, en paz. Y los que ardieron, ardieron cantando. Rezando. Y a los que cortaron las cabezas, murieron serenos, contentos. Porque su Señor, que es Dios, no les abandonó. Porque para Jesús, lo importante es reinar en los corazones que le quieren. Y a esos no les abandona. Y esos corazones prenden a otros. En Japón llegó a haber más de 200.000 cristianos. Luego murieron miles, en las persecuciones, y la Fe se escondió en la clandestinidad, quedándose sin sacerdotes, durante más de 200 años aislados.

Los sacerdotes europeos le dejaron dicho a los japoneses 200 años antes, algo que sería utilizado como una señal y que ellos preservaron oralmente: “La Iglesia retornará al Japón, y ustedes lo sabrán por estos tres signos: los sacerdotes serán célibes, habrá una estatua de María, y ellos obedecerán al Papa-sama en Roma”. Y eso es lo que preguntaron a los primeros sacerdotes que volvieron a Japón en 1865.

No nos dejas ¡nunca! ¡Nunca los abandonaste!

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