El silencio de los pastores

Siempre he creído que nuestros pastores no deben prodigarse en cuestiones sujetas al debate político, pero este criterio prudencial no p…

Siempre he creído que nuestros pastores no deben prodigarse en cuestiones sujetas al debate político, pero este criterio prudencial no puede confundirse con el silencio del cementerio, porque existen ocasiones en las que la palabra alta, clara y fuerte debe hacerse oír en un mar de ruidos. Los católicos, necesariamente, y las gentes en general, tienen derecho a saber qué dice el Magisterio de la Iglesia sobre determinadas cuestiones, porque esto también es evangelizar. Esto es hablar, como San Pablo, en Areópago. Es la palabra que permite no vivir en la ignorancia o el despiste, más infrecuente cuando se trata de leyes del Estado, muy abundante cuando se refiere a la legislación autonómica, que además es tramitada con suma discreción y a la que los medios de comunicación no le otorgan una gran atención. Cuando escribo esto tengo, por tanto, en la cabeza, determinadas leyes autonómicas que afectan a esta o aquella comunidad, o que todavía están en trámite en su parlamento, y no a leyes estatales. Incide solo sobre determinadas iglesias diocesanas, las concernidas por aquellas normas, que en su fase de elaboración y aprobación han registrado, o registran, un clamoroso silencio de los pastores.

Pero, ¿en qué temas, en que ocasiones, es necesaria la palabra pública del pastor en medio de la plaza pública? El discernimiento es suyo, claro está; aunque, obviamente, este derecho incuestionable que nace de su autoridad no impide señalar unos casos objetivos bien evidentes a la luz de la enseñanza de la Iglesia. Uno de estos casos es cuando la ley choca frontalmente con enseñanzas fundamentales de la Iglesia. El ruido, la saturación informativa, es tan grande que hablar fuerte en estas ocasiones resulta imprescindible, para entender el significado de algunas leyes. También lo es cuando una legislación resulta frontalmente contraria a la ley natural, compartida por muchas personas con independencia de si siguen o no a la persona de Jesucristo. Hoy, en nuestra sociedad y en términos reales, la Iglesia es la institución con mayor capacidad para defender la ley natural, y esto le confiere una especial responsabilidad. Finalmente, tercera gran razón, es la de las legislaciones que limitan, impiden y castigan la libertad de la palabra religiosa, de su enseñanza, y agreden a sus instituciones. Entonces, qué duda cabe que es necesario hablar y decir lo que sucede. La cuestión no es menor. ¿Cómo se va a pedir el testimonio público del cristiano en cuestiones cruciales si los pastores no predican con el ejemplo?

La idea de que los pastores diocesanos solo deben pronunciarse sobre grandes cuestiones de ámbito autonómico en el marco de sus conferencias episcopales no puede ser una razón. La catolicidad tiene uno de sus rasgos esenciales en la continuidad apostólica, los obispos como sucesores sin interrupción de los apóstoles. Esta es una de las señas que identifican cuál es la Iglesia de Cristo. Un signo que ha dado incluso lugar a conversiones, como la de destacados miembros de la Iglesia Anglicana, empezando por el beato cardenal Newman. Jesucristo instituyó a los obispos y no a las conferencias episcopales como pastores responsables de sus fieles.

En noviembre de 2013, un excelente periodista, Antoni Puigverd, una persona de fina sensibilidad y que no se profesa católico, se preguntaba por qué Dios y su Iglesia parecen esfumarse, y explicaba la reflexión de la diócesis de Bolonia sobre esta cuestión. La conclusión era esta: “Los católicos del obispado de Bolonia solo aparecían en los medios cuando hacían alguna cosa que gustaba a los que poseían la hegemonía moral en aquel territorio. Se habla bien de la Iglesia solo cuando concuerda con los valores políticos e ideológicos de la cultura dominante. […] La Iglesia había querido seguir a la sociedad en lugar de intentar que fuera a la inversa”. Puigverd escribía esta referencia italiana en relación a Cataluña, pero creo que es generalizable a algunos otros lugares de España. Y contraponía este ir detrás con la fuerza de la renacida Iglesia francesa, un país y estado ciertamente difíciles para la voz católica: “La Iglesia francesa está preparada para dialogar con el mundo moderno sin necesidad de fundirse en él”. Y esto lo reitero, lo escribió alguien que no es católico, porque el Espíritu de Dios sopla donde quiere, sobre todo cuando se le cierran demasiadas ventanas.

Confundirse con el mundo es callar cuando la palabra del Evangelio es necesaria.

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