El síndrome de la selfie (I)

selfie

“Todo gira alrededor mío porque yo soy el centro cuando sea y como sea, ¿cómo no? ¡Aquí estoy yo, el mejor, el más guapo, el más dotado!”, parece que van diciendo mientras los ves acercarse… Pero los hay muy sofisticados que van de payaso pillín muy humildico para colar mejor ellos y su relato. Y es que viven en permanente tensión, por ser en todo momento el centro de todas las miradas, lo cual les provoca una ansiedad que saben disimular con degeneradas humildades, una tras otra, capaces como son de falsear cualquier situación desde su perspectiva para, escurriéndose por entre las cloacas, imponer su versión de la película, esa que empezaron a rodar cuando descubrieron el poder de la imagen y la imagen de la palabra. Parece que tengan el éxito asegurado en todas sus empresas, desde el chiste más ingenioso hasta la política de primera línea, siempre en camaradería con la multitud como premio, cuanto más visibles mejor. No es de extrañar, porque dominan el politiqueo en cualquier salsa, pues es simple su objetivo: el interés, y sencilla su estrategia: la mentira. Aciertan en todo lo que dicen, porque todo lo que dicen es cierto desde su prisma, jugando siempre entre dos aguas buscando entre los mejores postores el sol que más calienta. Por eso se venden fácilmente ya en sus tímidos escarceos juveniles más precoces, y posteriormente en sus primeros trabajos, y ¡de ahí, arriba!, que el terreno es propicio. Para quien los reconoce y no lleva más intención que la defensa a ultranza de los de su propio gremio, son todo un hallazgo, pues, como la mentira llama a la mentira, saben que con ellos y la jeta que tienen conseguirán seguir adelante ambos con su impostura, porque no dudan que ofreciéndoles un cargo con cierto reconocimiento y más dinero los tendrán en la palma de la mano. Y así progresan y van progresando… ¿De qué nos extrañamos si en la tele todo son corrupciones y corruptelas, si ya desde que salen de la cáscara son mequetrefes y mequetrefas “que van fuerte”? ¿Cómo será posible que un colgajo de esos, que se escandalizan y pregonan cualquier desliz involuntario esporádico y menor que tiene en su vida cualquier hijo de vecino (no nos engañemos tampoco, pues todos somos pecadores), cómo será posible que un pendón de esos, que ni rectifica ni perdona pero pasa cuentas a todo el mundo con neta corrupción espiritual, no pendule entre unos y otros permanentemente, y cuando salga en la tele, su caída no sea también de película? ¡Pues muy fácil, hermano! ¡Lo ha hecho siempre, y por eso lo han aupado siempre! Ahí queda.

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