El tiempo de trabajo: no es oro todo lo que reluce

Existe la idea generalizada de que es necesario que todo el mundo trabaje a cambio de percibir un salario. Todo lo que no sea esto carece de valor par…

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Existe la idea generalizada de que es necesario que todo el mundo trabaje a cambio de percibir un salario. Todo lo que no sea esto carece de valor para el desarrollo económico de la sociedad.

Esta formulación encierra un falseamiento de la realidad que puede conducir a conclusiones contrarias a los fines que se persiguen. Es decir, a la mejora de las condiciones de vida.

Este error de percepción nace de la forma en que se mide la riqueza, el Producto Interior Bruto (PIB), que no contabiliza todo aquello que no está monetarizado, que no posee un valor de mercado. Esto comporta no solo desviaciones cualitativas; para el PIB es igual producir bombas de fragmentación que productos textiles.

También hay graves omisiones cuantitativas que desdibujan toda la valoración. Por ejemplo, supongamos que hubiera un país que tuviera un solo hospital donde todos los que trabajaran percibieran un salario; en el país de al lado, otro hospital de idéntica dimensión tendría un 30% de personal voluntario, religiosas, miembros de ONG, que no percibirían ningún salario. El primero poseería una incidencia positiva sobre el PIB mucho mayor que el segundo.

Todo esto se hace todavía más evidente contemplando la familia. El trabajo doméstico no está contabilizado en el PIB a pesar de que es una obviedad que tiene un valor económico importante, como se verifica cuando una familia sustituye las tareas de uno de sus miembros por la contratación de un personal externo.

Existen evaluaciones sobre su importancia. Es el caso por ejemplo de España y algunas comunidades autónomas, como Cataluña, y su valor se sitúa entre el 25 y el 40% de la renta, lo cual es mucho incluso en la hipótesis menor. Esto, si se aplicara otro sistema de cálculo más realista, haría que las diferencias de renta entre determinados países del norte y del sur de Europa tenderían a reducirse.

Pero además de estas cuestiones directamente medibles, el efecto de que todo el mundo en edad activa trabaje en una sociedad a jornada completa, hombres y mujeres, padres y madres, prescindiendo de sus situaciones concretas, tienen otros efectos negativos relacionados con dos tipos de capital imprescindibles para el desarrollo: el capital humano y el capital social.

Ambos están estrechamente relacionados y tienen su origen en la familia. Hoy en día es ya una evidencia que el rendimiento escolar de los hijos no depende tanto de la escuela como del tiempo de dedicación de los padres, así como de su nivel cultural, de estudios, y de renta, pero donde el factor determinante es la dedicación, y esto exige tiempo. Un tiempo no directamente laboral, pero de elevado rendimiento para el futuro de aquel hijo, y para la sociedad.

Por otra parte, que exista capital social depende de la cantidad de personas que intervienen en organizaciones y actividades de carácter cívico, social, asociativo, que construyen una red de relaciones y son generadoras de confianza.

Pues bien, en este capítulo está comprobado que a mayor número de horas trabajadas menor dedicación a este tipo de actividades. Las personas de bajos ingresos pueden contribuir con menos capital social.

También se ha observado en EEUU que el aumento de la plena dedicación laboral de las mujeres ha podido contribuir de una manera decisiva a la declinación del capital social en la generación pasada, un aspecto éste que al menos en aquel país se está corrigiendo en parte. La dificultad objetiva que existe para medir el capital social no implica desconocer la importancia de su presencia y registrar sus efectos.

Hay más factores que inciden negativamente sobre el capital social. Por ejemplo Puttman, un clásico en este terreno, señala que el fraccionamiento multiétnico de una comunidad dificulta la generación de capital social, así como también el factor inmigratorio que necesita mucho tiempo para integrarse.

Esto no debe ser entendido como un discurso contrario a la inmigración, sino como una apreciación objetiva de las contrapartidas que comporta y, por consiguiente, de las políticas que es conveniente desarrollar.

En resumen, el aumento de la tasa de paro es malo, porque significa que hay personas que quieren trabajar y tienen un tiempo laboral cero, pero la existencia de hogares donde todos los adultos estén absolutamente ocupados a lo largo de ocho o más horas de trabajo, tampoco es un objetivo deseable, no solo para la realización humana de aquellas personas y aquellas familias, sino para la obtención de un desarrollo económico a largo plazo.

Los poderes públicos locales autonómicos y estatal, debería impulsar políticas que permitieran un mejor reequilibrio del factor trabajo, así como una conciliación efectiva de la vida laboral y familiar.

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