‘Empoderar’, un verbo en boga que (me) suena mal

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‘Empoderar(se)’ es un antiguo verbo caído en desuso cuyo significado era ‘apoderar(se)’. Pero dada la supremacía lingüística del inglés y su influencia creciente en nuestro mundo, desde hace unos años hemos vuelto a recuperar ’empoderar’ para, según dice el Diccionario panhispánico de dudas, hacer con él, un «calco del inglés to empower, que se emplea en textos de sociología política con el sentido de ‘conceder poder [a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente] para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida’».

No deja de ser chusco -admítase este témino castizo- que, para alinearnos con la terminología foránea, vengamos a rescatar del trastero de nuestra lengua una palabra española pero para usarla no con su significado original, sino con el del original inglés que hemos calcado. Ese significado calcado, que es con el que se emplea en la actualidad, el Diccionario de Lengua de la RAE lo ha dejado establecido así: “Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. Y esto a lo mejor resulta ser una acción estupenda y hace bien a los empoderados, pero a mí, como digo en el título, me suena mal. Diré por qué.

Me suena mal por dos motivos: en primer lugar, porque entiendo que en la génesis de ’empoderar’ hay un revuelto ideológico de filosofía marxista y nietzscheana, que por otra parte no se muestra a las claras, sino que permanece oculto; y después, por el contenido del término.

Con la la caída del muro de Berlín primero y la posterior desaparición de los regímenes comunistas de la antigua URSS y sus adláteres europeos, ser marxista pasó a estar mal visto. Las ensoñaciones con el marxismo teórico, el único que en esa época seguía existiendo en forma idealizada, se fueron desvaneciendo y tanto los partidos, que viven del voto ciudadano, como aquellos individuos que viven de los partidos, acabaron por despojarse formalmente las referencias marxistas, las mismas referencias de las que tan ufanos se sentían años atrás, y que habían venido propagando por los cinco continentes y defendiendo con uñas, dientes y a tiros allí donde juzgaron preciso.

Tras el abandono del marxismo, la izquierda mayoritaria, la de masas, entró en una crisis de identidad de la cual no se ha repuesto aún. La renuncia formal al marxismo se impuso como obligatoria por su propio peso, pero acarreó un problema que esa misma izquierda sigue sin resolver y es el de encontrar otra ubre teórica que sustituyera a la depuesta. El derrumbamiento de los regímenes comunistas europeos sorprendió a todos, y muchos marxistas convencidos no tuvieron más  remedio que admitir que el marxismo se había arranciado, pero no se encontró, ni se ha encontrado todavía, otro cuerpo de doctrina que ocupe su lugar. El marxismo estaba plagado de errores de planteamiento que a su tiempo fueron denunciados desde mil instancias, pero tenía a su favor que era una cosmovisión, una ideología, un planteamiento global que servía para entender y organizar la totalidad de la vida, tanto de los individuos como de las sociedades. Para quienes no supieron ver sus errores, o se resistieron a aceptar las denuncias, había al menos un cuerpo de doctrina al que agarrarse.

Pero después no. A falta de una construcción teórica consistente (falsa, pero para los marxistas era consistente), la necesidad de llenar ese vacío ha venido a cubrirse sustituyendo la doctrina original totalitaria con diversas propuestas sectoriales. He aquí algunos: igualitarismo, feminismo, aborto, animalismo, ecologismo político, anticapitalismo, homosexualismo, teoría de género… Y en los últimos años se ha añadido la propuesta del empoderamiento, que a mí me trae resonancias de la antigua lucha de clases. No digo que sea lo mismo, pero sí veo dos similitudes: los proletarios del marxismo son sustituidos por los desfavorecidos y tanto a aquellos como a estos se les insta a convertirse en poderosos. Ya sé que se trata de distintos enfoques sobre el poder y de distintas estrategias, pero el objetivo es el mismo: tener poder. Además, hay una ausencia que resulta ser clave y por la cual el empoderamiento no me resulta grato y que también se daba en el marxismo, y es que no se fundamenta en el concepto de persona, sino en el de clase. El sujeto no es la persona, sino los colectivos, la masa. He echado una ojeada en internet para ver quiénes son los destinatarios del empoderamiento y veo que a quien se dice querer empoderar es a los desfavorecidos, a las mujeres, a los niños, a los pacientes hospitalarios o médicos, a los discapacitados, a los inmigrantes, etc., pero dicho así en plural, formando clase.

Por otra parte, el deseo de poder me trae también otras resonancias de la filosofía de Nietzsche y su modelo de construcción humana que él fija en el superhombre (“la especie más alta de lo existente”), aquel que supera al hombre que hasta Nietzsche había existido y que se mueve por la “voluntad de poder”, entendida esta como autoconstrucción personal sin ningún tipo de limitación.

Cuando se trata de tomar postura sobre las ideas, cada cual se apunta a lo que le convence, a lo que mejor le parece o a lo que estima oportuno. Ahora bien, las ideas tienen sus consecuencias y aquí reside el valor inmenso e imperecedero de la filosofía. Si las ideas no traspasaran el campo de la discusión dialéctica, resultaría muy complicado demostrar su acierto o desacierto, pero ocurre que el hombre es un ser pensante y a la vez es un ser fáctico, un ser que piensa y actúa, por lo cual las ideas tienen la virtualidad de informar la acción, de traducirse en hechos que afectan a la vida de personas, a sus familias y a comunidades enteras. Cuando eso ocurre, las ideas ya no pueden ser tomadas solo como los elementos propios de un campo de refriegas intelectuales, sino como agentes que entran a formar parte de la configuración de la sociedad y de las leyes por las que se rige, de los modos de vida y de la cultura, y, en consecuencia, deben ser extendidas si hacen bien y combatidas cuando se muestran perjudiciales.

Porque son las obras las que dan la medida de las ideas y demuestran su validez. “Los hechos dan razón de la sabiduría de Dios” (Mt 11, 19) y los hechos dan razón también de la verdad o de la falsedad que hay en las ideas de los hombres, de su bondad o maldad. Por eso si nos remitimos a hechos que ya están registrados por la historia reciente, yo no puedo aplaudir al marxismo ni al vitalismo nietzscheano. Y por eso mismo, si ahora se nos vende un revuelto de ambos bajo la etiqueta del empoderamiento, yo tengo que decir que a mí no me gusta y que no espero nada bueno de su puesta en práctica, como se puede comprobar en un ejemplo bien concreto, el de la adolescencia, sector de población, que según opinión ampliamente extendida, anda falto de autoridad al tiempo que está sobrado de empoderamiento.

En cuanto al contenido, creo que hay un gravísimo error cuando se presenta como objetivo deseable el logro del poder, se entienda este como el poder político, económico o como autosuficiencia del individuo. El error, a mi modo de ver, radica en entender que la persona se realiza más como tal persona en la medida en que disponga de más poder. Pero esto, dicho en términos absolutos, no es cierto; lo que construye a las personas no es el poder que reciben, que tienen o que conquistan, sino la autoridad que puedan ir acumulando a lo largo de la vida. Si se trata de educar, lo que hace bien no es dar poder al niño o al joven, sino rodearle de una autoridad ejercida con serenidad y seguridad, con cabeza y con mucho afecto, que todo ello es compatible.

No es lo mismo el poder que la autoridad. Los romanos distinguían con mucha claridad entre la auctoritas y la potestas. Lo ideal sería que se dieran juntos y que el poder estuviera en manos de quienes se han hecho acreedores a una autoridad reconocida. Pero eso se da solo en contadas ocasiones, siendo más frecuente que quienes tienen una autoridad bien ganada no dispongan de poder y quienes ostentan poder sean hombres y mujeres sin ninguna autoridad. El poder es la capacidad de entrar en la vida de los demás y decidir sobre ella, mientras que la autoridad, en su sentido más genuino, es la capacidad para hacer crecer a los demás, para favorecer su desarrollo personal. El poder necesita de la coacción, la autoridad del prestigio; el poder no tiene por qué convencer, la autoridad convence por sí misma. Al poder se accede por diversos medios, se puede llegar de pronto y en muchas ocasiones sin mérito ninguno; la autoridad hay que ganársela día a día, con esfuerzo, con honradez, con bondad, con buen juicio, con la práctica de la virtud, con el bien hacer.

Nuestra sociedad no padece crisis de poder, pero sí de autoridad, largamente arrastrada; aquí hay muchas personas con grandes parcelas de poder y hay escasez de referentes de autoridad. No veo que necesitemos ser empoderados, sino respetados en nuestra dignidad y en nuestros derechos, tener expedito el campo de nuestro desarrollo personal y vocacional para poder hacer fructificar los propios talentos sin restricciones, y, cuando haga falta, ser ayudados y socorridos en las eventuales necesidades que puedan presentársenos a cada uno. Esto es algo que nos afecta a todos, pero especialmente a niños y jóvenes. Y en cuanto a los grupos más vulnerables, además de requerir lo mismo que los demás: respeto, reconocimiento, promoción personal y ayuda proporcionada, hay algo especialmente necesario, que es estar rodeados de un ambiente (familiar, escolar y social) sano y no competitivo.

Voy a decir más. Probablemente empoderar no sea exactamente lo mismo que ensoberbecer, pero yo los sitúo en un mismo continuo semántico porque los veo en un mismo camino, el de la altanería. Y esto ya me parece más peligroso. Bastaría con que hubiera riesgo de ensoberbecimiento como para tentarse las mientes antes de intentar empoderarse o empoderar a otros.

Ahora ya toca ir poniendo fin a estas reflexiones, y para hacerlo, recurriré al mejor ejemplo del cual podemos echar mano los cristianos: Jesucristo. Jesucristo, para llevar adelante la misión con que fue enviado al mundo, “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7) con lo cual hizo una renuncia expresa al ejercicio del poder en el sentido terreno del término, dejando su grandeza y majestad infinitas veladas a los ojos de sus contemporáneos. Es verdad que siempre que juzgó oportuno mostró y aplicó el poder de hacer signos y prodigios, expulsar demonios y manifestar un dominio perfecto de todas las circunstancias en las que se desenvolvió, pero rehusó expresamente todo tipo de poder político, económico o de influjo social. En cambio a lo que nunca renunció fue a su autoridad, de la que fue muy celoso, la ejerció de diversas maneras y además la transmitió a sus apóstoles. Dicho en negativo: Jesucristo se desempoderó voluntariamente a sí mismo desde su nacimiento pero no se desautorizó ni permitió ser desautorizado jamás.

Habrá quien piense que este es un ejemplo extremo. No exactamente. Sí es el ejemplo de quien “amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), y bien caro que le costó, pero no para convertirse en una figura admirable y distante, fuera de nuestro alcance, sino lo contrario: “Cristo sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 P 2, 21).

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