¿En manos de quién está Europa?

La respuesta formal es obvia: de las instituciones europeas, Consejo, Comisión, Parlamento, y de los gobiernos de los estados miembros democráticamente elegidos. Pero esta definición es, precisamente, la que está detrás de la incertidumbre de la pregunta porque resulta difícil de entender determinadas fijaciones que padece la política europea. Entender no significa estar de acuerdos esto es evidente, sino ser capaz de explicarse a través de explicaciones racionales y efectos causales.

Podemos entender, que no compartir, la debilidad de su política exterior, la incapacidad para abordar resolutivamente, de acuerdo con sus principios, la situación de los refugiados, la política económica que determina Alemania. Todo esto, mejor o peor, tiene una explicación racional, guste más o menos. Lo que carece de ella es el trato que se da a determinadas situaciones, siempre las mismas.

Empezó con el lío ucraniano. Lo que podía ser un buen asunto para todos, un acuerdo a tres bandas entre aquel país, la UE y Rusia, se ha transformado en un conflicto larvado que ha hundido la economía ucraniana, y ha abierto un duro conflicto con Rusia, cuando debería ser un socio necesario.

Se aceptan los desmanes turcos, asumiendo que declare la guerra a una parte de su población, los kurdos, con tanques y aviones bombardeando ciudades. Se acepta su censura cerril, la detención de opositores, periodistas, la remoción de jueces molestos, el que juegue con el grifo de los inmigrados y su colaboración con el Estado Islámico. A pesar de todo ello, se anima al gobierno de Ankara con promesas de integración en la Unión. Turquía, a su vez, beligerante con Rusia hasta el extremo de haber derribado injustificadamente un avión de aquel país, es un problema para Europa, y no una solución

Pero, toda la generosidad interpretativa con los desmanes turcos se convierte en insólita exigencia hacia los gobiernos de dos países importantes para la realidad europea, Hungría, primero, y ahora, Polonia, a los que se les acusa y presiona de no actuar de acuerdo con los fundamentos democráticos de la Unión. Abren un expediente a Polonia al mismo tiempo que el gobierno de Hollande y Valls en Francia, han establecido unas medidas legales para luchar contra el terrorismo que sí vulneran los derechos civiles de sus ciudadanos. A pesar de ello, Bruselas no ve el más mínimo problema, como no lo ve con la abusiva medida de requisar los bienes de los refugiados que ha puesto en marcha Dinamarca.

Para redondear el conflicto con Rusia, el sobrino europeo de Estados Unidos, el Reino Unido, acusa a Putin de estar “probablemente” vinculado al asesinato del espía Litvinenko. Es una frivolidad y una agresión política. O se le acusa, y salga el sol por Antequera, o no, pero no puede hacerse pública una responsabilidad “probable”. Esto lo puede decir un periodista pero no un juez.

¿Por qué el empecinamiento con Rusia, a quien necesitamos, con Polonia y Hungría, cuyos gobiernos han sido refrendados por mayorías amplísimas, y a su vez, tanta generosidad hacia otros que encarnan actos mucho peores?

Desconocemos la respuesta, pero sí podemos decir que no responde a ninguna lógica favorable a Europa, todo lo contrario. Parece como si un sottogoberno hubiera dictaminado que todos aquellos países cuyos gobiernos no están adheridos en cuerpo y alma (bueno esto último no, porque no creen que exista) a una concepción neoliberal, guiada por las políticas del deseo y el pensamiento políticamente correcto enmarcado por la ideología de género, fueran necesariamente enemigos de Europa y su legado democrático y social. De ser así -es una mera hipótesis- habría que decir que no, que todo esto, neoliberalismo, perspectiva de género, materialismo liberal, exclusión de la idea de Dios del espacio público, es precisamente la excrecencia añadida que poco tiene que ver con el legado de los fundadores de la Unión.

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