Encadenados al deseo: de la ideología de género al transhumanismo (y VII)

Transhumanismo e indefensión política

El transhumanismo y su secuela son el estadio final de la sociedad desvinculada, surgida de la razón secular (enlace), y su aceptación en el plano político, impulsado por esos agentes tan poderosos de la desvinculación que son la razón instrumental y el mercado. Parte además de una ventaja, la de no encontrar resistencia política porque la ideología de género ha destruido todos los limites relacionados con el deseo. La historia de la humanidad es la del encauzamiento del deseo, las vías han sido diferentes, pero la finalidad idéntica: ordenar el poderoso deseo humano a la vida realizada en el bien, y esta concepción del bien es la que marcaba la diferencia entre las distintas vías: Budismo, Confucionismo, Hinduismo, Islam, Judaísmo, Cristianismo; las grandes escuelas filosóficas: neoplatónicos, epicúreos, aristotélicos, el orden republicano romano. La coincidencia es evidente: los deseos, y sobre todo su manifestación pasional, de dependencia, debe ser encauzada. Claro está que han habido excepciones, pero precisamente son eso, han significado intentos en los márgenes que han quedado barridos por el viento de la historia. Hasta llegar a nuestro tiempo. La política occidental, Europa, Canadá, Estados Unidos, una fuerte penetración en América Latina, y un ambivalente Japón, si no cambian radicalmente serán conquistadas por las ideas y el dinero del transhumanismo, la ideología, porque de esto se trata, que ofrecen aplicar la ciencia y el desarrollo tecnológico, superar los límites humanos: muerte, vejez, inteligencia, incluso belleza. Es la versión tecnológica de Fausto. ¿Quién podrá resistir la promesa de una vida eterna, la perfección racial, la carencia de sufrimiento, la reconfiguración de la realidad, en definitiva, la satisfacción de todos los deseos? Detrás de este discurso no hay iluminados -al menos no solo- sino potentes empresas y buena parte de sus directivos: Google, Microsof, Appel…, es, digamos, el Silicon Valley como la “Nueva Roma”. Su capacidad de influir en nuestra información y cultura es brutal, como nunca ha tenido una ideología. Detrás de todo esto hay un negocio inmenso, pero con un añadido, como todo “business” grande dispone de una ideología -eso no es nada nuevo- pero en este caso el proyecto ideológico no solo justifica el negocio, sino que lo genera. Su idea es precisa. La muerte no da sentido a la vida, nuestra base biológica nos hace sufrir, necesitamos otro tipo de soporte material; la única moral que cuenta es el no sufrir. Naturalmente y en el mejor de los casos, en el peor es el fin del sentido humano, esta ideología comporta una división radical extrema. A un lado, la minoría privilegiada que puede pagarse los cambios, y así acrecentar su fuerza y privilegios; al otro, los desposeídos, incluso el posible sentido de la vida. Es posible concebir una sociedad así, donde una masa de parados de larga duración, subocupados y lumpens vegeten en unas vidas de alienación, y adicciones inducidas por el poder, que se reduce con el paso del tiempo por falta de descendencia, y la promoción de la “muerte digna”, una actividad económica productiva y altamente robotizada, al servicio de la elite transhumana. ¿Ciencia ficción? No, pura dinámica política. Con este desafío, el cristianismo sufrirá, porque será el único reducto a batir, el que da sentido a la muerte y al sufrimiento, y esto es un anatema intolerable. El transhumanismo, como el nazismo, tiene mucho de religión y no va a tolerar la competencia. Seria inteligente responder a tiempo al nuevo desafío, antes que se convierta en una corriente imparable. VER: Encadenados al deseo: de la ideología de género al transhumanismo (VI)

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