Enseñanza: ¿por qué les va peor a los chicos que a las chicas?

Los datos sobre la situación de la enseñanza en España son abrumadores una vez más. Los informes de la OCDE para el 2007, de PISA, otros estudios terr…

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Los datos sobre la situación de la enseñanza en España son abrumadores una vez más. Los informes de la OCDE para el 2007, de PISA, otros estudios territoriales como el de la Fundación Bofill, no agotan ni mucho menos la lista.

El resultado es conocido: la situación es mala, existen grandes diferencias entre comunidades que ejemplifican bien La Rioja, Navarra y el País Vasco para lo bueno, y Andalucía para lo malo.

Se ha mostrado también las considerables diferencias de nivel entre la escuela concertada y la pública, cosa que no puede extrañar a nadie dado el desorden a que está sometida esta última, donde confluyen profesores vocacionales de grandes capacidades pedagógicas con personas sin otra vocación que conseguir un puesto de trabajo fijo; donde se encuentran mezclados maestros que aman su trabajo y la tarea de enseñar con “ideólogos post revolucionarios” que no hacen otra cosa que adoctrinar a sus alumnos en sus personales y peregrinas ideas.

En la escuela pública no existe autoridad en demasiados casos, ni control de calidad, ni un ideario de centro que permita diferenciar lo bueno de lo malo, entre otros defectos.

Pero de lo que no se ha escrito nada es del terrible desequilibrio que existe entre chicos y chicas.

Cuando se dice que el fracaso escolar en España está situado en el 30%, una cifra tremenda que duplica la media europea, se está omitiendo la gran diferencia que hay en relación a si consideramos el grupo de los alumnos o de las alumnas.

Entre los chicos el fracaso escolar supera ampliamente el 40%, lo que significa, en la práctica, dado el contingente de aprobados con asterisco, -aquellos que pasan curso aunque carezcan de nivel- que la mitad o más de nuestros jóvenes carecen del nivel educativo básico que les corresponde.

En las chicas las cifras, sin ser buenas, resisten mucho mejor la comparación con Europa porque se sitúan en el veintitantos por ciento.

Este hecho va a acentuar el abismo que se da entre hombres y mujeres en la población comprendida entre los 25 y 29 años, es decir los que ya han cursado estudios.

En España, y para este intervalo de edad, solo el 19% de los hombres tenía un nivel de educación terciaria (datos INE, 2001), mientras que para las mujeres la cifra asciende al 29%, 10 puntos porcentuales más es muchísima diferencia.

Un tercio más de mujeres tienen título superior. A la inversa, los que poseen solo la educación obligatoria son el 51% en los hombres y el 40% en las mujeres. En los niveles intermedios, secundaria post obligatoria y formación profesional, los datos son prácticamente iguales entre uno y otro grupo, siempre con una muy ligera ventaja de las mujeres.

En las comunidades que presentan unos mejores niveles de capital humano, porque de esto estamos hablando, las diferencias tienden a crecer todavía más. En Navarra los hombres significan solo el 25% de la educación terciaria superior, mientras que las mujeres son el 40,5. En Madrid el grupo masculino alcanza el 31% mientras que el femenino se eleva hasta el 41% En el País Vasco, de teórica tradición machista, los hombres solo poseen título superior en el 27% de los casos, mientras que las mujeres alcanzan el 41,5

Esta situación no es buena porque refleja que en las generaciones más jóvenes se está produciendo un desequilibrio excesivo en contra de los hombres, sin que esto sea objeto de debate ni de análisis.

Es evidente que de la exposición de estos datos, que forman parte del estudio recientemente hecho público del BBVA sobre la situación económica de Cataluña, ningún malpensado debe inferir que nos estamos quejando de que las mujeres tengan un nivel superior, sino del desequilibrio, es decir que en contra de lo que predica la ideología de género, los que deben suscitar preocupación y atención pedagógica son los hombres, porque de lo contrario en muy pocos años tendremos un país donde la mitad de ellos tendrán un nivel educativo limitado a la fase obligatoria. Esto es, muy poco y sin posibilidades de competir en un mundo globalizado, donde los conocimientos son los que van a determinar su renta futura.

Además este tipo de datos tiene implicaciones graves a largo plazo, porque previsiblemente va a incidir de una manera no prevista en una acentuación de la caía de la tasa de natalidad, que ya de por sí es muy baja, porque en muchos hogares quien deberá pilotar la economía en razón de sus mayores ingresos será la mujer, y le será mucho más difícil asumir la media jornada o quedar liberada durante un determinado tiempo, el que se necesita para parir y cuidar al menos durante uno o dos años a sus hijos.

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