Eran tan moderados que llamaron al comité vecino para matar a los maristas

El comité de Estopiñán no se atrevía a matar a los maristas que le pidieron un salvoconducto, y pidió al comité de Alguaire que lo hiciera

Entre las víctimas de la violencia revolucionaria del martes 11 de agosto de 1936 han sido beatificadas doce: tres maristas asesinados en Saganta (Huesca) y dos -los hermanos Benigno José y Adrián– en Paracuellos de Jarama (Madrid); dos hospitalarios en Valencia y dos laicos –Carlos Díaz García y Rafael Alonso Gutiérrez– en una localidad (Agullent) de esa misma provincia; un lasaliano -el hermano Justino Gabriel, sádicamente torturado- en Peñíscola (Castellón); un salesiano –Miguel Domingo Cendra– en Tarragona; y el padre Teófilo de los Sagrados Corazones -Benjamín Fernández de Legaria Goñi– en El Escorial (Madrid).

Como eran moderados y no se atrevían a matarlos, llamaron al comité vecino
Marcos Leyún Goñi (hermano Emiliano José), de 38 años, de Sansoain (Navarra); Francisco Donazar Goñi (hermano Andrés José), de 42 y también navarro de Iroz; y Julián Lisbona Royo (hermano Timoteo José), de 44 y de Torre las Arcas (Teruel), serán los primeros en morir entre los maristas beatificados de la comunidad de Les Avellanes (Lleida), donde residían 120 en 1936. Los tres eran de origen humilde y se dedicaban a tareas manuales: el hermano Emiliano era electricista, pero lo acababan de mandar a Les Avellanes para ocuparse de la lavandería; el hermano Andrés era albañil y el hermano Timoteo se encargaba de la huerta. En la localidad de Les Avellanes, según el informe (estado 3) que firman en 1938 para la Causa General (legajo 1461, expediente 12, folio 10) el alcalde y el secretario, la revolución llegó el 27 de julio «en la madrugada» de mano de «unos obreros procedentes del Convento de Avellanes, perteneciente al municipio de Os de Balaguer», que «entraron al pueblo armados con algunas escopetas de caza y recorriendo las casas en que se hospedaban obreros que residían accidentalmente en el pueblo, invitaron a unos y obligaron con violencia a los que se resistieron para quemar la iglesia». Al dispersarse la comunidad marista, los tres hermanos citados se encontraron con los novicios en el pueblo llamado Vilanova de la Sal.

Según la positio de su causa de beatificación, «cuando los milicianos empezaron a asesinar a algunos hermanos y quisieron arrestar a otros, nuestros tres hermanos decidieron trasladarse a Navarra pasando por Aragón. Llegados al pueblo de Estopiñán, les informan que el comité revolucionario del pueblo es moderado. Los tres hermanos, cansados de la caminata, acuden a él para solicitar un salvoconducto que les garantice un viaje más sosegado. En realidad, son arrestados, encarcelados y su ejecución decretada». El comité de Estopiñán no se atreve a encargarse de la ejecución y llama al comité de un pueblo cercano: «El día siguiente, los milicianos de Estopiñán informan a los de Alguaire para que vengan a matarlos, pues ellos no se atreven. En efecto, llegan y con el pretexto de liberarlos, los sacan de la cárcel… invitan a los hermanos a que se alejen por las tierras, y así los asesinan por la espalda».

Según este relato, los llevaron a cinco kilómetros de Estopiñán del Castillo, supuestamente en dirección a Saganta, que dista ocho kilómetros y medio por caminos de tierra. La señora Joaquina Vidal Cama, que asistió a la escena, contó los pormenores: «Estaba yo en la ventana de mi casita de campo. Vi llegar al camión. Estaba preparando la merienda. Era por la tarde. La curiosidad y el horror que experimentábamos en aquellos terribles días, me llevaron a interesarme en aquel camión que se detenía a lo lejos. Enseguida vi que bajaban a un hombre. Se oyó un disparo. Luego bajaron dos hombres. Se oyeron otros disparos, yo diría más bien pocos, quizás uno por cada uno… Los que los asesinaron vinieron a nuestra casa y le dijeron literalmente a mi marido: “Vaya a enterrar a esos tres animales”. Fue más tarde cuando supimos que se trataba de tres religiosos». Los verdugos les habían puesto la boina en la cabeza para disimular el tiro de gracia. Cuando preguntaron a la señora Vidal por qué habían matado a estos tres hermanos, la respuesta de esta campesina fue: «Les mataron porque eran frailes. ¡Mataron a tantos!». Sobre la tumba, ella había plantado una simple cruz, y regularmente depositaba unas flores.
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