Escultor de gárgolas: Graham Greene

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Acerca de las gárgolas, la Wikipedia solamente alcanza a chapurrear que son una especie de espantapájaros que ahuyenta a los diablos de las iglesias. Esta definición no atrapa el significado de estas esculturas medievales, símbolo de la condición humana: los hombres somos seres deformes, bubosos, gibosos y grotescos, pero por nosotros, Dios va a hacer circo, maroma y teatro, con tal de salvarnos, hasta de nosotros mismos.

Las gárgolas son representaciones de piedra que aluden a eso que la liturgia dice con palabras cuando uno de los prefacios, para el Tiempo ordinario, dice: “de lo que fue causa de nuestra ruina hiciste nuestra salvación”. De nuestras bubas, gibas y deformidades Dios se vale para hacernos perfectos como atletas zulús. Popular entre amplios públicos y reconocido por la crítica literaria, Graham Greene escribió acerca de esta verdad. Sus personajes protagónicos son gárgolas literarias.

Tomemos por caso al Curita Borrachín de The Power and the Glory o a Sarah Miles de The End of the Affair. Ambos son los agentes a través de los cuales la gracia actúa en los hombres. Son mensajeros de Dios. Son ángeles. Ninguno es virtuoso. No son santos en el sentido mocho de la palabra santo. Son, más bien, contrahechos en el espíritu, como las gárgolas lo son en el cuerpo. El Curita es cobarde y Sarah, adúltera. Los dos son personajes riquísimos porque son plenamente humanos, hasta en el pecado.

Cualidad de Greene es que se asoma en el misterio sin tratar de explicarlo. A pesar de que Greene se concentra en retratar la vida interior de sus personajes, sus honduras mentales, emocionales y espirituales, no intenta lo imposible: desentrañar el mecanismo de la conversión. Pasa en silencio por el encuentro entre el Curita y Jesús, entre Sarah Miles y Cristo, y se enfoca nada más en los actos que realizan como consecuencia de ese encuentro.

Sin embargo, el bien que brota de los actos del Curita y de Sarah Miles se parece más a la propagación de los hongos que a las peleas entre morsas. Aun así, leer acerca de esos actos es profundamente emocionante. Hay agonía en las historias de esta gente inventada, el sentimiento de peligro inminente: sus actos, que podrían parecer tan activos como un bulbo de tulipán, se está jugando la salvación o la condenación de la Creación entera.

Greene dramatiza de manera genial los actos interiores. En su crítica, atacó el modernismo literario por esos personajes sosos que “deambulan por ahí como símbolos de cartulina en un mundo delgado como el papel”. Según él, la novela podría recobrar su poder únicamente al recuperar la conciencia del drama que vive el alma, suspendida entre el cielo y el infierno como moneda que se tira en un volado. Así están suspendidas sus grotescas gráciles gárgolas.

Graham Greene fue criticado por su tendencia hacia una dirección poco ortodoxa: el mundo está tan empecatado que esforzarse en no pecar es un esfuerzo vano. Vuelve a asomar la herejía del quietismo. El teólogo Hans Urs von Balthasar opinó que esta postura rodeaba al pecado de un halo del cual carece. Greene respondió que construir una visión de pura bondad en sus novelas iba más allá de su talento. Qué bueno que a Greene le faltaba talento.

Por Mauricio Sanders.

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