¿España merece la pena?

Los lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo. (Gaudium et spes, 92)

España

Como es fácilmente observable, solo excepcionalmente he dedicado algún artículo a cuestiones de índole política. Y no porque los temas políticos me resulten indiferentes, ni sea insensible al discurrir de la vida social y política de la sociedad en la que me ha tocado vivir, sino porque creo que estamos sobresaturados de noticias, declaraciones y opiniones. Aun así, la complicada situación del momento actual en España, me ha impulsado a participar en el foro público exponiendo algunas ideas.

La primera está en señalar cómo, a mi parecer, padecemos de una auténtica inflación de dichos y contradichos, rumores, dimes y diretes, la mayor parte de los cuales, con poco o ningún fuste. Mucho, muchísimo cacareo y escasez de voces de peso. Las hay, pero qué contadas. ¡Cuántas hojarasca y qué poca sustancia! Cada día se produce una avalancha de opiniones que sepulta la avalancha del día anterior, de tal manera que no hay perspectiva temporal suficiente para tomar distancia y mirar las cosas con algún alcance. Todo es inmediatez y falta de sosiego, fugacidad y cortoplacismo. Una legislatura, que es un período de tiempo bastante corto, aparece en nuestros días con visos de infinitud, pareciendo una eternidad a quienes gustaría hacer desaparecer instituciones y gobiernos. Así no se puede entender una comunidad política de alto rango como puede ser una nación o como es la Unión Europea. No es que el corto plazo sea despreciable, al contrario, el día a día es el campo de los problemas prácticos cotidianos y tiene sus urgencias a las que hay que responder con prontitud, pero el corto plazo no es el ámbito de las grandes líneas de acción, de los diseños de futuro ni de los modelos estables de convivencia. (Mientras escribo estas líneas me llega el boletín de FORUMLIBERTAS en el que hoy, día 11, aparece este titular sobre unas declaraciones del Papa Francisco cargadas de realismo: «El Papa afirma, “no veo Schumann, no veo Adenauer” en Europa». Si fuera cosa de contestar habría que decirle: Santo Padre, ni en Europa en general, ni en esta parte de Europa que es España).

La segunda está en reclamar altura de miras. Quizá sea aquí, en la falta de altura de miras, donde esté una de las causas escondidas del rechazo por la clase política y del desencanto por la cosa pública en sentido amplio. No solo es la corrupción, la partitocracia, las divisiones internas, los intereses espurios… todo eso también, pero la honradez sin entusiasmo no mueve los corazones. Hace falta decencia, claro que sí, pero hace falta algo más, ideales elevados y un horizonte fáctico; hace falta que se vislumbre alguna posibilidad real de hacer algo en lo que gastar las mejores energías espirituales que ahora parecen dormidas. Desde que me llega la memoria, que pasa de medio siglo, no he oído en los dirigentes políticos sino apelaciones a objetivos incapaces de hacer vibrar a nadie al tiempo que se demuestran fácilmente falsificables: la democracia en abstracto, la extensión de las libertades, el estado de derecho, el estado de bienestar… Principios teóricos legítimos, que nadie se atreve a discutir, pero que llevados a la práctica, resultan ser comodines manipulables que los gobernantes adaptan a sus intereses particulares. La búsqueda del estado de bienestar, por ejemplo, que podría merecer dedicación y esfuerzo, tampoco vemos que levante pasiones de altos vuelos. (Digamos de paso que la expresión “estado de bienestar” es ambivalente pues sirve al tiempo para indicar la legítima búsqueda de prosperidad como de eufemismo para esconder otros objetivos menos nobles, como son la molicie o el consumismo). ¿Qué merece la pena? Merece la pena cualquier nación y merece mucho la pena la Unión Europea, por lo que tienen de grandes empresas colectivas, pero para provocar adhesiones y esfuerzos hace falta patriotismo nacional (español en nuestro caso) y europeo, y este no se pone en marcha si falta el combustible del entusiasmo. Sin entusiasmo no hay patriotismo que valga y sin grandes ideales, que en alguna medida sean factibles, el entusiasmo no aparece. Si la Patria deja de ser algo grande, entonces deja de ser patria para convertirse en terruño.

En tercer lugar creo que debemos pensar España, no digo pensar “en” España, sino pensar y repensar el concepto “España”. España no es de ayer, somos una nación secular, la más antigua de occidente y a pesar de las muchas convulsiones de nuestra historia, somos la que menos ha movido sus fronteras dentro de Europa en los últimos quinientos años. Tenemos una historia amplia y a estas alturas de esa dilatada historia, la primera pregunta y la más urgente, no es qué tenemos que hacer o por dónde salir de este atolladero en el que nos encontramos y en el que nosotros solitos hemos embarrancado. No tengo ninguna simpatía por los regionalismos con pretensiones independentistas, como son el vasco y el catalán, pero me niego a aceptar que esos “nacionalismos” sean los responsables principales de este pantanal en el que ahora mismo estamos. Si España se agotara, se agotaría por nuestros propios errores y mezquindades, por nuestros egoísmos y divisiones internas. Contrariamente a lo que ha sido una constante histórica, en este momento no estamos bajo amenaza de ninguna potencia extranjera, ni tememos invasión, ni sufrimos aislamiento internacional, ni tenemos enemigos exteriores fuera del terrorismo islámico (que ese no es exclusivo nuestro y además ese no rompería España). Ahora la pregunta es esta otra: ¿Creemos en España? Si la respuesta es sí, hay que seguir preguntándose en qué España. ¿España como nación, merece o no merece la pena? Y si la respuesta también es sí, hay que seguir preguntándose por qué y me temo que al buscar respuesta, todavía haya que hacerse otra pregunta aún más radical: ¿qué es España?

Antes de intentar responder, aprendamos de la historia lo que España no es. No es una unidad monolítica. No lo ha sido nunca, ni siquiera en las épocas de mayor uniformidad o centralización política, como hayan podido ser el reinado de Carlos III o el generalato de Francisco Franco. Somos un conglomerado de tierras muy diversas, y de gentes tan diversas como las tierras que habitamos. No olvidemos que la tierra hace al hombre (lo hace solo en cierta medida, pero lo hace). Ciertamente, poseemos algunos usos y costumbres comunes pero pesan menos que las particularidades. De mil maneras se ha dicho que esta variedad constituye una enorme riqueza y se ha dicho también, creo que acertadamente, que la unidad de España solo puede entenderse desde la diversidad y el respeto a esta diversidad de tierras y gentes. Ahora bien, seamos coherentes al menos con las palabras: la diversidad no une, la diversidad diversifica. No se puede esperar unidad de las diferencias porque las diferencias no aportan unidad.

Por eso, si al preguntarnos si España merece la pena decimos que sí, que merece la pena que siga existiendo como la hemos recibido, convendrá potenciar mucho todos aquellos elementos que sean efectivos para la unificación. Es cuestión de buscar, porque si hubiera algo con fuerza para unir al mismo tiempo que respeta las diferencias aludidas, ese algo sería la más valiosa herramienta con la que ponernos a trabajar. Pues bien, ese algo existe y también es un conglomerado: lengua, historia, cultura y fe religiosa.

De todos estos elementos, la fe religiosa es el que más fuerza tiene, es el vínculo que puede proporcionar mayor unidad, porque la unidad es un ente espiritual y nada mejor para cultivar el espíritu humano que la fe. Sé que decir que la fe religiosa es el mayor elemento para la unidad política es una idea difícilmente aceptable por la mentalidad común, pero si lo es, lo es. Se podrá contestar cuanto se quiera, pero la historia no deja lugar a dudas. España ha sido hasta ahora España gracias a la fe católica de la misma manera que Rusia debe su identidad nacional a la fe ortodoxa o como el pueblo de Israel, a pesar de los zarandeos sufridos, ha mantenido en el tiempo su conciencia de unidad gracias a la fe judía. España, entendida como unidad política, nació de la conversión a la fe cristiana (católica) de los visigodos. Después, movida por la misma fe, reconquistó sus tierras y su unidad arrebatadas por el Islam, la extendió por medio mundo y mal que bien, se ha mantenido en ella hasta hace bien poco a pesar de nuestros errores, infidelidades y persecuciones.

Ahora ya podemos responder algo: España es una realidad espiritual, un concepto de índole espiritual, que, como todos los conceptos espirituales (el alma, la palabra, la fe, el derecho, la libertad, etc.) necesita de hacerse visible y expresarse en y mediante unos elementos materiales y sensibles. Del mismo modo que la fe se expresa en obras o el derecho en leyes, la nación se expresa en un abanico de realidades materiales entre las que no pueden faltar el territorio y sus habitantes. Esta realidad inmaterial necesita de un territorio en el que plasmar materialmente su identidad y en el que podamos vivir los hijos de esta tierra, pero España no es su territorio ni siquiera es el conjunto de todos los que aquí vivimos. España se expresa en un abanico de rasgos propios: lengua, costumbres, monumentos, leyes, etc.; pero ninguno de ellos ni todos juntos son España. España es una realidad espiritual y solo desde el espíritu se puede entender y mantener. Sin hombres y mujeres espirituales no hay nación que perdure ni hay España que valga. ¿Será una casualidad que donde más cuestionada está la unidad de España es en las zonas donde la fe ha perdido más vigor, donde la práctica religiosa ha sido más abandonada y donde la Iglesia aparece más arrinconada? Si hemos dicho que la altura de miras es imprescindible, ahora se nos hace más evidente la necesidad de las fuentes espirituales. ¿De dónde, si no, va a salir la altura de miras?

No entro en la cuestión de la unidad europea, pero el fondo es el mismo. Lo que ahora conocemos como Unión Europea tuvo su origen en un proyecto político que pusieron en marcha grandes hombres de fe, especialmente estos tres gigantes: Adenauer, Schuman y De Gasperi; el primero católico ferviente, los otros dos en proceso de canonización.

Antes de echar el cierre a estas reflexiones, quiero, en cuarto lugar, transcribir una cita que dejo para el final y señalar dos apuntes. El primero para dejar constancia de que la fe une, pero no uniformiza. El mejor ejemplo que podemos aducir es la Iglesia, en la cual, desde los inicios de la predicación evangélica quedó establecido, a través de San Pablo, que a partir de Jesucristo, “no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28), “no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos” (Col 3, 11). ¡Si en lugar de denostar a la Iglesia, quisiéramos aprender de ella! Ahí está para quien quiera tomar ejemplo como maestra de cómo trabajar la unidad con el más exquisito respeto a la diversidad: extendida por todo el mundo, presidida por una sola Cabeza, proclamando en todo el orbe el mismo Evangelio, el mismo Credo, administrando los mismos sacramentos, explicando y proponiendo la misma moral, las mismas promesas…, al tiempo que fomenta y alienta lo más singular y específico de cada pueblo, de cada cultura y de cada persona.

El segundo es para advertir de un peligro siempre latente, también ahora: la nacionalización de la fe. La fe unifica, pero la fe no es un medio para la unidad política. La unidad política puede ser la consecuencia de profesar una misma fe, pero la fe no puede estar al servicio de intereses políticos por muy laudables que puedan aparecer en cada momento. La fe está al servicio de la persona humana y la persona al servicio de Dios y de sus semejantes, o, mejor dicho, la fe está para servir a Dios “en” los semejantes. Cuando la fe se ha utilizado como medio para servir a los intereses de la comunidad política, la deriva han sido las iglesias nacionales o patrióticas, que son justo el antiejemplo de la catolicidad de la Iglesia. Bueno será poner cada cosa en su sitio.

Y ahora la cita. Pertenece a los textos del Concilio Vaticano II y es todo un programa de vida para quien sienta vocación política. Dice así:

Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a fin de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comunidad política. Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de todos. (Gaudium et spes, 75).

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