Espiritualidad en verano (1)

La época de verano es cuando uno tiene más tiempo libre: salir con los amigos, leer, hacer excursiones, ir a la playa, etc., pero a vece…

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La época de verano es cuando uno tiene más tiempo libre: salir con los amigos, leer, hacer excursiones, ir a la playa, etc., pero a veces al cambiar la rutina nos olvidamos de lo más importante, del Padre. Y precisamente es en verano el mejor momento para dedicarlo a Él, a través de la oración, la meditación, o con unas simples palabras. En las siguientes líneas voy a contar como a través de mi experiencia he podido estar con Él durante algunos momentos.

He pasado parte del verano en los Pirineos, esas impresionantes montañas situadas entre Francia y España donde los 3000 abundan y los 2000 son mayoría. Más concretamente, he estado una semana en el increíble Valle de Boí.

Durante mi estancia pude disfrutar de la magnificencia del Parque Nacional de Aigüestortes i Sant Maurici a través de sus caminos y la buena cocina de aquellos pueblos. Pero a pesar de descubrir todos estos elementos que muchos de ellos eran nuevos para mi, con lo que me encontré y me hizo más ilusión fue con ¡Jesús! Y como he dicho al principio, en verano a veces puede costar más acercarse a Él. Pero en este caso gracias a los hechos circunstanciales que uno no barajaba como las iglesias románicas, las pinturas y el Santuario de Caldes de Boí, me permitieron una mayor aproximación.

El valle de Boí es conocido, a parte de sus pistas de esquí, por las nueve iglesias románicas construidas en el siglo XII que son patrimonio de la humanidad. Son templos no muy grandes (nada comparado con las grandes iglesias góticas) pero que a través de su sencillez y porque se encuentran en un estado excepcional, tanto su exterior como sobretodo su interior desprenden una espiritualidad simple, hasta jovial. Quedan aún algunas pinturas originales pero la mayoría son reproducciones de las existentes en un inicio. A pesar de ello, lo que queda de estas simples composiciones geométricas, donde lo más grande es lo más importante, sin perspectiva ni profundidad y remarcadas todas por una línea negra. Pero es gracias a esta sencillez en la técnica y simpleza en la interpretación que yo me quedé impactado. Especialmente con el Pantocrator, la figura de Cristo en majestad, de unas proporciones mucho mayores que el resto de figuras de la composición, con los pies sobre la tierra y con un libro abierto en su mano izquierda que todo lo resume: “EGO SUM LUX MUNDI”.

En este valle, existe otro sitio que sin duda debo mencionar, Caldes de Boí. En este paraje tan hermoso existen más de 70 fuentes naturales con distintas propiedades y un balneario, pero lo que realmente me fascinó fue el Santuario que ahí se encontraba con la imagen de la Madre de Dios de Caldes de Boí. La iglesia era preciosa y con una luz maravillosa. Ante mi grata sorpresa, cada día se celebraba una misa a una hora ideal para poder asistir; después de la piscina y antes de la cena… suena egoísta el condicionar ir a misa a otras circunstancias banales, pero por mi falta de amor y compromiso a veces influyen… En todo caso pude asistir cada día, éramos pocos pero la misa se celebró cada día muy dignamente pudiendo recibir la Eucaristía. Además, el Santuario estaba siempre abierto y por las noches, que acostumbraba a lloviznar y hacer frío, podía introducirme desde la sombra, hacía la luz del tabernáculo para así, rodeado del silencio, poder compartir un rato de oración a través de los propios rezos de la liturgia de las horas, pero sobretodo con el diálogo con Él. Un diálogo dónde buenamente pude expresar lo que sentía, aunque tengo fe que mi corazón lo hiciera de una mejor forma. Francamente, las circunstancias fueron idóneas para encontrarme con quien nos ama infinitamente.

Ante todas estas obras, maravillas del pasado, solo cabía preguntarme como en ese sitio entre montañas donde ya en verano hacía frío, hace casi mil años hubo un pueblo, hubo unas gentes que levantaron estas iglesias solo con un objetivo: alabar a Dios y agradecerle todo su amor hacia unos pobres pecadores como eran ellos, como somos nosotros. ¡Que fe tenían!

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