Estar, saber estar

estar

Uno de los dones impagables que poseemos los que tenemos el español como lengua vernácula es la posibilidad de contar con los verbos ‘ser’ y ‘estar’. Esta diferenciación verbal constituye un auténtico regalo para el pensamiento con el que no todas las lenguas cuentan. Personalmente, me apunto a la hipérbole de Julián Marías cuando decía que los alemanes “darían una de las pocas provincias que les han quedado por tener los verbos: ser, estar y haber, tres maravillosos verbos para hacer filosofía”.

La explicación básica y la más sencilla de la diferencia entre estos dos verbos copulativos está en la provisionalidad de ‘estar’ frente a la permanencia de ‘ser’. Ser hace referencia a cierta inmutabilidad; estar, por su parte, indica transitoriedad, referencia a un tiempo o a un espacio limitados. Así por ejemplo, si decimos que alguien está alegre, podemos suponer que no lo está habitualmente, sino ahora, durante un período de tiempo probablemente corto o muy corto; en cambio, si lo que decimos es que es alegre, estamos significando que esa persona tiene un carácter alegre, y, por tanto, la encontraremos alegre siempre o casi siempre. En el primer caso se trata de una alegría pasajera mientras que en el segundo hablamos de una alegría permanente, o al menos habitual.

Ahora bien, esta diferencia, siendo verdadera, no explica del todo la relación entre ser estos dos verbos. Esa diferencia es un aspecto, y bien importante, pero la relación entre ‘ser’ y ‘estar’ no se reduce a esa diferencia. Más bien al contrario, ya que la relación es mucho más estrecha por las semejanzas que comparten que por lo que se distinguen.

Esas semejanzas tienen su raíz en el hecho de que para el pensamiento humano, el ser es impensable sin el estar, del mismo modo que es impensable una montaña sin altura o un mar sin fondo. Mientras vivamos en esta tierra no podemos existir sin estar, no podemos ser (personas, hombres o mujeres) sin estar en un lugar concreto. Hasta que no gocemos de la plenitud de la eternidad, ser hombre significa estar en el mundo, vivir en un tiempo marcado por unas fechas exactas, en un lugar determinado, al lado de unas personas concretas, haciendo tales tareas. Concretos los lugares, concreto el tiempo, concretas las personas y concretos los quehaceres. Desde la filosofía de la educación se ha insistido mucho, y con razón sobrada, en que lo importante es el ser y por tanto, la principal tarea que la educación tiene encomendada es “educar para ser”, más que para hacer y mucho más aún para tener.

Es una idea que he oído y leído muchas veces, que comparto sin objeciones, y que yo mismo he repetido con frecuencia y he dejado escrita por varios sitios. Ahora bien, si hemos dicho que el ser (el ser concreto, que es el único que interesa a la educación) es impensable sin el estar, la educación para ser exige necesariamente la educación para estar. No deja de ser clarificador el hecho de que una de las maneras de decir de alguien que es una persona educada, es decir que sabe estar; y al revés, si lo que se señala es que no sabe estar, eso indica que hay un déficit de madurez o de educación (que viene a ser casi lo mismo).

Quizá pueda parecer poca cosa, como si estuviéramos rebajando la finalidad excelsa de la educación. Por eso conviene preguntarse ¿qué es ‘estar’?, ¿en qué consiste ‘estar’?, ¿para qué sirve?

Si damos un paso más, y debemos darlo, podremos advertir que la palabra ‘estar’ es un término con significado amplio, que incluye varios aspectos. Uno de ellos, el que ahora más interesa, viene a poner al descubierto que ‘estar’ carece de sentido en sí mismo; ‘estar’ supone, en todo caso, ‘estar en’, ‘estar así’ y, sobre todo, ‘estar con’. Se podría objetar que también se puede estar solo, pero ‘estar solo’ lo que significa no es otra cosa que quedarse uno a solas consigo mismo, lo cual es extraño al hombre y, además, no es conveniente. Los momentos de soledad son necesarios, pero deben ser reservados a las dosis y momentos necesarios a la vocación y al estado de cada cual; la soledad como situación prolongada o estable hay que evitarla, pues “no es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2, 18).

El hecho de que ‘estar’ suponga ‘estar con’ alguien, uno o varios, tiene consecuencias importantes. Una, no pequeña, es ver cómo los otros influyen sobre la propia persona. Cuando estamos con los demás, a través de ellos estamos recibiendo permanente información sobre nosotros mismos, y de manera más o menos consciente, vamos ajustando y reajustando nuestra persona, nuestro modo de estar, según sean los mensajes que nos llegan. Esto hace que la misma persona ofrezca imágenes diversas –no es necesario que sean opuestas– según con quién o quiénes esté, o del ambiente en que se halle. No se entienda esta idea en sentido moralmente negativo, ni positivo tampoco; esto en sí mismo no es ni bueno ni malo, esto es así. Habría falta moral si hubiera doblez o engaño deliberados, como cuando se actúa con hipocresía, pero fuera de estos casos, lo que hay son mecanismos de actuación prudentes, los propios de quien sin dejar de ser él o ella, siempre el mismo, además, tiene que adecuar su decir y su hacer a situaciones y personas concretas.

Hay tantos modos de relación como ambientes y como personas, y no es lo mismo una relación con un cliente, por ejemplo, que una relación familiar. No es lo mismo estar con desconocidos que estar con los amigos, estar en la calle que estar en la iglesia. Ni para un niño es lo mismo estar en casa que en el colegio; ni dentro de este se debe estar igual en clase que en el recreo. Pues bien, estas cosas que son elementales, no por elementales son sabidas; hay que enseñarlas. Hay que enseñar a saber estar.

Vuelvo a la pregunta: ¿en qué consiste ‘estar’? Estar es hacer presente el ser. Según de lo que se trate, estar (en ese lugar, a esa hora, con esa peersona, etc.) puede ser aconsejable o no. Desde luego que si uno se mira solamente a sí mismo y a sus intereses, encontrará en multitud de situaciones en que se negará a estar, aquí o allí, en este evento, en tal fiesta, en cual convocatoria. Sea como fuere, convenga estar o no estar, lo que sí debe tenerse en cuenta es que el solo hecho de estar no es irrelevante ni inane. Estar, sin más que el solo estar, puede estar lleno de sentido, sobre todo si se trata de un sitio donde podamos ser echados en falta. Hay situaciones concretas en las que uno quizá no prevea ninguna ganancia, ni se encuntre a gusto, pero ha de saber que su presencia puede resultar muy saludable y muy fructífera para otros. No vivimos para nosotros mismos, ni somos solamente la intimidad de una conciencia recluida en nuestro claustro personal. Eso es muy necesario, y es propio de todo ser personal, pero al mismo tiempo que tenemos vida interior, tenemos una dimensión social irremplazable, que empieza por nuestra presencia física y tiene su cumbre en algo tan nuestro y tan importante como es el rostro, que constituye la sede destacada y el mapa más completo de nuestra identidad física. Nuestro rostro, igual que nuestro porte, son nuestros, de cada uno, pero no están diseñados para actuar hacia adentro; al contrario, están vertidos hacia afuera, lo cual significa que en cierto sentido pertenecen más a quien nos ve que a nosotros mismos, ya que a nosotros mismos la visión de nuestro rostro y de nuestro porte nos está directamente vedada. Por eso, cuando queremos vernos, hemos de hacerlo con mediaciones (fotos, grabaciones, espejos, etc.).

Siempre me ha sobrecogido esa frase del evangelio de San Juan en la que el apóstol-testigo dice que “junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Jn 19, 25). No se me alcanza mejor ejemplo con el que poder mostrar todo el valor y toda la grandeza del ‘estar’. Ese estar intenso junto al hijo destrozado y moribundo ofrece la más tremenda lección de saber estar. Una lección sublime de sabiduría y de madurez humana. Mirando el cuadro del Calvario, insisto en la respuesta que antes se quedó como colgada. En esta escena la pregunta ¿qué es estar, para qué sirve?, encuentra la respuesta más acabada: estar es hacer presente el ser, ponerlo a disposición, compartir lo que el otro está viviendo según lo exija la situación, hasta donde la razón lo permita y, si hay dolor por medio, hasta donde el corazón aguante.

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