Evidencias ignoradas de los delitos sexuales

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Las agresiones sexuales, incluidas las violaciones, tienen como víctima fundamental a la mujer, y registran, al menos en Europa, un éxito policial apabullante: el 99% de quienes las cometen y no se suicidan acaban presos. Y este es un hecho olvidado en un discurso que, de repente parece presentar como una gran e impune oleada la existencia de este tipo de delitos, como sucede en esto días en España, a causa del juicio contra los hombres del caso conocido como “La Manada”. En este caso y según los datos de Eurostat se cumple al pie de la letra aquello de que “quien la hace la paga” , lo cual deja sin efecto el relato de que se trata de delitos “tolerados”, que policías, jueces y fiscales, cuando son hombres, tienden a subvalorar.

Una segunda evidencia radica en el hecho de que, en este tipo de delitos, al igual que sucede con los de corrupción económica, el juicio mediático y popular es inmediato: están condenados antes de que se dicte la sentencia. Y esto es socialmente muy grave porque conculca un pilar del Estado de derecho, el de la presunción de inocencia, condición necesaria para que exista un juicio justo. Los jueces, y aún más los jurados populares, son susceptibles a las presiones mediáticas y populares, sobre todo cuando estas alcanzan una gran dimensión. El “pueblo” ya ha dictado condena, y los jueces no han de impartir justicia, sino acatarla. Y si no lo hacen son acusados de machismo.

La tercera evidencia es que España posee una legislación coercitiva y punitiva sobre este tipo de delitos, singular por su dureza, cuando la víctima es una mujer, constituyendo un caso único en Europa. Pero además se ha convertido en una obsesión de los medios y de los grupos del Gender y de los partidos políticos. La continua atención mediática, la acumulación de medidas, la última nada menos que un Pacto de Estado, manifestaciones, símbolos, concentraciones, campañas de los poderes públicos, con un destacado lugar para los ayuntamientos. Parece, por su importancia en la agenda política y mediática, como si se tratara de uno de los grandes problemas de este país. Pero no es así, como claramente lo registra la serie de encuestas del CIS donde se mueve con resultados entre el 0,1 y 0,2% en el orden de preocupación de los españoles. Si quieren, consideren que solo responden las mujeres y doblen la cifra. ¿Por qué un problema que ocupa una dimensión limitada ocupa tanta atención y recursos? La respuesta es ideológica, política. Porque se utiliza como un argumento central en la guerra contra el hombre que ha desencadenado la perspectiva de género.

Es importante retener nuestro razonamiento: no estamos subvalorando un delito que está en el eje de la indignidad humana, criticamos la importancia desmesurada que se le otorga por intereses políticos en un tratamiento que es muy desequilibrado. Hasta el extremo que cualquier comentario verbal sobre el cuerpo de una mujer, su forma de vestir o sus hábitos de vida están proscritos, y son perseguidos y descalificados con el adjetivo que se quiere demoledor: machista.

Insistamos en el tema de su importancia. Es obvio que lo óptimo sería que no hubiera delitos, pero eso es imposible, y por ello la vara necesaria de medir es la comparación entre países. Los datos de Eurostat muestran unos resultados que son consistentes con la poca preocupación que la cuestión revela en las encuestas del CIS y en las propias mujeres. Como puede constatarse, España ocupa un lugar destacado, sí, pero por ser uno de los países donde menos casos se producen. Solo 2,65 violaciones (2015 últimos datos) por 100.000 habitantes, ocupando el lugar 25 sobre 40 (aparecen separados Irlanda del Norte, Escocia. También Kosovo, Turquía entre otros que no son estados, o no son miembros de la Unión). Si solo consideramos los estados de la UE solo quedan por detrás, Chipre, Eslovenia, Eslovaquia. Algo parecido ocurre con el total de delitos sexuales, donde España ocupa el lugar 17 en la tabla de Eurostat. Seguramente la predisposición a la denuncia influye en los resultados, probablemente menos en las violaciones, más en los otros delitos sexuales sin penetración, pero aún así, los resultados que muestra Eurostat son también consistentes con los feminicidios de pareja, en los que el “efecto denuncia” no existe, y donde destacan Suecia y el área anglosajona, mientras España y los países mediterráneos, Gracia, Italia (con pocos datos) muestran registros en la banda baja

Dos últimas evidencias que cada una de ellas merecería un capítulo propio. La primera es la prostitución que en España alcanza unas proporciones muy grandes, y es obvio que constituye un atentado a la dignidad de la mujer. También la pornografía, especialmente aquella que hace objeto de violencia contra ella, sea dura o blanda (el fenómeno Cincuenta Sombras de Grey, apenas registro acusaciones de machismo). Ambos fenómenos tienen una dimensión inusitada, con el agravante de que son fuente de introducción al sexo de los adolescentes y jóvenes. A pesar de estas razones en contra, nunca, jamás las leyes y campañas públicas, opinión publicada, se han ocupado de ello. Viven en un universo desconectado de la violencia contra la mujer, lo cual es radicalmente falso, y ello obliga a una reflexión urgente, y también a una pregunta. ¿Por qué España, el lugar donde las leyes de represión contra la violencia son más acusadas, es también el país donde más permisividad se muestra con la prostitución y la pornografía? Los partidos políticos y las organizaciones del Gender deben responder a esta extraña contradicción.

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