El éxito y la gloria (I). Dos tipos de salario

El hombre, por naturaleza, es un ser fáctico, un ser que tiene capacidad para hacer cosas

vida humana

La vida humana nos ha sido dada pero no hecha; mientras dure nuestra existencia en la tierra, el vivir exige el hacer. No es que vivir consista en hacer, pero no hay escapatoria a esta determinación de la naturaleza porque la vida, de suyo, es dinámica y no cabe la posibilidad de vivir sin hacer (muchas cosas). Ese dinamismo que caracteriza a la vida hace que todo hombre despliegue su existencia en un frente de actividades muy amplio cuyos ámbitos principales son el propio sostenimiento, el desarrollo, el juego, el estudio, el trabajo, la lucha, la convivencia y el descanso. Estos ámbitos no son opciones; se nos imponen del mismo modo que se nos impone respirar oxígeno o movernos por la tierra; ahora bien, si atendemos al objeto de la actividad, el hombre encuentra su primer campo de acción en sí mismo. La gran tarea de cualquier humano es hacerse a sí mismo. De modo que si bien hemos comenzado diciendo que el hombre es un ser fáctico, ahora hay que redondear la afirmación diciendo que es también factible. Fáctico y factible, hacer y hacerse. Vivir es hacerse, ir haciéndose.

Esta imposición dinámica de la existencia conlleva otra imposición de tipo moral que afecta a todos los ámbitos señalados e incluye la opción entre el bien y el mal. No podemos vivir sin hacer pero el hacer viene coloreado por las dos categorías morales fundamentales y dicotómicas: bien y mal. Este binomio, bien-mal, referido al hacer humano, es otra determinación de la realidad a la que tampoco podemos escapar. Del mismo modo que nuestro vivir exige hacer, el hacer exige calificación; lo hecho está necesariamente bien hecho o mal hecho, aunque, según de lo que se trate, bien y mal admiten muchos grados.

Por otra parte, bien y mal tienen una doble significación, una técnica y otra moral. Digámoslo con un ejemplo muy socorrido. No es lo mismo ser un buen pintor que un pintor bueno. Un buen pintor es aquel que domina su oficio, conoce los secretos del mundo de la pintura y se mueve en él con habilidad y pericia; un pintor bueno es un hombre bueno que se dedica a pintar. Las reflexiones que siguen a continuación están centradas sobre todo en el aspecto moral, pero hay que dejar constancia de la importancia del bien hacer en el campo técnico, de que las cosas estén bien proyectadas, bien realizadas y queden finalmente bien acabadas. Cuanta más perfección, mejor. A este propósito me parece muy oportuno citar a Eugenio D’Ors, quien en una conferencia titulada “Aprendizaje y heroísmo” dada en 1915 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, hablando a los residentes, acababa diciendo esto: “Todo pasa. Pasan pompas y vanidades. Pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha”[1].

Vayamos ahora al campo moral tal como lo conocemos desde la fe cristiana. Dejemos claro antes de cualquier otra reflexión que el cristianismo no es una doctrina moral, ni un código de conducta, aunque a la vez hay que decir que la moralidad de las obras personales es uno de los pilares de la vida de todo bautizado. Es bien conocido que la moral cristiana tiene su cumbre en el mandamiento doble del amor, a Dios y al prójimo, pues “no hay mandamiento mayor que estos”[2]. Ahora bien, ninguna cumbre está flotando en el aire. No hay cumbre sin cuerpo de montaña. Toda cumbre es la cúspide o remate final de un macizo elevado sobre una amplia base. El mandamiento doble del amor, a Dios y a los hermanos, por ser el mandamiento-cumbre, se asienta y se sostiene en un cuerpo de doctrina muy firme, sin el cual no pasaría de ser una quimera imposible. Ese cuerpo moral que expresa y posibilita el amor a Dios, son sus santos mandamientos, sintetizados en las diez fórmulas del Decálogo. En ellos se presentan las grandes exigencias del amor sobre concreciones que se refieren a diferentes aspectos fundamentales de la vida del hombre en relación con Dios (adoración, respeto, culto) y con los demás (familia, vida, sexualidad, propiedad, honor, veracidad). Estos mandatos, si bien se dirigen a ordenar diversos aspectos de la vida humana, no son mandatos inconexos, sin relación de los unos con los demás; al contrario, “el Decálogo forma un todo indisociable” hasta el punto de que “transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros”[3]. Por otra parte hay que decir que el Decálogo es el gran código de moralidad, el mejor posible para hacer el bien, para vivir haciendo el bien hacia adentro y hacia afuera; es decir, para hacer y hacerse, pues los preceptos del Decálogo ni son extraños entre sí ni resultan extraños a la naturaleza humana ya que no son una imposición añadida desde el exterior sino una exigencia interior. Los Mandamientos “establecen los fundamentos de la vocación del hombre”[4].

Por lo dicho hasta ahora, tenemos que el hombre, ser de naturaleza activa y dinámica, ser fáctico y factible, puede acudir a dos fuentes para obtener sendos tipos de bien; el bien técnico en el estudio, la experiencia, las artes y las ciencias, y el bien moral en el Decálogo.

¿Adónde queremos ir a parar con todo esto? Queremos parar en ver adónde conducen los dos tipos de bien porque es cosa que tiene gran interés. El bien hacer, el bien técnico lleva al éxito; el bien moral a la gloria. ¿No es lo mismo? No, no es lo mismo. Éxito y gloria no son sinónimos (al menos no lo son para la fe cristiana) y aunque a primera vista puedan parecer iguales, no lo son; entre ambos conceptos hay más diferencias que similitudes. Ahora pasaremos a examinar esas diferencias con cierto detenimiento, pero antes dejemos remachada esta idea: lo que hemos llamado el bien técnico, es decir, la obra que está bien hecha porque cumple con rigor las exigencias propias de su realización y de su acabado, repercute en beneficio de su autor de varias formas, entre otras, abriéndole el camino del éxito. El éxito es el salario de las obras bien hechas pero no necesariamente de las obras moralmente buenas.

La realización de la obra moralmente buena, el cumplimiento de los Santos Mandamientos de Dios repercute en beneficio de su autor también de varias maneras, sobre todo abriéndole el camino de la gloria. El cumplimiento amoroso y veraz del Decálogo es camino para el cielo[5]. Cuando el joven rico le pregunta a Jesús: “¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?”[6], el Señor le remite al Decálogo: “Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”[7]. El salario de las obras moralmente bien hechas es el cielo. Esto no quiere decir que el cielo sea una conquista del hombre bueno, porque el cielo, la gloria, es un don gratuito obtenido por Jesucristo con su encarnación, muerte y resurrección para todos los que quieran aceptarlo y mantenerlo con perseverancia y fidelidad; pero ese don quedaría incompleto sin la recepción por parte del hombre. Si el hombre no fuera persona no habría que esperar que pusiera de su parte, pero el hecho de ser persona (ser de relación) exige, de suyo, que ese don sea aceptado activamente. Todo don, como toda comunicación, es bipolar, necesita de dos referentes para ser don acabado: uno dativo y otro receptivo. Este don que es la salvación es naturalmente inalcanzable y su aceptación se hace mediante la fe y las buenas obras; esa es la respuesta que corresponde al hombre. En la obtención de la salvación el hombre es sujeto paciente; en la respuesta a ese don, sujeto agente. La salvación es dada; la aplicación de esa salvación a cada uno se materializa en obras y sobre todo en obras de misericordia: “Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer…”[8]

[1]    D’ORS, E. (2000). Trilogía de la «Residencia de Estudiantes», pp. 89-90. (Pamplona, Eunsa).

[2]    Mc 12, 31.

[3]    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2069.

[4]    CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1962.

[5]    Cfr. CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 1724 y 1955.

[6]    Mt 19, 16.

[7]    Cfr Mt 19, 18 y ss.

[8]    Mt 25, 34.

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