El éxito y la gloria (III)

La bondad del éxito

Aunque se ha citado como ejemplo el éxito de un terrorista y se ha dicho que el éxito puede ir asociado al mal, eso no es lo deseable ni es lo que conviene a una sociedad sana. En una sociedad sana lo que es de esperar es que el éxito se corresponda con el bien y el fracaso con el mal. Así lo entiende cualquier mente rectamente ordenada y así se entiende en el Antiguo Testamento, en el cual son innumerables los pasajes en los que Dios recompensa al hombre por el éxito de su trabajo o de su esfuerzo. En general, Dios premia con el éxito al hombre probo, al hombre que se conduce con honradez. A quien le quepan dudas sobre la bondad del éxito podrá salir de ellas acercándose a la Sagrada Escritura, especialmente a los libros sapienciales. En ellos se afirma una y otra vez que tanto el varón como la mujer de conducta recta, tendrán éxito. Veamos tres ejemplos: uno tomado del salmo 128, otro del libro de los Proverbios y el tercero del libro de Tobías. Al hombre que teme al Señor le asegura el salmista: “Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”[1]. El libro de los Proverbios acaba con un retrato que es a la vez un canto a la mujer fuerte. El colofón de este canto, el último verso de este libro, dice así: “Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza”[2]. En la misma línea, añadiremos también este consejo de Tobit a su hijo Tobías: “Alaba al Señor Dios en todo tiempo, ruégale que oriente tu conducta. Así tendrás éxito en tus empresas y proyectos”[3].

En el Diálogo de Santa Catalina de Siena se dice cómo el Señor premia con el éxito en muchas ocasiones a quienes han obrado bien. Hay que decir, ciertamente, que en general no se trata de almas escogidas ni virtuosas. Al alma que ya da frutos de santidad, Dios la alimenta y la perfecciona podándola “para que dé más fruto”[4]. El método de poda y camino de perfección que Dios usa no es el camino del éxito, sino el del sufrimiento. Ese fue el camino que marcó a su Único Hijo, Jesucristo, no porque en él hubiera algo que podar, que no lo había, sino porque Cristo es “el primogénito entre muchos hermanos”[5] y “convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación”[6].

Así es como vemos que actúa Dios con sus elegidos, ahora bien, también hay elegidos a quienes el éxito no les ha resultado extraño, al menos en algunos momentos de su vida, y, en cualquier caso, bastaría con un solo ejemplo en el que se viera que el Señor bendice a alguien con el éxito para entender que en el éxito no hay maldad sino bondad. Si esto es así, y parece difícil su refutación, la conclusión está servida: El éxito es un bien.

En este caso, si el éxito es un bien, se puede pensar que es compatible con la búsqueda de la gloria de Dios. Así es, en efecto, pero con una condición: que lo que el hombre busque sea la gloria de Dios y no su propio éxito. El éxito se convierte en problema cuando se persigue como glorificación del hombre en lugar de usarlo para dar gloria a Dios. Hay un ejemplo eximio en el evangelio que es el de los magos de oriente. Aunque los datos bíblicos son muy escasos, los que se nos han transmitido son suficientes para entender que se trataba de personajes ilustres y de considerable fortuna. Los regalos que ofrecieron al Niño solo se los podían permitir gentes de rico patrimonio; ahora bien, tanto el alto valor de los presentes como el modo de ofrecerlos, revelan cómo estos personajes ponen honores y riquezas a los pies del recién nacido ante quien ellos mismos se postran. De este modo vemos que, en la adoración de los magos, estampa llena de verdad y justicia, todo lo que cotiza alto en este mundo ha sido colocado en su sitio cabal, y no solo eso, sino que con todo ello los magos pusieron sus propias personas, pues “cayendo de rodillas, le adoraron”[7].

El salario de las buenas obras es el éxito, pero las buenas obras no pueden ser hechas para recibir este salario, sino para que los hombres glorifiquen a Dios. Dios quiere que nuestras obras sean buenas, más aún santas, y quiere que se muestren abiertamente, porque “no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín”[8]. La luz que desprenden las buenas obras es necesaria porque tiene que alumbrar “a todos los de casa”[9] y su brillo es inevitable a los ojos de quienes las vean, pero nos ha prevenido para que ese brillo no lo convirtamos en gloria para nosotros, sino para Dios, el único “digno de recibir la gloria, el honor y el poder”[10]. Cristo ha mandado a los suyos que su luz brille en el mundo como ciudad puesta en lo alto de un monte, pero “para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”[11], no para que nadie se apropie de una gloria que solo a Dios corresponde.

El riesgo del éxito

El éxito es gustoso y proporciona dicha. Si su origen está en las obras buenas, la dicha es legítima y el gozo de disfrutarlo también. Toda persona que saborea el éxito se siente reconfortada, se ve recompensada en sus esfuerzos, se sabe a sí misma valiosa y todo esto no es que sea bueno, sino muy bueno.

Ahora bien, hay riesgos que conviene conocer y contra los que hay que precaverse. El primero es la apropiación del honor correspondiente a la obra buena. Para que la justicia no quede herida, toda obra buena debe tener su recompensa en forma de reconocimiento u honor. Es bueno y es legítimo que el autor pueda disfrutar de la recompensa de su buena obra, pero no puede apropiárselo, porque en justicia, tampoco le pertenece totalmente; en justicia le corresponde a Dios en primer lugar, que es la fuente de todo bien y de todo don. Cualquier obra buena es el resultado de poner en juego muchos elementos (inteligencia, medios materiales, trabajo, etc.) que si el hombre tiene es porque antes los ha recibido. Resuenan aquí las palabras del apóstol San Pablo: “¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si los has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?”[12]. Si gracias a ellos se pueden lograr frutos que merezcan la pena, frutos de bondad, verdad o belleza, esos frutos, tanto en su origen como en su final, se deben sobre todo a Dios y no solo al hombre. Al hombre también, pero no en exclusiva.

Otro riesgo muy fácil de ver está en el apego al éxito. El hombre tiende a repetir las experiencias gustosas al tiempo que huye de las desagradables. La satisfacción que proporciona el éxito empuja con natural propensión a buscarlo una y otra vez, repitiendo aquellas actividades que lo procuran. Si hemos dicho que la dicha proporcionada por el éxito es legítima, ¿qué peligro hay en repetirlo? El peligro está en atribuir el éxito solo al que lo consigue, que es uno mismo, con el consiguiente apego del corazón también a sí mismo, o, lo que es igual, en el riesgo de soberbia. El peligro es la sobrevaloración de sí mismo, el autoenaltecimiento y la egolatría. El éxito es el gran fertilizante para la soberbia, su mejor abono. La simiente de la soberbia, que todos tenemos sembrada en nuestro campo, se encuentra con las atenciones idóneas para su germinación y desarrollo cuando se ve regada por el éxito. Y si la soberbia crece, la humildad disminuye.

No será necesario insistir en el valor de la humildad porque gozamos de una dilatadísima doctrina acerca de la misma. Bastará con recordar que la humildad es absolutamente necesaria en todo momento porque es la virtud que nos sitúa en la verdad de nosotros mismos. La humildad no impide el éxito por las obras buenas, ni lo rechaza si llega, pero sí lo sitúa en su justo lugar. La humildad nos centra, nos ubica respecto de Dios, respecto de nosotros mismos y de los demás. La soberbia, en cambio, nos descoloca, nos lleva a situarnos en lugares que no nos corresponden; muchas veces, envaneciéndonos por encima de los demás; muchas otras, hundiéndonos por debajo. Este es el gran riesgo del éxito: que le hace al hombre envanecerse, salirse de sí mismo por arriba. ¡Qué bien iluminado queda este riesgo con la etimología de la palabra! “Éxito” procede de la palabra latina “exitus”, y esta de ex-ire (ir fuera). “Éxito”, por su origen significa salida, significado que se ha mantenido en lenguas como el inglés “exit” o el italiano “uscita”. Quien no vive sino del éxito y para el éxito, se mueve necesariamente hacia fuera de sí mismo; quien anhela el éxito y lo persigue con vehemencia no puede encontrarse a sí mismo porque se coloca en estado de salida y para encontrarse a sí mismo el viaje es hacia adentro, no hacia afuera. El gran San Agustín, que hizo los dos viajes con verdadero apasionamiento, nos enseña: “No vayas fuera, entra dentro de ti mismo; porque en el interior del hombre interior habita la verdad”[13]. A la verdad se la encuentra dentro de sí porque la verdad es Dios, y Dios ha tenido a bien habitar en lo más íntimo del corazón de la persona humana y ser encontrado allí. También San Agustín nos puede ayudar en esto. Dirigiéndose a Dios, le dice: “Tú eres más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad”[14], “tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera y por fuera te andaba buscando”[15]. Esta experiencia de San Agustín no es, en definitiva, sino un ejemplo real, biográfico, de la verdad contenida en la parábola del hijo pródigo, el cual, habiendo salido de la casa del Padre -que es lo mismo que salirse de sí mismo- solo pudo comenzar su regreso cuando volviendo sobre sí mismo, es decir, entrando dentro de sí, se dijo: “Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”[16]

¿Qué tiene de extraño que quien va de éxito en éxito acabe fuera de sí, descentrado, o sea, siendo persona ex-céntrica? Creo que no es necesario abundar en esto ya que como prueba bastaría con hacer una lista de personajes públicos -lista casi interminable- que, habiendo disfrutado de los éxitos más envidiados de este mundo: fama, fortuna, reconocimiento, estrellato, etc., han visto sus vidas arruinadas con finales muy amargos e infelices.

[1]     Salmo 128, 2.

[2]     Prov 31, 31.

[3]     Tob 4, 19.

[4]     Jn 15, 2.

[5]     Rom 8, 29.

[6]     Heb 2, 10.

[7]     Mt 2, 11.

[8]     Mt 5, 15.

[9]     Idem.

[10]    Ap 4, 11.

[11]    Mt 5, 16.

[12]    1ª Co 4, 7.

[13]    SAN AGUSTÍN. De la verdadera religión, 39, 72.

[14]    SAN AGUSTÍN. Las Confesiones, III, 6, 11.

[15]    Ibidem, X, 27, 38.

[16]    Lc 15, 18.

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