El éxito y la gloria (y IV)

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Cuando el éxito se convierte en parásito de la gloria

Si la búsqueda del éxito conlleva un riesgo de descentramiento tan alto para el hombre, se podría pensar que esto es una pifia de la naturaleza, una especie de jugarreta burlona del destino. ¿Cómo puede ser que el alma humana desee con tanta vehemencia y con tanto anhelo lo que le descoloca? La respuesta, bien simple, es esta: El alma humana no está diseñada para el éxito sino para la gloria. El éxito, en definitiva, no es sino un sucedáneo de la gloria; sucedáneo a veces conveniente, en muchos momentos necesario, que nos puede ayudar a sobrellevar las cargas de esta vida temporal a fin de no desfallecer en el camino de la gloria… pero sucedáneo, cuyo riesgo más peligroso está en convertirse en tendencia parásita de esa otra tendencia antropológica humana natural y auténtica que es el deseo de la gloria, manifestado habitualmente como deseo de felicidad.

Gloria y éxito no son lo mismo. Insistimos en ello. Conviene distinguirlos para que uno no ocupe el lugar del otro porque no estamos hechos para el éxito sino para la gloria. “El hombre, y toda la creación a través de él, está des­tinado a la gloria de Dios”[1] y esta, la gloria de Dios, será su propia gloria. Dios no nos ha prometido éxitos sino gloria, ni tampoco una gloria de otra naturaleza distinta a la de Cristo, sino esta misma, que es a su vez, la misma gloria del Único Dios y de cada una de las Personas Divinas.

Cristo no ha venido al mundo para cosechar éxitos. Podía haberlo hecho, porque le llovieron, sobre todo en los comienzos de su vida pública. Ya desde los primeros momentos “su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Trasjordania”[2]. ¿Aceptó Jesús esta fama y este arrastre de multitudes? Podemos entender que lo aceptó como se acepta el calor del verano o el frío del invierno, gustando cuando resulta placentero y sufriendo las eventuales incomodidades. Lo que sí es seguro es que ni lo buscó ni apegó su corazón a él cuando le llegó.

Y también aparece con claridad en los evangelios que la vía del éxito fue la elegida por el tentador para probarle y que él la rechazó porque lo que se le proponía estaba en contradicción frontal con la voluntad del Padre. El éxito es efímero, o, si se prefiere, caduco, y eso es poca cosa para el Hijo de Dios. Los contemporáneos de Cristo le tributaron muchas veces reconocimiento y elogios, pero no era voluntad del Padre honrar al Hijo con éxitos humanos, sino justamente lo contrario, “triturarlo con el sufrimiento”[3] a fin de glorificarle, ahora ya en su humanidad “con la misma gloria que tenía junto a Él antes que el mundo existiese”[4]. Lo más grande que a los hombres se les alcanzaba hacer para honrar a Cristo era hacerle rey. Nadie lo merecía más ni mejor que él, y hubo un momento en que lo intentaron pero “Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo”[5]. No deja de ser curioso que quien rechazaba el cetro era el mismo Jesús que poco tiempo después afirmará su condición regia ante Pilato. Era rey, sí, “Rey de reyes y Señor de señores”[6], pero su reino no era de este mundo[7], él no había venido para reinar al modo humano, sino “para dar testimonio de la verdad”[8]. Y la verdad de Cristo, en lo referente a la gloria, no está en un cúmulo de éxitos, no en los honores recibidos de los hombres, por muy sinceros y merecidos que fueran, sino en que será “coronado de gloria y honor por su pasión y muerte”[9] por el Padre.

Conviene añadir que no es que el Padre haya querido privar de éxitos humanos al Hijo, sino del éxito humano al modo humano. Ese éxito humano por una parte quedó subsumido, no anulado, en algo mucho más grande, la gloria con que lo coronó, “gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”[10]. Y, por otra parte, la gloria en cuanto hombre que Cristo ya ha recibido del Padre aún no se nos ha manifestado en plenitud porque no se nos ha hecho visible. Para contemplarla con los ojos de la carne en esta tierra habrá que esperar a su Segunda Venida. Cuando Cristo regrese, todos “verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria”[11], “acompañado de todos sus ángeles”[12].

La acechanza del tentador con Cristo consistió en tratar de desviarle del camino trazado por Dios cautivándole con éxitos mundanos. Nada tiene de extraño que con nosotros, sus hermanos[13], el tentador utilice la misma estrategia. La gran diferencia está en que él no se dejó seducir y nosotros muchas veces sí. Y no solo es que nos dejemos seducir por el éxito, sino que, vistos nuestros afanes, los de tantísimos bautizados, cabe suponer que tampoco nos molesta mucho ser seducidos; más aún, podemos sospechar que muchos estamos deseando ser seducidos. No sé si hago una extensión injusta de mi experiencia personal, pero en los ambientes cristianos en los que me he movido, dentro del mundo académico en que me ha situado mi vocación, a mí me ha parecido vernos a los cristianos más preocupados en lograr éxitos individuales que en perseguir la gloria de Dios. Cargos, ascensos, honores, nombradía… “carrerismo”, que dice nuestro padre, el Papa Francisco, refiriéndose especialmente a los miembros del clero, pero que a los laicos nos afecta al menos tanto como a los eclesiásticos, y probablemente mucho más. No hace falta decir qué lejos queda este modo de proceder del que Jesucristo mostró con sus palabras y en su vida. Él, que conoció el éxito humano, no se dejó atrapar por él y quiso para sus discípulos lo mismo. Así se lo hizo ver en aquella ocasión en que tuvieron la dicha de saborear el triunfo de sus primeras prácticas apostólicas, cuando tras una salida, los setenta y dos enviados volvieron alegres al comprobar cómo se les sometían los demonios. Cristo no les quitó su alegría, al contrario, participó de ella y en ella les confirmó al hacerles saber que Él “estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo”[14]. ¿Acaso no es para alegrarse?, ¿acaso no es un éxito apostólico inmenso hacer caer a Satanás? Evidentemente sí, pero la gloria que Dios nos tiene reservada, el cielo, sobrepasa con mucho este prodigio. Dios, que siempre es más (Deus semper maior), nos ha prometido a sus hijos dones muy superiores a los éxitos humanos, por más rutilantes que estos sean. Por eso Cristo, después de informar a los discípulos del poder con que les dotaba -un poder que nadie posee en este mundo-, el de “pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo”[15], les dice: “Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”[16], que equivale a exhortarnos para que nuestra alegría esté puesta, no en los éxitos que ahora podamos recoger, sino “en la gloria que un día se nos manifestará”[17].

¡El cielo!

“Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos. Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Lv 26,12)… Este es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ.22,30)”

[1]     CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 353.

[2]     Mt 4, 24-25.

[3]     Is 53, 10.

[4]     Cfr. Jn 17, 5.

[5]     Jn 6, 15.

[6]     Ap 19, 16.

[7]     Cfr. Jn 18, 36.

[8]     Jn 18, 37.

[9]     Heb 2, 9.

[10]    Jn 1, 14.

[11]    Mt 24, 30.

[12]    Mt 25, 31.

[13]    Cfr. Jn 20, 17; Heb 2, 11

[14]    Lc 10, 18.

[15]    Lc 10, 19.

[16]    Lc 10, 20.

[17]    Rom 8, 18.

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