Explorador del reino invisible: George Herbert

George Herbert se hablaba de tú con Dios. Las platicadas entre estos dos quedaron en la poesía de Herbert, que a veces se arrepentía de tanta familiaridad con su extraño interlocutor. Por eso sus poemas están llenos de dudas, temores y agonías. Ahí está su belleza. Expresan sinceramente cómo se siente dejar que te ame el Amor. La fe de Herbert es la de un infeliz que se dejó encontrar por la felicidad.

Herbert (1593-1633) fue un noble inglés. Truncó una prometedora carrera política para, ya treintón, convertirse en sacerdote. Murió tres años después de su ordenación y dejó un solo libro de poemas. Algunos se convirtieron en himnos bienamados que todavía cantan los metodistas.

Herbert escribió caligramas antes que Apollinaire. Como ejemplo, están el poema “The Altar”, escrito con versos largos al comienzo y al final y versos cortos en el medio, de manera que parezca una mesa; o “Easter Wings”, que dibuja las alas de un ángel. Cuando el barroco pasó de moda, Herbert cayó en el olvido hasta que T.S. Eliot lo rescató para la sensibilidad moderna,  por la musicalidad de sus rimas y metros, que él mismo se inventaba.

Para Herbert, la relación con Dios, es decir, la religión, no podía reducirse a un conjunto de dogmas ni una serie de prácticas culturales. Los poemas de Herbert cantan los peligros y batallas de una lucha espiritual que, en palabras de Eliot, “habría de tocar la sensibilidad y abrir el entendimiento de aquellos lectores que carecen de creencias religiosas”.

En los poemas de Herbert, la oración es una investigación científica rigurosa que escudriña al interlocutor en busca de respuestas. Sabemos la altura de las montañas y la profundidad del mar. Hemos contado las estrellas de la galaxia y hecho el mapa del genoma humano. No obstante, hay dos cosas “vastas y espaciosas” de las que seguimos sin saber casi nada: el pecado y la caridad. Herbert se dedicó a explorarlas.

Entre los logros notables de la poesía de Herbert está su capacidad para comunicar ideas complejas en imágenes simples. Como solían hacer sus contemporáneos, los “poetas metafísicos”, tomaba sus metáforas de la tecnología de punta de la época. Herbert se valía de telescopios, higrómetros y brújulas para expresar con sencillez y sinceridad las emociones que suscitaba en él tutearse con Dios.

En un poema llamado “Love (I)”, Herbert empuja los límites de la ecuación Dios es Amor llamándole “calor”, objeto de investigaciones en el s. XVII. El poema Herbert juega con los dos sentidos de la palabra “calor”, heat: el sentido en el cual se puede decir “el sol calienta” y el que se usa en la frase “la yegua está en calor”. Dios es Amor quiere decir más que Dios es tierno y bondadoso. Quema como fuego y como aquello que quema a la gata en celo.

A Herbert le gustaba componer poemas en forma de diálogos que transmiten emociones poderosas con economía verbal máxima. “Love (III) y “The Collar” son dos pleitazos con Dios que en dos líneas terminan expresando la paz de alguien que acepta ser amado, ser quemado. La Iglesia anglicana venera a George Herbert con fiesta el 27 de febrero.

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